Perdón por manchar su pared

     Aquel tipo, que hacía un par de meses se había instalado en una solariega casa de las afueras del pueblo, no era precisamente un individuo de los que pasan desapercibido. Faz dura, agrietada por cicatrices, rondando la cincuentena, lo más que forzaba su expresión era para componer muecas despectivas y desafiantes ante quien le mirase más de la cuenta. Pero a los adolescentes nos importan poco los aspectos de los adultos y menos sus opiniones. Sobre todo, cuando nos vimos forzados a terminar (sin razones suficientes a nuestro entender) con los partidillos de fútbol que desde siempre practicábamos en el solar adosado a la vivienda en la que el susodicho tipo duro había decidido residir (confiábamos en que por poco tiempo). Sus gruñidos, sus secas y constantes protestas acompañadas de varios secuestros de balón e, incluso, algunas palpables amenazas personales consiguieron que abandonásemos la temporada de juego.

Y tramamos nuestra venganza, a nuestro modo y saber hacer, con escasos medios pero ingente imaginación: empezamos a pasear con frecuencia y nocturnidad frente a la casa, gritando, cantando, molestando en definitiva; recolectábamos varios perros callejeros y montábamos bajo los ventanales una serenata de ladridos y aullidos; llenábamos grandes sacos con hojas muertas y ramas estériles y las esparcíamos en el rellano de acceso. Cada una de estas gamberradas y otras más que dejo de mencionar por no extenderme eran contrarrestadas por aquel sujeto con puños en alto, con procaces insultos y con graves expresiones del tipo “vuestra vida no valdrá nada si continuáis por ese camino”. Pero nuestros oídos no solían escuchar tales bravatas: nos sonaban a cantinelas cinematográficas. Así que no tuvimos reparo en mantener nuestra particular revancha.

Una noche de las que tocaba represalia, mientras íbamos rumbo a nuestro habitual cometido, pensé en lo que a menudo me aconsejaba mi madre sobre nuestras fechorías adolescentes. “Sé —decía con mesura al tiempo que con solemnidad— que no puedo evitar que la inconsciencia y la edad te animen a cometer actos desagradables con la gente, pero trata de hacerte perdonar siempre”.

 Aquella noche, como decía, caminaba junto a un par de animosos compañeros de canalladas, transportando un cubo de pintura negra y una brocha voluminosa que había cogido entre los bártulos de mi padre (a la sazón pintor de brocha gorda). Al amparo de una luna oscura pinté coreado por los colegas en la fachada frontal del tipo duro con letras de grueso trazo: “Perdón por manchar su pared”. Al verlo nos reímos con fuerza, mientras en mi interior me mostraba muy satisfecho por complacer los deseos de mi madre (realmente creía estar obrando según sus consejos). Observando nuestra actuación oímos un chasquido en la puerta principal y al ver asomar el cañón de una escopeta por el hueco, huimos como si todos los fantasmas del cementerio municipal hubieran abierto sus tumbas a la vez.

No volvimos a cometer ninguna diablura más desde aquella noche.

Una semana más tarde, me encontraba en mi casa desayunando solo frente a una tostada de pan con mermelada de frambuesa. Mi madre había tenido que ir temprano al médico y mi padre llevaba un tiempo fuera, haciendo una faena en la capital. Llamaron al timbre de la puerta. Me levanté con desidia y acudí a abrir. No había nadie esperando. Desde el quicio de la puerta examiné la callejuela arriba y abajo. A esas horas de la mañana nada se movía por los aledaños. Sin pensar más, fui a cerrar la puerta cuando observé un sobre en el suelo. Lo rasgué con curiosidad y leí una nota en su interior: “Perdona por no acudir a tu entierro, pero debo irme del pueblo”.

Apenas terminé de leer el papel oí un estampido y sentí un fuerte golpe en el pecho seguido de un dolor afilado. Bajé la mirada y durante unos instantes observé cómo mi camisa evidenciaba un color rosáceo. Finalmente, la vista se me nubló.

* * *

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