El móvil de Matías

     Matías se despertaba cada mañana con la cantinela de la alarma, se duchaba con música de fondo, consultaba el parte meteorológico para elegir la ropa adecuada y, si era lunes, durante el desayuno echaba un vistazo a una página deportiva para comprobar si por fin era merecedor del acierto de los catorce resultados de una buena quiniela. Todo esto gracias a un móvil capacitado para ser una especie de ayuda de cámara. Pero había más. En el trayecto al trabajo, el navegador GPS del aparato le indicaba los mismos y reiterados atascos de tráfico que diariamente había de soportar. Una vez en la oficina, tras escuetos saludos, consultaba con una mano la agenda electrónica con las citas del día mientras con la otra sostenía un café a punto de voltearse. Comenzaba entonces una retahíla de conversaciones enlazadas; si le telefoneaban al fijo, con urgencia se transfería la comunicación al móvil —menos cable y más libertad, proclamaba—. Cuando se daba un respiro entre llamada y llamada, aprovechaba para consultar la bolsa, aceptar reuniones, enviar felicitaciones, recordatorios o simplemente mensajes de cortesía, y cuando rara vez se veía “liberado” de tantas obligaciones y necesidades, se dedicaba a entretenerse con algún juego almacenado —para relajarse, decía—. Por la noche, antes de acostarse, aún llamaba a familiares y amigos, actualizaba los datos y citas del día siguiente y leía en la pequeña pantalla las noticias de última hora.

Matías era soltero y sin “posibilidad de” compromiso. Ninguna de las efímeras relaciones que había mantenido fue capaz de aguantar a una persona tan ausente, a pesar de lo “intensamente comunicado” que se encontraba. Una vez se enteró (a través de un mensaje corto, claro) que hacía una semana que su pareja le había abandonado.

En definitiva, la vida de Matías giraba en torno al maldito dispositivo, día y noche, en invierno y en verano, solo o acompañado. Los parientes, los conocidos, la gente le decían que estaba enganchado a su móvil, pero él replicaba que no, que simplemente intentaba sacarle el máximo rendimiento.

Una mañana, tras su acostumbrado despertar, se encaminó a la ducha y al dejar el teléfono sobre la encimera del lavabo —era uno de los pocos momentos en que se desprendía de él— notó un claro impedimento para soltarlo. Incrementando la fuerza consiguió separarse de él, pero enseguida observó algo sumamente curioso que le obligó a exclamar: ¡Uf, qué ocurre aquí! Su mano derecha, la que siempre portaba el aparato inalámbrico —elevó las cejas para abrir desmesuradamente los ojos—, estaba adquiriendo una forma llamativa… como si de un molde se tratara la mano adoptaba la forma del móvil. Impresionado, probó varias veces y reparó en que el aparato encajaba con gran precisión en su palma troquelada.

Pasaron los días y la dificultad para desacoplarlo iba en aumento. El ensamblaje comenzaba a ser casi perfecto. ¡Qué maravilla!, empezó a pensar al darse cuenta de las ventajas que comportaba tal evolución física. ¡Siempre adosado! No lo extraviaría, ni se le caería, y actuaría con mayor rapidez; además comprobó eufórico cómo los bordes del receptor se estaban volviendo más flexibles adoptando la textura de la piel de forma paulatina: su extremidad se fusionaba con el artilugio.

Cuando concluyó la unificación, Matías se alegró profundamente de ser junto a su móvil lo que tantos años estuvo deseando: uña y carne, o mejor, piel y tarjeta sim. Abría la palma y aparecía una pequeña pantalla con su minúsculo teclado que manejaba con total destreza. Y se rió del resto del mundo.

Un buen día, la extremidad inalámbrica comenzó a producir fallos y acudió con angustia a un servicio técnico. El operario quedó pálido de asombro al observar tal fenómeno, aunque rápidamente hubo de admitirlo como una situación “normal” ante la muy alterada exigencia de Matías al presentarle la “mano-móvil” para su análisis. Tras un breve vistazo, el técnico le diagnosticó con nerviosismo: “Me temo, señor, que los síntomas inducen a pensar que tiene algún circuito integrado deteriorado”. “¡Pues arréglelo!”, gritó Matías. “Es que… en fin… debería dejarnos el aparato…”. Matías se dio cuenta de la complicada situación que se le planteaba. “Además…”, continuó el empleado del servicio, “… se trata de un modelo bastante antiguo y puede ser difícil su reparación”.

Matías se marchó soltando improperios, caminó apáticamente y se sentó en un banco callejero para observar fijamente su mutación. Y entre sollozos pensó en la manera de renovar su teléfono móvil.

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