La mar salada

     Desde mi atalaya, acomodado a lomos del acantilado, divisaba la playa, mi playa, donde había nacido, donde había disfrutado desde mi infancia. Disfrutado con la llegada de los turistas del interior, cada verano. Disfrutado con las estrictas costumbres de los clanes familiares: la búsqueda del mejor lugar en la arena, más o menos alejado de la orilla, según la edad de los retoños; la distribución de los enseres (sombrillas, sillas, mesas, flotadores y balones de aire) marcando un territorio; el apoltronamiento de los cuerpos atrapando los rayos solares. Disfrutado con el griterío asomando entre el oleaje, con los inexpresivos rostros de conversaciones banales, con el viento vespertino alborotando sin cesar los elementos livianos.

Llevo mucho tiempo disfrutando de las delicias de la mar y sus habitantes ocasionales. Pero desde hace unos años se ha añadido un aliciente más: cada visitante de la playa (empezó casi como un juego) ha de acudir con un saco de sal —de sal de mar—, llevarlo hasta la orilla y descargar su contenido en las aguas oceánicas. Cada año que pasa además la cantidad de sal a depositar se va aumentando.

Así lo decidieron en mi playa los veraneantes habituales, los de toda la vida. Así lo decidieron desde que la concentración de sal en todos los mares del planeta comenzó a descender dramáticamente. Tan espectacular era la reducción que decayó por debajo del nivel en que el agua de mar pasa a ser agua semidulce. Y para ellos no era lo mismo —ni para nosotros, los vecinos del pueblo marinero ciertamente tampoco, claro—. No era lo mismo remojarse y chapotear en olas poco saladas. No era lo mismo no sentir en los labios ese sabor que frunce el entrecejo. No era lo mismo. Y por ese motivo, en mi playa, cada verano, autóctonos y foráneos vienen resalando los mares que, por culpa de las extremas radiaciones cósmicas colándose sin piedad por los vastísimos agujeros de la capa de ozono, estaban viendo decrecer a ritmo desenfrenado la sal de sus aguas. Los océanos se van a transformar en ríos sin orillas, dijo mi abuelo materno cuando por fin entendió la magnitud de la catástrofe.

Desde mi atalaya, echaba de menos aquella playa, la playa de mar salada.

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