Directo a los ojos

     Los rayos me despiertan como una espada penetrando fácil en mis carnes. Directo a los ojos, la mañana soez me abraza. Estoy hundido. Otra mala noche. ¿Cuántas van? Puñetero sol. No hay nubes. ¿Por qué no hay nubes? Hoy que quiero una mañana nublada, no hay nubes. Siempre me han gustado las nubes, porque tras ellas aparece una luz. Siempre había estado en mi salsa con la llegada de la luz, de la sorpresa, del más bello azar. Nada fallaba. Cuanto más oscuro, más atractivo. Cuanto más incierto, más adictivo. Entonces me sentía como aquel camionero que atraviesa un túnel pétreo, conduciendo agotado, muerto de miedo, y resopla cuando a la salida recibe el resplandor de un final feliz. Pero no se da cuenta de que el viaje no acaba ahí. Enseguida vislumbra una nueva oscuridad. La montaña se agiganta. Por lo visto, no contempla la posibilidad de adentrarse en un túnel cuyo final sea el abismo.

Una botella vacía a mi lado. Otra mala noche. ¿Es mía? O me la habrá dejado ese tiñoso de la otra esquina. Seguramente será mía. Otra mala noche, entonces. Y un día más. O un día menos. ¿Cómo se cuenta la vida? Un profesor de matemáticas que apenas sabía matemáticas (él mismo lo reconoció) quiso hacerse amigo mío cuando yo tenía quince años. Aprendí matemáticas, desde luego, al menos a resolver las cuentas de la vida. Los otros chicos me envidiaban. El profesor acabó en la cárcel por robar. Eso también lo aprendí, al menos la rapiña de alto “standing”. Bueno, supongo que debe decirse un día menos. O una botella menos. Total, vamos en dirección a la nada, querámoslo o no.

Mi pecho vomita índices bursátiles, escupe volatilidad. Cuando escuché esta palabra por primera vez (allá en la espesa facultad) pensé que se refería a los pobres arruinados que se arrojaban por las ventanas de los pisos altos. Luego supe que significaba dinero fácil. Mi parcela de calle está asquerosa. ¿Por qué no limpian todo esto? El barrendero me odia, fijo. Un día lo meteré en su cubo y le aplastaré con su propia escoba. Soledad compartida. En realidad, siempre ha sido así. Un cuento. Por fin me hago cargo de la luz pertinaz que incide en mis ojos, como si de un interrogatorio de película se tratase. Sí, esos en los que no tienes que pensar, o sea, que no tienes permiso para pensar, quiero decir.

Una anciana está cruzando. Cojea. Bastante por cierto. Desde mi reducto la observo con mis ojos medio sellados. Va sola. Renqueante. Un automóvil espantosamente feo, seguro que cegado por el fogonazo de la mañana, no frena a tiempo. El golpe suena a crujido de árboles. No sé porqué miro la botella vacía. La anciana se levanta aprisa como si una voraz enfermera fuera a tomarle la tensión. Una vez en pie, me sonríe. Anda y ya no cojea. Saluda al barrendero y este le devuelve el saludo. Lanzo sin garra la botella vacía hacia el conductor y me sonríe.

Aquella fiesta sin medida celebrando que no sé qué bonos de no se qué país emergente (ahora no me vienen los detalles, seguramente por culpa de la mala noche) con los que nos íbamos a forrar fue el principio del fin. Realmente no recuerdo cuándo fue el principio del principio. Pero sí cuál ha sido el fin del fin. Busqué a mi lado la botella vacía pero estaba en medio del asfalto, hecha trizas. El dinero nos cegó entonces. El sol me ciega ahora.

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