Paso a nivel con barrera

     Pensó que no debería haber atajado por el valle, pero tenía prisa. Los caminos por esa agreste zona eran malos tirando a peor, pero había de llegar a casa lo antes posible. Los baches, a veces profundos, le hacían rebotar en el asiento y topaba con el techo forrado de su sedán gris acero. Cuando circulaba por un tramo algo menos rugoso, la angustia le envolvía de nuevo. Angustia que le sobrevenía al analizar las consecuencias de aquella arriesgada apuesta, de aquella decisión incontrolada. Al reconstruir los hechos, su corazón palpitaba con fiereza. Lo sentía y le incomodaba. Se llevaba la mano derecha al pecho y la veía saltar al mismo ritmo. Tenía mucha prisa por llegar, de ahí un atajo que nunca tomaba. Ni siquiera pensó que tal vez no pudiera acortar el tiempo como creía. Pero tenía que explicarle todo a su mujer antes de que ellos llamasen a la puerta, tenía que aclararle sus motivos, prepararla previamente, y, sobre todo, convencerla al final. Tras despegar la mano de su pecho para volver a agarrar el volante con fuerza si no quería que el coche se saliera del camino, en extremo ondulado de nuevo, se dijo a sí mismo que había de estar más tranquilo, más sosegado. Si continuaban esos golpes en su interior no podría expresarse con valentía ante su mujer. ¡Cálmate!, exigió a su corazón aullando en la soledad de aquella carretera terciaria. En realidad, no podía evitarlo, era propenso a las taquicardias por cualquier causa. Prosiguió su conducción apremiante, como loco.

Al torcer una curva de ángulo muy cerrado, ya en la parte más baja del valle, se topó de improviso con un paso a nivel cerrado. Qué raro, se dijo. No conocía la existencia de una línea férrea por esos parajes. Frenó, se detuvo; miró a un lado de la vía: el horizonte vacío; miró hacia el otro lado de la vía: nada a lo lejos. Ningún sonido tampoco. El latido interior aumentó la cadencia. No debería tardar en aparecer un tren, dedujo, un tren de mercancías, supuso. No había oído hablar de esa línea, no sería de viajeros, por tanto. Un par de minutos habían transcurrido ya: la espera se le hacía absurda. La barrera le impedía aún el paso. No tenía la sensación de estar esperando por algo cierto. La ansiedad retornó. El latido se hizo imposible de sujetar. Las manos, nerviosas, golpeaban a ritmo el volante. No iba a llegar a tiempo. Los interventores del banco se presentarían en su domicilio para dar cuenta del embargo de la casa y de todos los bienes que pudieran (a las once en punto precisaron). Su mujer se enteraría antes de poder escuchar sus explicaciones, de oír sus justificaciones. No justificables, quizá, pero ingenuas e inocentes, eso sí: le sedujo un futuro más atractivo para ella… para los dos. Esas inversiones en empresas de nuevos mercados que el banco le propuso eran fiables, seguras, casi infalibles. Hipotecó la casa y dedicó la mayor parte de los ahorros, de acuerdo. Pero… iba a ser una grata sorpresa si hubiera salido bien. Eso le diría. Casi cinco minutos aguardando. El corazón a punto de explotar. ¿Dónde se había metido ese maldito tren? La situación roza lo ridículo, pensó. Apenas le quedaba tiempo para mitigar el desastre. Apenas el tiempo justo para evitar tirar por la borda el resto de su existencia. Había de convencerla para iniciar juntos una nueva vida. Peor vida, cierto, pero juntos, siempre juntos. ¿Qué hacía allí, inmóvil, en medio de la nada? Las palpitaciones creaban reflejos por todo el cuerpo: por el pecho, por la espalda, por los costados, por la cabeza, incluso percibía fuertes pulsaciones sanguíneas por las piernas y los brazos. Nada aparecía por la lejanía, nada resonaba siquiera en el aire. No aguantaba más. ¿De repente era un buen ciudadano? Debía saltarse esa barrera de inmediato. Nuevos brincos dentro de su cuerpo aun más exaltados si cabe le impelían a decidirse. Ya se alcanzaban los diez minutos de tensión. O cruzaba o esos latidos sin cuartel acabarían por abrirle en canal. Metió primera. En ese instante, comenzó a elevarse el paso a nivel. Ningún convoy lo había atravesado. ¿Era un fallo? ¿Una broma? ¿Era aquello real? Qué le importaba; ahora tendría que acelerar a tope, sin contemplaciones. Ya no tenía seguridad de llegar a tiempo, pero aun así había de intentarlo. Apenas percibía el corazón de lo fuerte que palpitaba. Supuso que estaba superando los límites de frecuencia, algo así como la zona roja de las revoluciones del motor de un automóvil. Pisó con rabia el pedal y el sedán grisáceo y polvoriento hizo resbalar con violencia las ruedas y se puso en marcha. Justo en el mismo instante sonó un silbato estridente que cobraba fuerza con atroz celeridad. El latido de su corazón retumbó en el valle. Nunca llegó al otro lado de la vía.

Esa tarde, la policía comunicó a la mujer el probable suicidio de su marido. Motivos había según el oficial. Ella lloró impotente y desconsolada: no había tenido tiempo de decirle que le quería, que no le importaban sus fracasos, que habrían iniciado una nueva vida, juntos, unidos, aun viviendo peor.

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