Ajedrez

     A los quince años escuché en un programa de televisión, de esos que te instruyen según mi madre, que valorar a un amigo es algo así como tener una fe desmedida en que siempre hará bien aquello que se proponga. La envidia que me producía Pascual (o “el farruco” como le había apodado la panda del barrio) cuando disputaba cada domingo en el parque aquellas partidas simultáneas de ajedrez —contra veinte llegó a jugar alguna vez— que el club recreativo de la parroquia organizaba para solaz de los jóvenes no era una envidia para avergonzarse: yo buscaba atreverme a desafíos parecidos.

¿Qué hay de malo en ello?, me animaba en mis meditaciones. El experto de la tele, psicólogo o lo que fuera, añadía que uno mismo ha de labrarse su propio futuro. No sé qué significaba aquello. En fin, a mi me daba igual si la gente opinaba de Pascual que tampoco tenía mucho mérito su bravata porque total… perdía siempre todas las partidas. Aún así yo sentía envidia.

* * *

 

Seleccionado I Premio de Microrrelatos Temáticos (Editorial Hipálage), Marzo de 2011

Editado en el libro “Amigos para siempre” (Editorial Hipálage, 2011)  

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