La mensajera

     Vuela sin cesar, sin tregua, sin fin.

Busca el destinatario de su mensaje, pero sigue sin encontrarlo. No estaba donde debía estar. No se plantea el porqué. La paloma cumple con su trabajo. No va a descansar hasta concluir su cometido: es su sino.

Semanas y meses volando sin detenerse, tratando de localizar a quien ha de recoger el recado que porta, una misiva que amarillea y se agrieta aferrada a su cuello de marfil. Come al vuelo, duerme sobre mullidas corrientes, no toca tierra para nada. En algún lugar han de hallarse, rumia constantemente sobre las nubes.

Años han pasado, la paloma ha dado varias vueltas al mundo, sin interrumpir su planeo, oteando cada rincón en busca de su objetivo. Su aleteo es ahora fatigado, leve, desganado. Su mente le obliga a no cejar en su empeño, su cuerpo le pide el fin de tanto desvelo.

De pronto, suena un disparo en el aire. La paloma cae abatida sobre un suelo cenagoso. Un cazador recoge el trofeo. ¡Vaya, es una mísera paloma!, exclama irritado. ¡Qué narices estará haciendo por estas tierras! Observa su pescuezo, lo acaricia con rudeza, lo palpa y reconoce un minúsculo papel enrollado con un cordel a su alrededor. Lo desenrolla y lee con dificultad unas palabras ajadas.

« A los Combatientes del Nuevo Equilibrio Universal:

Somos un grupo de almas desesperadas que estamos siendo sitiados por la barbarie egoísta y corrupta. Necesitamos vuestra urgente ayuda. Hordas ingentes de “Salvadores del Mundo y la Civilización” nos rodean. Empiezan a escasear nuestras dosis de esperanza y luchamos con denuedo por no ser absorbidos por la ola de fanatismos deshonestos. Nuestros niveles de comprensión y paciencia están bajo mínimos y pensamos que no podremos aguantar mucho más tiempo sin caer en sus redes de ignominia. El bombardeo constante de su lema “Haremos lo que hay que hacer” está minando la moral de los más jóvenes que, desesperados, se agarran a ocupaciones muy perniciosas para sus inmaduras mentes. Repetimos: necesitamos vuestra ayuda rápidamente. Nos ahogamos. Estamos al límite.

                                                                             Fdo. El pueblo llano »

El cazador no puede reprimir una mueca de sorpresa al tiempo que dibuja una altiva sonrisa. Recoge al ave, impregnada en barro, arruga con felicidad el mensaje y lo anuda de nuevo a su garganta. Agarra al animal con fuerza y lo arroja hacia la parte profunda de la ciénaga. “¡Combatientes del Equilibrio!”, grita mientras realiza el lanzamiento, “¡Venid a por el mensaje, ahora que estáis todos muertos!”. Y se carcajea con extrema virulencia tras escuchar el choque con el fango.

* * *

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