Odio los diarios

     Me reía para mis adentros al recibir en mi mente la imagen de aquel chaval de diez años (yo) acodado en una mesa camilla del cuarto de estar (en la casa del pueblo) intentando empezar un diario como, aquel verano, todos (mis amigos) habían resuelto emprender. Transcurridas dos eternas horas frente a la frase “Querido diario:” (me dijeron que así debía comenzar) escrita en la hoja inicial del cuaderno de anillas que compré ex profeso, decidí dar por terminada la aventura y rotulé con rabia a continuación: “¡Odio los diarios! ¡Odio escribir!… Fin del diario”.

Metí el cuadernillo en una caja de cartón y lo escondí con prisas en un rincón de la buhardilla, junto a un montón de trastos viejos. Nunca volví a abrirlo.

Una voz vibrante y almibarada me rescató de los recuerdos (de mi prehistoria): “He leído todos sus emocionantes libros. ¿Puede dedicar este último a Elena?… Gracias”. Tras garabatear en la primera página con hueco suficiente una frase de afecto típica y tópica para la tal Elena, el encargado de la sección de libros de El Corte Inglés dio paso con una señal al siguiente de la cola.

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