Imaginación expropiada

     Un muchacho sordomudo de no más de quince años dejó encima de la mesa su rogativa de donativo en forma de papel decolorado y triste. Quedó a la espera, pero mi grupo de amigos universitarios, ante unas cervezas, se mostró indiferente. Yo, estudiante extranjero y con poco tiempo de estancia en el país, no era aún buen conocedor de ciertas costumbres. Quise, no obstante, entender la actitud del necesitado. Uno de los colegas me indicó que pedía ayuda e, ingenuamente, me asombré: “¿Y por qué no lo dice?”. Todos rieron la ocurrencia y, mientras el muchacho se alejaba tras recoger el reclamo y un par de monedas que finalmente alguien acompañó, me aclararon que era sordomudo. “¡Ah, qué vergüenza! —me ruboricé— ¡espero que no me haya oído!”. La hilaridad se acrecentó. Enseguida comprendí la situación. Miré con gran contrariedad cómo el chaval se alejaba con paso indeciso. En esas volvió su rostro y nos dirigió una mirada limpia: en el aire percibí una corriente de indulgencia.

* * *

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s