Tres cosas hay en la vida

Siempre me ha resultado intrigante aquella máxima curiosa que proclama no ser alguien en la vida —“realizarse” en términos pretenciosos— hasta no tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol. Pero sobre todo me resulta sumamente confuso determinar exactamente cuál es el objetivo concreto a conseguir. Me explico.

Empecemos por lo último, por lo del árbol. Plantar un árbol. ¿Se refiere a un árbol grande, frondoso, de amplia estructura, de los que se va viendo crecer muy despacito a lo largo de los años, imperceptiblemente como las agujas de un reloj? En tal caso, tendrá que ser un magnífico pino, es de suponer, o un imponente roble, o puede que sea adecuada una encina densa y peluda. ¿O servirá un ejemplar de menos empaque, digamos un cerezo o un limonero? Tal vez un rosal, o un simple arbusto verde y mullido pueda ser suficiente. ¿Y una planta hogareña entonces, algo como un geranio tan típico de los balcones, cumpliría los mínimos requeridos para este primer requisito?

A la hora de escribir el libro, me entran dudas similares. ¿Tendrá que ser una gran novela o historia, de cientos de páginas, que se convierta en “best-seller”? ¿o servirá una recolección de relatos y cuentos breves y animosos, o quizás uno de esos intensos ensayos superficialmente fundamentados? La gente dice que la calidad prevalece sobre la cantidad. ¿Será por tanto preciso que lo que se escriba, para satisfacer el objetivo, sea enjuiciado por un crítico literario o una importante editorial o un escritor de renombre? Tal vez un mero artículo publicado en algún magazine semanal de variedades sea suficientemente válido.

Lo del hijo parece más claro: un hijo es un hijo y sólo hay una forma de conseguirlo. Se supone que dará igual si es niño o niña, si de mayor será más o menos listo, más o menos solidario, más o menos osado en la vida. ¿Y si biológicamente no fuera posible? Es de suponer en este caso que la adopción o la acogida certificarían igualmente la autorrealización personal.

A la postre, la conclusión es que —y vete a saber a quién se le ocurriría semejante dicho— las claves de nuestra existencia han de orientarse por lo visto hacia la tierra, la realidad abierta, la libertad y lo natural (el árbol); hacia la reflexión, el sentimiento, la historia y el recuerdo (el libro); y finalmente, hacia el amor, la supervivencia, el futuro y el legado (el hijo).

No sé, no lo tengo claro, me parece demasiado esfuerzo y embrollo para definirse como persona en este mundo de seres enclaustrados en sus egos. Creo que al final apadrinaré a un sobrino que me escriba en internet sobre horticultura.

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