De vuelta

     Era natural. Cada niño busca la camaradería donde más fácil la encuentra. Y yo la encontré con cinco años reflejada en Miguel. O Míguel como me dijo que prefería que le llamase cuando se presentó aquella noche en mi habitación. Una noche que se había vuelto sombría y deplorable porque mi vida sería a partir de entonces un infierno —sí, un terrible infierno, pensaba yo en aquel momento—, una condena a sentirme amargado el resto de mis días. Mi mente infantil no podía inferir peor futuro después de que mi álbum especial de cromos, el de los mejores cromos a color que sobre animales y fieras existiera (era un fanático de los bichos, según mi madre, tanto grandes como diminutos), hubiera ido a parar al camión triturador de basura a consecuencia de un inconcebible error de mi hermana mayor que pensó —se excusó— que eran revistas viejas. ¿”Revistas viejas”? ¿”Error”? Mi vida iba ser un auténtico infierno a partir de entonces, pero Míguel logró poco a poco que la luz de esa tenebrosa tiniebla que tenía enfrente se fuera disipando.

Era natural, dijeron a mi madre que tras lo que para mí significaba un fuerte trauma a mi temprana edad, buscara un amigo que solamente yo podía observar, que atendiera mis gustos y mis caprichos, que me acompañara en mis alborozos y en mis pataletas.

En fin, Míguel me salvó de los infiernos.

Hasta que un día —fue al día siguiente de mi noveno cumpleaños— desapareció. No volvió a demostrar su presencia que hasta aquel día había sido constante, por el día y por la noche, en casa y en la escuela. En su lugar, comenzó a venir a merendar, a ver mis dibujos de animales, a compartir series de televisión, Enrique Soler, un chico nuevo en el curso, que venía de lejos (de América) y que le gustaban los animales tanto o más que a mí. Al cabo de un tiempo me olvidé de Míguel.

Son muchos los recuerdos. La luz fluorescente me hace daño. El médico ha pasado hace un rato —no recuerdo si hace mucho o poco—, pero ha pasado para decir lo de siempre. Ahora la enfermera me está cambiando los botes del suero o lo que sea y me pincha otra jeringuilla de yo que sé qué. Cuando me deja en paz y se marcha de la habitación, me concentro de nuevo en ese rincón donde desde hace días me parece que… no sé… quizá deliro. Me animo y me concentro lo que puedo. Por fin. Hoy sí. Era verdad. Ahí estás.

Míguel, has vuelto —digo con un hilillo de voz dificultoso.

Me mira con ojos vidriosos. Apenas ha cambiado.

—Sí, en efecto.

—No sabía nada de ti —hago esfuerzos por que me oiga con cierta claridad— desde hace setenta años.

Se queda callado. Simplemente sonríe con aquella mueca que me divertía tanto.

—Pensé que habrías muerto —le digo.

—Pues ya ves que no —me responde mientras se acomoda en el borde de la cama.

 * * *

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