Paredes de humo

     La inquietud me acompaña por una vereda extenuante. Siento que las piernas quieren detenerse, pero las obligo a continuar. ¿Realmente, qué hago aquí? Estoy tratando de encontrar a una especie de sabio o erudito, le llaman… qué sé yo, no me acuerdo. Habita según parece en la cima de este monte por el que llevo cerca de un día vagando sin parar. Dicen algunos que es un gurú, uno de esos que todo lo dominan; murmuran otros que hasta aquí llegó hastiado del mundo y sus conflictos. En serio, no sé que me lleva a caminar por estos parajes tensos y voraces. Búscalo, pregúntale, confíate… y verás con claridad tus defectos, me razonaron. ¿Por qué él, qué narices sabe de mí? Insistieron: sus errores, sus pugnas, sus osadías le llevaron a rehuir de sí mismo, a refugiarse en esas laderas y, asentado en tan recóndito lugar, ver desde la sensatez y la prudencia.

Entrando en la bruma espesa y cruda de la cumbre, alcancé finalmente la cabaña del presunto sabio, y entré sin pedir permiso. Una estancia única formaba el interior. Sentado en un sillón de madera rasgada, el gurú ofrecía un aspecto somnoliento. Miraba hacia una chimenea vulgar con una pila de leña sin encender. Parecía en trance. Quedé unos minutos observando un rostro impasible frente a un fuego inexistente. No lo entendía, hacía realmente frío. Durante este lapso no dijo nada lo cual me obligó a hablar a mí, y de mí le hablé. Empecé a soltar rollos (sin saber muy bien el motivo) sobre los ideales y las realidades, sobre los empeños y las barreras, sobre las aspiraciones y las carencias. Quise ser, le expliqué, el hijo perfecto, el marido impecable, el padre modélico, el trabajador eficiente, el ciudadano ejemplar —la neblina penetró por las ventanas abiertas incrementando el frío y me ajusté más la chaqueta—. Sin embargo, proseguí, no logré mis metas y me rendí: fui el hijo ingrato, el marido aburrido, el padre puntilloso, el trabajador mezquino, el ciudadano desleal. Mis miserias no le inmutaron —viaje en balde, pensé—, ni siquiera se dignó a alzar la vista. ¿Por qué la gente peregrina hasta este desabrido “santuario”?

Me coloqué a su lado, contemplé la oscura chimenea y, por fin, esa faz neutra y sin calidez, seguramente harta de escuchar siempre la misma historia, me miró. ¿Qué haces aquí?, preguntó. No sé, dímelo tú. Estás buscando una respuesta a tus frustraciones, imagino. No estoy frustrado, es lo que hay. Pero estás aquí, reiteró. Eso parece, supongo que por compromiso o por probar cosas nuevas tal vez, contesté con desdén. ¿Qué quieres probar, o mejor, qué quieres comprobar?, quiso saber levantándose de su sillón de madera rasgada. No contesté y él continuó. Si no cumples tus objetivos es porque recelas de ti mismo. Permanecí callado, helado de frío —¿por qué no encenderá la chimenea?—. Si nunca has creído en ti, no es por los demás. Seguí sin hablar. Solamente uno mismo puede proveerse de la seguridad precisa para ser lo que uno desea ser. Ahora me senté a escuchar en su sillón de madera rasgada. Cuando atravieses, me dijo, la nube de la desconfianza y el escepticismo podrás alcanzar tus ambiciones, tus imposibles. Me incorporé expectante. Sólo tú puedes definir tu modelo, concluyó.

Un humo empapado envolvió las paredes. ¿Te has fijado en tu semblante?, me preguntó al cabo de unos instantes. No, respondí secamente. Obsérvate, se te ve frágil, sometido. Me toqué las mejillas, la frente, el mentón, no le entendí. Acompáñame, ordenó. Caminamos hasta el extremo contrario de la habitación donde colgaba un espejo fornido. Juntó su hombro con el mío y nos situamos frente a él. Contemplé mi rostro y pude comprobar su opinión anterior sobre mi persona, o dicho de otro modo, cómo el mundo me veía efectivamente: desvalido, entregado, sin más pretensión que dejar transcurrir el tiempo. Exactamente eso percibí al verme y me alarmé. Me dirigí entonces a su reflejo para decírselo, pero… él no estaba, bueno sí que estaba, su cuerpo al menos sí, pero su cara… no era su cara, sino la mía también, veía dos veces mi propio rostro. Sin embargo, esa otra cara, la que sustituía a la del sabio era absolutamente distinta, era exultante, era enérgica, era tenaz, era tal y como el extraño maestro propugnaba. Asombrado, presencié como mis dos caras se miraron y sus expresiones empezaron a fundirse para reflejar, en un único aspecto, las facciones de un nuevo hombre. Y mi interior cambió.

Descendí con parsimonia alejándome de la neblina del monte. Había dejado al sabio sentado en su sillón de madera rasgada ante la lumbre apagada. No me explicó el motivo de no encender la chimenea. Ni siquiera se despidió cuando alcé la mano al salir por la puerta de la cabaña.

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