Siempre caminaré solo

     En el sendero de los mil reflejos surgen infinitas posibilidades de unir los anillos de cristal, pero quien os habla nunca ha podido resolver el acertijo de ensamblar dos corazones en uno.

Una vez en mi camino, encontré un alma que dijo ser mi gemela hasta que me di cuenta de que era a causa de los efectos de la magia: se bamboleaba atiborrada de pócimas de hábitos fingidos.

Más adelante, topé con ese pueblo donde sólo llovían flores blancas y negras. No nacían flores grises. Los matices se perdían en la oscuridad del hielo.

Quién me iba a decir que, mientras observaba la lejana marea, oiría mi nombre repetido hasta la saciedad. Pensé que pronto estaría rodeado de mimbres calurosos, de melodías valientes, de acantilados mudos de expectación. Toda la tarde oyendo mi nombre como un martillo sobre el yunque para comprobar que yo mismo me perseguía en un alazán ciego y engañado.

Hacia la gruta de los excluidos pondré el último rumbo. Será mi rendición incondicional, mi refugio en las estrellas. Me han dicho que allí puedes conseguir por fin un solo corazón: engarzando los trozos mil veces talados del tuyo propio.

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