El fotógrafo de antaño

     A mis diez años no pensé que el regalo de una sencilla cámara fotográfica marcaría mi futuro. Me aficioné a plasmar lo que ante mí ocurría y la pasión fue creciendo. Retrataba escenas familiares —desde luego—, reproducía vibrantes experiencias —imprescindible— y disparaba a todo lo que a tiro se ponía —era joven—. Con el tiempo monté un estudio fotográfico.

Tras años de pertinaz actividad, advertí que las imágenes eran insustanciales. Ansiaba captar (o mejor, capturar) la savia de la vida: su discurrir imperceptible, su historia atrapada, su realidad verdadera… pero me sentía encadenado a lo banal.

Fue entonces cuando desempolvé, agazapada aún en el desván, la centenaria cámara de fuelle del abuelo: conocido fotógrafo ambulante en el viejo Madrid de Alfonso XIII. Y comencé a inmortalizar el devenir de las gentes por las calles… como el fotógrafo de antaño.

—Gracias, abuelo —se regocija hoy mi nieto al recibir su primera cámara.

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