Amor congelado

     Un hombre de melena color ceniza, embutido en un traje ajustado a la piel a modo de mono de cuerpo entero, de un verde esmeralda muy brillante y provisto de una chaquetilla muy corta superpuesta por los hombros, anunció que debían esperar veinticuatro horas en la sala de recuperación: es preciso aclimatarse antes de reintegrarse a la vida cotidiana. Disponen de visuales, literatura y grabaciones para informarse y documentarse, añadió con frialdad rutinaria aquel hombre que portaba unos extraños símbolos (una especie de soles rojos con medias lunas alrededor) en las hombreras de la chaquetilla.

En aquella estancia amplia e imprecisa estaban ocho personas: cuatro hombres y cuatro mujeres. Adèle y Bernard habían buscado enseguida sus miradas. Hacía ya una media hora que habían sido reavivados, descongelados se hubiera dicho en sus tiempos. Adèle y Bernard se mantuvieron a cierta distancia entre ellos. Nada más marcharse el hombre esmeralda, el grupo empezó a recibir información a través de enormes pantallas, de dispositivos electrónicos de lectura y de reproductoras sofisticadas de audios. A poco, comenzaron a conocer qué había sucedido en los cerca de trescientos años que habían permanecido criogenizados. A la vuelta de un par de horas el grupo tenía plena conciencia de que el mundo actual era un desierto totalmente estéril, que vivían subterráneamente y que aquel cinco por ciento de la población mundial elegida a mediados del siglo XXI para ser “congelada” iba siendo despertada por grupos cada cierto tiempo, en base a características personales y a las necesidades reproductoras del momento. Así podían controlar el ecosistema. Todo ello se les fue transmitiendo en aquellos documentos almacenados en la sala de recuperación.

Adèle y Bernard se fueron aproximando paulatinamente, poco a poco, midiendo sus gestos, hasta que por fin estuvieron uno al lado del otro y entablaron conversación de forma natural.

—Me alegro de verte —dijo Bernard lacónicamente mientras visualizaba un documento electrónico que describía cómo sucedió la desertización inexorable de la Tierra en menos de dos décadas.

—Yo también —respondió Adèle. De su garganta apareció una voz aterciopelada y dulce, impropia de alguien que acaba de despertar tras una muy larga noche.

Al cabo de un instante, se miraron con ternura.

—No has cambiado nada —observó Bernard.

—Tú tampoco —sonrió Adèle—. Por ti no pasan los años.

Ambos echaron una ojeada a su alrededor (el resto del grupo se apresuraba en recabar más conocimiento sobre la vida actual) y entrelazaron sus manos con delicadeza.

—¿Cómo lo conseguiste? –preguntó Bernard.

Adèle suspiró y respondió con tranquilidad.

—La noche anterior a la partida le administré en la cena una sobredosis de somníferos.

—¿Y no sospechó nada?

—Mi marido se comportaba como un niño desde que nos comunicaron que estábamos entre los elegidos para sobrevivir al desastre inminente. Esa noche tenía prisa por irse a la cama y madrugar para ser de los primeros. No creo que despertara nunca.

Bernard apretó la mano de Adèle como dando su conformidad.

—Y con tu mujer, ¿qué sucedió? —preguntó a su vez Adèle.

—Le manifesté mi decisión, nuestra decisión —explicó Bernard—, y se puso a chillar. Gritó y gritó sin contenerse. Le intenté hacer ver que no tenía más remedio que aceptar mi marcha. Pero siguió gritando exageradamente, histérica, casi enajenada. Replicó mientras lloraba con rabia que no habíamos sido elegidos para la congelación y que por tanto yo no podría escapar, pero le conté nuestro plan, que lo teníamos todo arreglado y acabó aullando como una loba en celo. Al ver que no pensaba cesar y que podía dar al traste con todo lo planeado, no tuve más remedio que ahogar sus berridos con una almohada hasta quedar totalmente en silencio.

Adèle se estremeció. Bernard lo sintió. Adèle se rehízo enseguida y exclamó:

—Fue una suerte que la organización del proceso fuera un tremendo caos aquella mañana, aunque precisamente por ello no pudiéramos disponer de un mísero minuto para hablar antes de la criogenización.

—Así fue.

—Y que no hubiera problema para hacerte pasar por mi marido con aquella identificación falsa que nos fabricó tu primo, el policía. Era una gran persona.

—Sí, un gran tipo.

—Me da pena que no pudiera venir con nosotros.

—A mí también.

Ambos amantes se encontraban cada vez más serenos y relajados a medida que los minutos iban confirmando que nadie les separaría jamás en aquel mundo recién recuperado. Aprovecharon la distensión del grupo, ciertamente saturado de datos, información y nuevas referencias, para cobijarse en un rincón alejado. Allí se abrazaron y se besaron furtivamente como hicieron durante tanto tiempo en el antiguo mundo.

* * *

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