La verdad descubierta

     Los tamarindos se dejaban llevar por el viento rudo y taimado del Norte. El viento se empeñaba en proteger la montaña. La montaña se empeñaba en tapar la ciudad. La ciudad se empeñaba en extender la mugre. La mugre se empeñaba en ocultar la verdad.

Cierto día, el viento envilecido cesó: la montaña menguó, la ciudad se rindió, la mugre desapareció y, por fin, la verdad salió a la luz.

Desde entonces, los inocentes tamarindos conocen mejor el mundo que les rodea.

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