Tras el puente

     ¡Ahá! Ya estoy en el puente. Si lo atravieso conseguiré mi salvación. Eso me dijeron. ¡Cuánta niebla, leche! ¡Y de noche! Uf, apenas veo a dos metros de mis pies. El puente no es demasiado ancho, camino por el centro, pesadamente, pisando una gravilla molesta. La niebla es bien espesa, caray, no tengo referencia. Me marea un poco. Nunca había visto una bruma tan tupida. Tampoco había visto demasiada niebla en mi vida, todo hay que decirlo. Soy del sur, de un lugar seco y soleado. En los laterales vislumbro farolas, escasas, y curiosamente elevadas, me parecen desproporcionadas. Su luz agonizante debido a la falta de visibilidad me deprime y me produce cierto escalofrío. Ya digo que no estoy acostumbrado a este tiempo. Mejor me arrimo a uno de los flancos del puente. Opto por el derecho. Hay una baranda de hierro, muy baja, realmente baja diría yo. Me asomo y compruebo lo fácil que es vencerse hacia el otro lado. El río parece estar lejos. La caída ha de ser importante, pienso. Se escucha un rumor, ligero, me recuerda al suave batir de sábanas al colocarse sobre la cama, pero no se aprecia el cauce. Esta niebla lo impide. Espero no caerme. Si me cayera no tengo un plan pensado. No me caeré si voy despacio. Esta sensación de humareda me produce el mismo amago de tos que en la sala de recreo cuando nos juntamos todos y los residentes pueden fumar a discreción. Aunque esta humareda del puente es más densa, más intensa, pero eso sí, no huele, bien es verdad. Ahora que lo pienso: ¿no la habrán provocado los malditos doctores?

Camino con cautela —mejor dicho, con recelo— arrimado a la fría baranda que a veces creo que me invita a saltar. Me invade un cierto vértigo. Nunca lo he tenido, pero ahora sí que lo percibo. De niño subí a la cima del monte más alto de la sierra, desde donde se divisa la enorme profundidad del valle. Me llevó mi padre. Para que experimentase la inmensidad de las alturas, dijo. En aquella cumbre no sentí ni un ligero vaivén en mi cabeza. Realmente, nunca lo sentí. Pero ahora sí. No se oye apenas nada a mi alrededor y eso también me produce vértigo. Y miedo. Trato de llevar mis pensamientos en otra dirección. Tello, el “ensimismado” (así le apodamos), en una de sus pocas frases, me contó un día que era posible escapar. Sólo había que cruzar el puente, eso era todo. Este puente. Dicho así, lo vi fácil. Y me puse manos a la obra. Averigüé con disimulo y astucia cosas del puente, de los alrededores, del lugar. Al cabo de unos días ya tenía el plan trazado. Y esta noche, minutos después del apagado de luces, lo puse en marcha. Nunca me había visto en una situación semejante. Estaba nervioso. Más que cuando las muchas veces que me examiné ante el tribunal de oposiciones a notarías. Al final aprobé, pero nunca ejercí. Me dediqué a la contabilidad. Me entendía mejor con los números que con las personas. Ahora temblaba y no era de frío. No suelo tener frío. Temblaba del miedo a fracasar y también, por qué no decirlo, de la emoción de las circunstancias. Me sentía un héroe. En un descuido del celador de la recepción, salí al jardín y llegué hasta el muro. Salté por el rincón de las azaleas. Es de menor altura en esa parte. Además estaba en dirección al puente. Y corriendo desalmadamente, enseguida lo alcancé. Ahora estoy aquí, cruzando esta oscuridad. Asustado, pero confiado. Cierto es que Tello no me habló de esta molesta bruma. Apelmazada, opresiva, claustrofóbica por momentos. Tengo la impresión de estar atravesando un lúgubre pasadizo secreto que me llevará más allá de los confines del castillo. A la mente me están viniendo todas esas madrigadas confusas y desesperantes, postrado en mi habitación. Quizá sea mi temor a ser capturado o quizá simplemente mi falta de costumbre a esta niebla odiosa. El caso es que me está aturdiendo. Apenas percibo el movimiento de mis pies. Parece que estuviera andando hacia atrás. No sé si podré llegar al otro lado, a la salvación. No sé si aguantaré esta sensación tan sofocante, tan agotadora por momentos. Ni siquiera sé qué distancia me queda. El “ensimismado” me señaló que el puente no era largo, que se cruzaba rápido. En un santiamén, dijo en concreto. Pero, ahora, agazapado aquí en medio de la nada, con una visión tan escasa que creo tener los ojos cerrados —y lo mismo es cierto que los tengo cerrados—, no consigo avanzar con la celeridad que quisiera.

Siento una humedad constante y atenazadora. Sólo llevo encima una camisa fina (una que me regaló mi madre en su última visita antes de morir) y un pantalón de pescador. Mis zapatillas de lona están empapadas. Noto mis pies calados. No llevo calcetines. Se me olvidó ponerme unos. No sabía de este tiempo. Peleo con hilachos de nube que se me pegan a la cara. Mis pasos son cortos, cohibidos, voy en zig-zag. Miro tras de mí: no veo a nadie, pero presiento que están ahí. Un grupo no muy numeroso, con el mastodonte de Carlo, ese endiablado y maléfico celador italiano, a la cabeza. Y los doctores detrás, achuchándole como a un mastín. Seguro que el primero en darse cuenta de mi fuga y poner en marcha el operativo de caza ha sido el doctor Miranda. Tiene enfermiza obsesión por que no vuelva a tener relación con el mundo. ¿Qué le habré hecho yo al mundo?, me pregunto a menudo. ¿Qué le habré hecho yo a él? Yo creo que alguien (que no conozco) le paga para que cumpla ese objetivo. Si no, a que viene tanta pastilla, tanto tratamiento de choque, tanto interrogatorio incesante y por momentos machacante, y sobre todo tanto aislamiento (apenas puedo hablar con nadie: únicamente una hora al día en la sala de recreo y me paso esa hora repudiando el humo y el olor). En esos trances me siento una especie de espía o algo parecido. Por eso supongo que me imaginé siendo un héroe al comenzar mi escapada. Seguro que el doctor Miranda es el que más está azuzando a Carlo para que dé conmigo.

¡No puedo más, virgen de la retreta!, exclamé en bajito al igual que juramentaba mi padre, cuando ejercía de comandante de blindados. Murió en misión de paz. Esta desalmada niebla me está derrotando. No voy a llegar. Estoy a punto de ponerme a gatas. Mis huesos claudican, me duelen por dentro, hasta el tuétano y me obligan a detenerme cada tres pasos. ¡Cómo puede ser que el puente sea tan largo! Este río, sin nombre conocido, cercano a la Residencia, era —según me comentaron— pequeño, esmirriado, casi insignificante. Pero ahora se me está haciendo enorme, desmesurado, interminable. Me da la impresión de hallarme sobre una alfombra de la que los doctores estuvieran tirando desde un extremo mientras camino y por ese motivo no avanzo. La neblina se está introduciendo en mis ojos. Unas lágrimas descienden por mis pómulos. No distingo si lloro o es el rocío. Me estoy quedando sin fuerzas. Esta bruma es un muro de aire comprimido y agua amazacotada; un muro duro como el cemento, denso como una capa de alquitrán y frío como un carámbano de hielo. ¡Ah, virgen de la retreta!

El barandal que me escolta concluye su línea de hierro de repente, alcanza su otro extremo. Ha de ser el final del puente sin duda, me digo. Cierto, así es. Lo aprecio. Estoy otra vez en campo abierto, en la dehesa, al otro lado, por fin… y la niebla parece que empieza a mermar. ¡Qué alivio! Noto que mis manos se están caldeando con facilidad. ¡Qué gusto! Mi entorno se está definiendo, percibo la profundidad. ¡Qué descanso! Estoy en la salvación, como predijo Tello.

Ahora he de caminar sin cesar hasta dejar la comarca. Nadie me encontrará después. Nadie volverá a empapuzarme de píldoras sin gusto. Nadie colocará, de nuevo, fríos electrodos en mis sienes. Nadie me podrá impedir hablar con la gente. Nadie me insistirá en preguntarme dónde narices he guardado no sé qué dinero. Nunca entendí esa pregunta. Suponía que iba dirigida a otro interno. No a mí, desde luego. Pero era difícil hacerse escuchar por el obsesivo doctor Miranda. Ante este último pensamiento, mi suspiro de rabia se ha debido oír en la aún no muy lejana Residencia. La niebla termina de levantar. Mi mirada se aclara del todo. En efecto, vuelto sobre mi espalda compruebo que el puente ha quedado atrás. Sonrío. Dirijo mi vista hacia adelante y me dispongo a salir aprisa de la comarca. Y entonces distingo a Carlo, a lo lejos, esperando.

* * *

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