Valthumia, el Valle de la Paciencia

     La estación está desapacible. Llega la noche y estoy aguardando a que aparezca mi tren. ¿Cómo será Valthumia? Es el nombre del lugar al que me dirijo. Nunca he estado allí, pero por alguna razón (he oído muchas bondades sobre el sitio) debo ir. Apenas hay gente en el andén: una pareja bien agarrada y un hombre, yo diría que maduro por su porte, aunque no le distingo bien, porque se cubre con gabardina y un sombrero tipo inspector de policía. Cinco minutos más de frialdad y aparece un interminable convoy de vagones sucios y desgastados. Cuando para, abro la portezuela más cercana, subo y, tras un recorrido mal iluminado por los pasillos, llego hasta mi compartimento. Antes de sentarme, ojeo a mis compañeros de viaje, tres para ser exactos: una señora gruesa y risueña, que me saluda agitando los dedos nada más aparecer por la puerta; un joven vestido con un anorak de textura metálica que no me presta ninguna atención; y el hombre del sombrero que observé en la estación, que está deshaciéndose de la gabardina para acomodarse en el asiento.

Nada más ponernos en marcha, la señora me pregunta que a dónde voy. A Valthumia, le respondo. Ah, es un precioso valle, aislado y tranquilo, lleno de paciencia, aunque mezclada, dicen las malas lenguas, con abundante pereza. ¿Pereza?, me sorprendo. Sí, interviene secamente el hombre del sombrero. Tras una breve pausa, continua: así es, amigo mío, pereza, porque desde hace tiempo ese lugar soporta una desidia que se extiende por sus caminos y sus veredas, y en sus habitantes está naciendo un profundo miedo a errar, y más miedo aún a rectificar. Según cuentan, prosigue ahora la señora, las gentes pacientes se resisten, luchan y batallan con la serenidad al hombro para restituir la capacidad de ensayar y aprender, una y otra vez, sin desesperar. La pereza, concluye el hombre del sombrero, de los que prefieren no arriesgar para no equivocarse y confían en que el tiempo resuelva los problemas, ha de erradicarse imperiosamente, lo antes posible, para que Valthumia vuelva a ser lo que siempre ha sido: el Valle de la Paciencia.

El tren empieza a suavizar la velocidad hasta detenerse por completo en la estación del Valle del que todos mis compañeros de compartimento parecen tener grandes conocimientos, todos menos yo… y quizá menos el joven del anorak también porque no ha abierto la boca en todo el trayecto, ni siquiera ha manifestado curiosidad. Cojo mi bolsa de mano —mi único equipaje— y desciendo al andén. Sobre las humedecidas baldosas de piedra aprecio la noche sin luna y, a mi espalda, siento una presencia. Me giro y me topo con el joven del anorak que también ha bajado. Le pregunto: ¿tú también vienes al Valle de la Paciencia? Con un tono de voz muy bajo y liviano me contesta que sí, en efecto, que se dirige al Valle y que pertenece a los Guardianes de la Esperanza. Nunca los había oído mencionar, le digo. ¿Y cuál es vuestra misión?, intento averiguar. Me comenta su función al tiempo que comenzamos a andar: desterrar del Valle a los perezosos y restablecer la paciencia como señal de identidad de su población. Pienso que tal vez la razón de mi presencia aquí es para echar una mano. Con entusiasmo le propongo: te acompañaré, seguro que necesitáis voluntarios. Actualmente somos suficientes para cumplir el objetivo, me indica el joven del anorak, tal vez más adelante. Bajo la soledad de la madrugada, le respondo: de acuerdo, esperaré entonces pacientemente en Valthumia hasta que pueda ser útil a la causa.

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