Desde mi sillón

     No sé por qué estoy embarcado en este empeño. Pensé que resultaría más sencillo, pero todo son trabas: que si así no se puede acometer, que para aquello se precisan más braceros, que eso otro llevará mucho más tiempo. Es delirante ¿Y los dispendios del erario? ¡Qué barbaridad, cada vez más cuantiosos! Voy a caer en un trastorno sin igual. Tal vez debería haber refrenado mis ambiciones, haberme conformado con un refugio más apañado. La consigna a Juan fue clara: nada de ornamentos estrafalarios, nada de aposentos innecesarios, nada de calidades barrocas. Un arquitecto como él debe entender que la austeridad también es arte… ¿Qué es lo que se oye en la lejanía? Trotar de cabalgaduras. ¡Válgame el cielo, no puedo solazarme en este solitario paraje sin que vengan a importunarme!…  Como decía, para una residencia de verano a los pies de la sierra no se necesita tanto espacio. Bien es verdad que podría trasladarme a vivir aquí todo el año: el entorno es admirable… Siento que se acercan por el sendero del pueblo: más dilemas, seguro… Me maravilla este pueblo serrano donde, cierto es, los inviernos son rigurosos, pero no me importa en demasía. Mi enfermedad avanza inexorablemente y es menester guardar reposo, según recomiendan los médicos. Es más: me conminan a ello. ¡Pero quiénes son ellos para venirme con tales imposiciones!… Ya están cercanos los que osan inmiscuirse en mis pensamientos… Así que, si he de agradar a esos galenos, me dedicaré durante el buen tiempo a mis paseos y andaduras por los bosques, y durante los fríos me ocuparé de mis meditaciones y reflexiones junto a un brioso fuego. Aunque, en honor a la verdad, debo admitir que el dolor se atrinchera en mis piernas con mayor fuerza cada vez; sin embargo, estoy seguro de que Dios me reconfortará.

He aquí por fin la comitiva que se aproxima: el maestro aparejador, fiel servidor y mejor oficial, con dos lacayos. Gran paciencia la suya ante el arduo trabajo de mostrarme presto las dificultades de cada empresa que exijo. Cuando todo termine le otorgaré algún título que disponga de unas rentas apreciables, para que tanto él como su familia se sientan recompensados por tantos años de sinsabores.

—Majestad —proclama el súbdito nada más apearse, hincando la rodilla derecha con una sutil reverencia.

—Levantaos y decidme, maese Nuño —replica el Rey Felipe.

—Monseñor Quiroga, vuestro leal Inquisidor General, reclama la forzosa necesidad de elevar a mayor altura aún la bóveda de la Basílica del Monasterio. Su Ilustrísima argumenta que el Monarca del mayor imperio católico sobre la faz de la Tierra, ha de situarse siempre lo más cerca del Cielo. Mi señor Juan me ha ordenado pediros vuestra opinión.

—Expresad a don Juan que traslade a su Eminencia que esa cúpula se divisa desde casi toda la serranía del Guadarrama e incluso desde la Corte en Madrid. Decidle asimismo que ha de contentarse con lo dispuesto por Mí, y que se alegre de poder vanagloriarse de la magnificencia de esta obra ante sus colegas del Vaticano.

—Así se hará, Majestad —acata con diligencia maese Nuño y, reiterando la reverencia, se aúpa de nuevo al caballo. La comisión regresa a la villa.

En fin, volvamos a las cavilaciones sobre mi amado Monasterio que tantos quebraderos está suponiendo. Desde este sillón de piedra, entre tan vastos pinares, me complace distinguir la creciente altitud de las torres de las cuatro esquinas… nada más sobrio y nada más esbelto a la vez. Son como los pilares de nuestra angustiosa existencia, de nuestros deberes con la eternidad, de nuestras difíciles decisiones que trascienden a tantos pueblos. Ruego a Dios que me haga contemplar el final de este empeño, antes de que su llamada tenga efecto.

Y el Rey cayó en un sopor mientras terminaba de decir las rogativas.

* * *

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