Al atardecer

     Subía los peldaños de dos en dos, al galope, con rabia. Iba confuso, algo aturdido, y estaba furioso… sí, furioso, por qué no había de estarlo. Sentía calor y sentía frío a la vez: era una sensación extraña e incongruente; es verdad, pero eso percibía. Todo el trayecto desde la cafetería hasta su casa había venido rumiando lo acontecido durante la tarde. Era la misma cafetería donde se citaron la primera vez. ¿Casualidad? Qué más daba. Seguía considerando que ella no estaba siendo justa ni razonable. Llegó hasta su rellano, el tercero, y se situó ante su puerta, la derecha. Abrió con nerviosismo —le costó acoplar la llave en la cerradura— y entró apresuradamente, desplomándose a continuación sobre un enorme sillón orejero colocado en medio del saloncito. Ese sillón (el único lugar cómodo donde sentarse en toda la casa) era utilizado tanto para los momentos de regocijo como para los de desesperación. Ahora tocaba desesperación. El sillón parecía darse cuenta de la consternación de su “amo” porque éste notaba consuelo al apoyar la cabeza en una de las orejas de cuero.

Él intentaba dejar la mente en blanco para serenarse pero no podía. No aceptaba los argumentos de ella; en realidad, sus elucubraciones, porque razones, verdaderas razones, lo que se dice razones de peso, justificadas y racionales, pensaba que no existían para mandar al garete lo que él suponía que era una relación sólida. Al menos no adujo motivos concretos: sólo deseos y alguna que otra lamentación.

Se levantó para prepararse un café. Él solía tomarlo cuando necesitaba pensar con cierta profundidad. Sus compañeros del gabinete enseguida apostillaban: “Va a por un café, dejadle: ha de discurrir”. Su jefe, el arquitecto, también había observado cómo en esos momentos, mientras sorbía con delicadeza, su concentración era máxima. Una manía como otra cualquiera, replicaba él para justificarse. Como era habitual, su cafetera de acero inoxidable —uno de los más apreciados regalos que le hizo su madre cuando se independizó— se encontraba limpia y preparada para su uso inmediato. Realizó ágilmente los preparativos. En cuanto el café estuvo listo, se sirvió una generosa cantidad (solo y con una escueta cucharada de azúcar) y se acomodó de nuevo entre las orejas del sillón. Olfateó la bebida y detectó su intensidad. Con el primer paladeo se sumió de nuevo en sus considerandos.

En la concurrida sala de la cafetería, repleta de mesas ocupadas la mayoría por jóvenes parejas aparentemente ensimismadas, ella había mencionado la rutina como uno de los males de la relación; el costumbrismo, dijo en concreto, qué palabra (¿existe?), y siguió: “Siempre yendo a los mismos lugares, siempre haciendo las mismas cosas, siempre viendo a la misma gente”. Él se había fijado entonces en los semblantes a su alrededor y le pareció que esos otros rostros transmitían multitud de encuentros y reencuentros, mezclándose con el humo del ambiente y un potente olor a piel asustadiza. Puede que así fuera, había respondido él, ¿y qué?, agregó con suficiencia, nada nos debería impedir que aquello que no nos agrade demasiado e incluso que nos pueda disgustar se cambie y en paz.

Se irguió en el sillón para dejar la taza en una mesita lacada situada a su izquierda. En esa posición se repitió lo último recordado: “que no nos agrade…”, enfatizando cada palabra. Y añadió en voz más alta como si necesitase que ella le oyese: “… a ambos, que no nos agrade a ambos. A los dos por igual”.

Sentada de forma mohína en una de las butacas de madera desgastada de la cafetería, ella había reconocido que llevaba tiempo bastante abatida, como si todo se derrumbase a su alrededor. Pues no me había dado cuenta, repuso él como no dándole importancia. Ella prosiguió diciendo que se veía en la cima de un endeble castillo de naipes (de esos que algunas veces él erigía en las frías tardes de invierno mientras ella miraba la tele sin mucha atención) muy próximo a caer y confesó que la única salida que veía era dar un vuelco a su existencia… a su tediosa existencia, recalcó. Y así sin preparación —sin anestesia, que diría un antiguo compañero de universidad de ambos del que no habían vuelto a saber nada después de marcharse a un diminuto país africano a construir hospitales y colegios— ella había soltado que lo más coherente era cortar. ¿Cortar era lo más coherente?… Ante ello, en medio de la jungla de mesas, él emitió un berrido de confusión un tanto absurdo. De inmediato, observó de reojo los aledaños al percatarse del posible ridículo. En efecto, algunos vecinos dirigían hacia ellos, o más bien hacia él, unas miradas que le parecieron recriminatorias.

Ahora, cobijado en su sillón, profundizaba con cierto enojo: ¿Qué tendrá que ver todo ese tinglado que se ha montado en su cabeza con la coherencia? ¿Es que no estamos hablando de sentimientos? Con claros síntomas de rabia, se volvió hacia la mesita lacada y asió de nuevo la taza dando un prolongado trago.

Cuando él le indicó sus dudas, ella exclamó entonces con cierta vehemencia que se sentía oprimida. ¿Coherencia, opresión?, acaso en vez de una pareja formamos una asociación ideológica o algo parecido, replicó él algo airado sin importarle ya si los demás se interesaban o no por sus cuitas. Ante tal exaltación, ella había ladeado su cuerpo con desdén y clavaba la vista en el trajín de la barra. Tras unos momentos de silencio, él quiso que ella comprendiera que después de cinco años saliendo era lógico pensar que tal vez fuera necesario, incluso saludable, realizar algunos cambios. Es más, le dijo, mientras apuraba su cerveza ya templada debido al largo tiempo de discusión, que podía ser hora de hacer —¿por qué no?— grandes cambios. Ella mostró un cierto gesto expectante aunque sin convencimiento. Por ejemplo, continuó él intentando ser sugestivo, podemos empezar por vivir juntos de una vez, ¿no? Podía ser una excelente salida ¿qué te parece? Bien es cierto que ella se había negado a ello de forma reiterada y él no acertaba a comprender el motivo (¿miedo, inseguridad, falta de amor?). Él fue quien adoptó entonces una postura expectante ante su respuesta. Pasaron unos instantes eternos y tensos antes de que ella volviera a reiterar su deseo, mejor dicho, su inapelable decisión: abandonar la relación. No había opción, por lo visto.

Él terminó su taza de café y, arrellanándose de nuevo, suspiró con energía: “Nuestros objetivos son divergentes”. Volvió a sentir esa curiosa sensación de frío y calor simultáneos. Cerró los ojos y pensó que no podía dejar que las cosas terminaran así, sin más, tenía que hallar alguna solución, algo que a ella le obligara a replantearse su dramática postura. Se levantó y se encaminó a la habitación (pequeña pero luminosa) donde disponía de un lugar bien organizado con sus útiles de delineante. Allí solía acabar tareas del trabajo, bien por urgentes, bien por no concluidas a tiempo en el gabinete. La casa se componía, además, de un dormitorio con la cama de matrimonio, el salón presidido por el sillón orejero, una angosta cocina y un todavía más angosto baño. El piso era reducido aunque “bien distribuido”, como en una ocasión había comentado la hermana mayor de su madre quien valoraba las viviendas por la cercanía entre las habitaciones. Y dado el tamaño de la casa, las habitaciones estaban desde luego muy cerca unas de otras. Miró por la ventana, sin cortinas aún. Empezaba a anochecer. El atardecer era su momento preferido del día aunque no sabía por qué. La luz de la tarde se apagaba, igual que su futuro. Pero se resistía a asumirlo. Y no lo asumía porque no alcanzaba a entender el modo en que ella pretendía romperlo.

Volvió a pensar en qué sería preciso plantear para enderezar el rumbo. ¿Quizá si le compro algo?, se preguntó. No, algo material no serviría: ella no era de las que se conformaban con detalles superficiales. Encendió su ordenador de forma instintiva al tiempo que seguía dando vueltas a la necesidad de acertar con una buena proposición. El monitor desplegó la imagen de bienvenida. Dijo su nombre (disponía de reconocedor de voz) y después una contraseña; casi al instante emergió la representación tridimensional de un león saltando (el símbolo de su empresa). Tuvo suerte de que su jefe, un apasionado de las más innovadoras tecnologías, le proporcionara, a poco de empezar a trabajar para él (como gesto de confianza, dijo), un ordenador de ultimísima generación para su uso personal. Entraré en la red y buscaré sugerencias, se animó. Pronunció la orden y apareció la página inicial del navegador. Mientras se exprimía el cerebro, rozó con el dedo índice de su mano derecha un botón situado en la parte inferior de la pantalla táctil, que indicaba Búsqueda de Ideas. Una serie de representaciones gráficas aparecieron en la pantalla, a modo de alternativas. Se levantó agitado para reflexionar. Volvió a mirar a través de los cristales hacia un cielo que se eclipsaba lentamente. Intentaba relajarse, pero la ansiedad le obligó a sumirse de nuevo en el mundo de la red. Entonces sintió un frío ciertamente intenso además de calor, una sensación un tanto incómoda (una sensación rara).

Buscó entre los diferentes iconos que presentaban las posibles opciones. Observó un instante y al final se decidió: “¡Eso es, Viajes!”. Podría ser una gran idea, pensó. Un viaje a un lugar lejano, insólito, emocionante, puede abstraer de esa famosa “rutina”, del tedio y de la apatía, incluso puede permitir encontrar deseos comunes, ambiciones especiales. Será una formidable solución, ¡sí, señor!: la experiencia de un viaje (cuanto más exótico mejor) siempre se recuerda, sus vivencias siempre acuden a la mente en los momentos más depresivos. Si salía bien —y por qué no había de salir bien—, seguro que a ella le permitiría cambiar su actual y, sobre todo, la futura percepción negativa de la vida en común. Él se entusiasmó con esta perspectiva y tocó la imagen de un avión en pleno vuelo con nubes alrededor que representaban los viajes. Nuevos iconos brotaron entonces, mientras de fondo sonaba una melodía sosegada y cadenciosa.

Durante más de media hora estuvo abriendo en la red enlaces de todo tipo. Consultaba itinerarios, lugares y actividades que las empresas especializadas ofrecían. Utilizó un simulador tridimensional que usaban en el gabinete para ver imágenes espaciales. Mediante esta herramienta informática cargaba fotografías de los lugares más insólitos, sorprendentes, de espectaculares coloridos y bellezas. Podía incorporar en las escenas personajes a los cuales adosaba sus propias fotos. De este modo, verse con ella, juntos los dos, disfrutando de las situaciones representadas, le provocó una excitación increíble. Pudo apreciar cómo escalaban montañas imponentes, cómo navegaban por ríos tempestuosos, cómo se asomaban por los recodos más impresionantes de las maravillas históricas del mundo. Así estuvo un buen rato hasta que finalmente halló lo que adivinó iba a ser su gran apuesta. A ella le encantaba, le entusiasmaba el mar. Cuando alguna vez habían ido de visita a lugares costeros, nunca se cansaba de dar largos paseos a la vera del mar, de caminar por las playas y por los acantilados, de saborear los austeros puertos pesqueros. Cuando le llegaba un olor singular de esos que tanto abundan cerca de las aguas marinas, levantaba la nariz con actitud casi infantil para captar el aroma. Decía que el mar era su gran amor… después de ti, añadía a continuación con una pícara sonrisa. Ensimismado con estos recuerdos, él observaba la escena que les mostraba a los dos abrazados en la cubierta de un yate, arropados por un océano guardián de sus deseos y al fondo un atardecer discreto y conciliador. Ahí estaba su baza.

Preparó toda la información para ese largo y tentador crucero, a su aire, atracando en lugares paradisíacos, en ciudades y pueblos sugestivos, en parajes irresistibles y hablarían mucho, de su futuro, de sus ambiciones y de sus ilusiones. Cuando lo tuvo todo organizado lo incluyó en un video-documento y abrió el programa de correo electrónico. Con voz firme y exultante dictó la dirección de ella, escribió un lacónico “por nuestro futuro, con todo mi amor” y se lo envió adjuntando además una de sus canciones preferidas para que sonara de fondo mientras paladeaba la propuesta. Se asomó por la ventana, relajado, aliviado, contemplando la noche que ya había caído completamente y asegurándose a sí mismo que ella aceptaría la idea sin lugar a dudas. De nuevo, calor y frío al mismo tiempo, pero esta vez la sensación era más agradable, más estimulante, como cuando te arropas con una toalla esponjosa nada más salir de la ducha.

Mientras esto ocurría en casa de él, en casa de ella se llenaban varias maletas con multitud de vestidos, utensilios, recuerdos y pertenencias. Poco después el taxi volaba cargado con todos los bultos hacia el aeropuerto. En el interior de un avión cuatrimotor con destino a una isla del Pacífico ella besaba a otro en el momento de elevarse en el cielo.

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