¡Vuelve!

Tornó la golondrina al viejo nido
y al ver los muros y el hogar desierto
preguntó a la brisa: —¿Es que se han muerto?
Y ella en silencio respondió: — ¡Se han ido
como el barco perdido
que para siempre ha abandonado el puerto!

Rosalía de Castro (En las Orillas del Sar) 

     Se fue para hacer las Américas. Dijo que volvería en cuanto la fortuna le sonriese. Ella, con la preocupación en los ojos, lo despidió: “Cuídate, amor; te echaré de menos”. Él abrazó a sus dos pequeños y les rogó: “Sed buenos con mamá”. La cara del menor se llenó de unas lágrimas que hacían fuerte al mayor. “Volveré pronto”, les prometió al alejarse de la casa.

Durante años las novedades cruzaron el charco con asiduidad —desde Cuba, al principio; más tarde, desde Venezuela; en los últimos tiempos desde el Brasil— manteniendo viva la llama del reencuentro, pero sin motivo aparente dejaron de llegar sus cartas alentadoras. Ella empezó a desmoronarse. Los hijos aliviaban su desesperación con vanas palabras de consuelo: “Seguro que está bien, mamá, no te inquietes”.

El tiempo fue desgastando la espera por unas noticias que nunca más llegaron. El mayor pretendió ir en su busca, pero la madre lo contuvo: “No quiero perderte a ti también”. Ambos hijos, con sus nuevas familias, abandonaron el hogar; la madre, rechazando la petición del menor de convivir con él —estaremos encantados, ratificó la nuera—, permaneció en la casa como si su presencia asegurase la vuelta.

Transcurrieron varios años examinando cada día un buzón vacío. Agotada y consumida, aceptó finalmente dejar la soledad de unas paredes en las que constantemente buscaba los sonidos del regreso.

Con sesenta años, piel encogida y caminar desamparado, apareció frente a la casa el que un día prometió volver pronto. Cuando escuchó, de labios de un desconocido, que aquel ya no era su hogar y que nada se sabía de sus antiguos dueños, se preguntó a sí mismo: “¿Qué pretendo recobrar?”.

Se alejó recordando la fortuna que, en aquellos remotos años, consiguió y que su propia codicia se encargó de dilapidar. Demasiado tarde regresó para enfrentarse a su irracionalidad.

* * *

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