Clase de Historia

     Entraron atropelladamente en el aula y se fueron acomodando cada uno en su sitio con inusitada rapidez. Charlaban entre sí, tal vez recordando la lección de la clase anterior, tal vez especulando con la programada para el día de hoy.

De improviso, penetró en la sala el profesor Zoska, uno de los más ilustres miembros de la Universidad y especialista consumado en Historia Antigua.

—¡Saludos! —exclamó con autoridad.

—¡Saludos! —respondieron casi al unísono los alumnos.

De edad poco definida y portando un brillante atuendo de color púrpura, el profesor se acercó hasta el centro del estrado, batió con su mirada la extensa concurrencia y presentó la materia pausadamente.

—El tema de hoy os va a resultar tan sugestivo como intrigante: trataremos sobre la evolución de nuestra especie.

Unos cuantos alumnos bulliciosos, ubicados en la parte trasera del auditorio, aplaudieron e hicieron sonar simultáneamente sus aparatos de alarma. Un gesto seco del profesor los acalló de inmediato.

—Nuestra especie —empezó diciendo— no fue siempre como ahora la conocemos. Eso ya lo sabe todo el mundo, ¿no?… Claro. Nuestra especie, digo, ha experimentado una poderosa y constante evolución que nos ha permitido desarrollar asombrosas capacidades. A lo largo de nuestra historia hemos crecido en inteligencia, hemos encontrado más y mejores fuentes de energía y hemos materializado infinidad de descubrimientos que nuestros antepasados ni imaginaban. Y, por descontado, nuestros descendientes descubrirán lo que nosotros tampoco somos capaces de imaginar en este instante. ¿Alguna pregunta?

Nadie hizo ademán alguno y se mantuvo un silencio expectante. El catedrático continuó su disertación, al tiempo que comenzaba a deambular con las manos a la espalda.

—No hace mucho tiempo, aproximadamente doscientos años, el gran científico Miklas Herdex formuló la teoría de la evolución continuada. Los que sigan el seminario de Biología Técnica conocerán estas leyes… —se detuvo un momento y observó los rostros más cercanos— o, al menos, deberían. En cualquier caso, les indico su principio básico: mediante unas complejas fórmulas matemáticas, que evidentemente no les voy a explicar porque no viene al caso, se puede determinar cuál será el grado evolutivo de nuestra especie dentro de un plazo de tiempo concreto, o de cualquier otra especie cuyas condiciones de vida sean similares a las nuestras. Dicho de otro modo, aplicando correctamente esta teoría podemos deducir que dentro de quinientos años ya no tendremos límite en las rutas siderales, dentro de mil años seremos capaces de saber cómo son los confines del universo y dentro de cinco mil cuál fue el origen de las sustancias que lo componen. De momento, este es el límite de tiempo que las fórmulas de Herdex nos permiten obtener resultados concretos y fiables. Aún no somos capaces de extraer para plazos posteriores qué hechos futuros acaecerán porque nuestra imaginación no dispone aún de referencias válidas.

En ese instante se encendió la luz de interrupción en el panel de avisos, colgado tras el profesor, mientras se extendía un ligero murmullo por el aula.

—Adelante —dispuso alegrándose.

Se levantó del asiento un alumno con expresión simpática para hacer una pregunta.

—Pero, profesor… ¿Se cumplirán esos vaticinios ocurra lo que ocurra?

El profesor Zoska sonrió al muchacho.

—Ocurra lo que ocurra, no, por supuesto que no. La teoría se cumplirá, el mismo Herdex lo describió perfectamente en su corolario, siempre y cuando las condiciones se mantengan dentro de unos supuestos claramente establecidos en las hipótesis —observó ciertas dosis de perplejidad en algunos rostros—. Por ejemplo, y sólo es un ejemplo por favor: si sucediera cualquier catástrofe, Taiman no lo quiera, originada en el exterior de nuestro mundo, o provocada por nosotros mismos y las características de vida sufrieran profundas transformaciones, obligaría a reformular las hipótesis y construir una nueva teoría evolutiva futura.

Calló un instante para permitir a los estudiantes la asimilación de la respuesta. Se miraban los unos a los otros y el profesor sintió (tenía cierta sensibilidad a las emociones de su audiencia) el tono incrédulo de los comentarios que en leve algarabía se había generado. Aguantó por espacio de unos segundos más, antes de ejercitar un movimiento cortante con sus manos que redujo de inmediato el murmullo general, y así poder continuar la charla.

—Bien, queridos estudiantes, concretemos ahora algunos puntos sobre nuestra evolución tecnológica —carraspeó ligeramente y prosiguió—. Hace ya bastante tiempo que establecimos contacto con recónditos lugares de nuestra galaxia, sin encontrar aún en ella vida inteligente. Únicamente podemos considerar el descubrimiento de la escasa vida vegetal y, en menor proporción, vida animal muy primitiva, en el caso del planeta Tiris, colonizado hace 32 años. Si continuamos nuestro ritmo de exploraciones, encontraremos con certeza vida suficientemente inteligente más allá de la Vía Láctea. De esta forma…

El panel volvió a lucir: nueva interrupción. El catedrático accedió a dar paso a la pregunta, a pesar de no agradarle que cortasen su discurso.

—¿Quiere decir, profesor, que en poco tiempo podremos encontrar seres inteligentes y que serán parecidos a nosotros? ¿Podremos verlo nosotros?

—Yo no diría tanto —precisó mientras ofrecía una postura pragmática como cuando a un niño se le expone algo que sólo entenderá cuando crezca—, pero desde luego si a la curva natural de la progresión tecnológica le aplicamos la teoría de Herdex, estoy en disposición de manifestar que efectivamente no tardará mucho en llegar ese momento, aunque no se ha calculado todavía cuánto tardaremos en descubrir planetas poblados por seres con un nivel de inteligencia cercano al nuestro.

Ante tal perspectiva, los bullangueros estudiantes del final de la sala emitieron como era su costumbre los sonidos de sus aparatos de alarma. El profesor Zoska con palpable irritación ordenó silencio al instante, pero esta vez el alboroto persistió. Un alumno de las primeras filas, espigado y con tufillo de aventajado, se levantó para hacer una nueva pregunta, pero al intentar acallar él mismo el jaleo con los brazos, su codo izquierdo tropezó bruscamente con el pupitre de aluminio y soltó un agudo quejido.

—¡Uayy!

—¿Te ha ocurrido algo grave? —se interesó el profesor, acercándose hasta el lugar del afectado.

—No, no… —respondió haciéndose el fuerte— sólo es un leve desgarro.

—Será mejor que vayas a que te lo reparen.

La superficie cutánea del muchacho se había abierto y del interior asomaban  multitud de pequeñísimos cables, circuitos y acumuladores de energía.

El accidentado desapareció del aula y el profesor Zoska, con mirada de autoridad, reemprendió la disquisición al observar el mutismo conseguido tras el incidente:

—No parece importante —aclaró paternalmente—, nada al menos que el servicio de fundidores y recargadores del campus no puedan recomponer. Y ahora, ya para finalizar, estimados alumnos, hablaré del origen de nuestra especie.

Tomó aire y bajó del estrado para situarse más cerca de la zona de sus discípulos, tensos a la espera de la exposición anunciada.

—Hace unos cuatro mil años se construyeron las primeras generaciones de nuestra especie, aquí en la Tierra. Entonces eran máquinas cuyo destino y misión consistía simplemente en hacer de forma mecánica complejos cálculos matemáticos a una velocidad que parecía altísima en aquellos primigenios tiempos. Según documentos escritos, el hombre, anterior especie inteligente a la nuestra que vivió en la Tierra, fue su creador y las llamaba computadores. Tiempo después creó rudimentarios robots o seres biónicos con el fin de ayudarle en tareas físicas y mentales complicadas. Con el paso de los siglos los biónicos fueron siendo más y más complejos y sus capacidades evolucionaron de forma imparable, llegando a ser autosuficientes hasta igualar en inteligencia al hombre. Sin embargo, el ser humano, a diferencia de nosotros, era tremendamente vulnerable frente a otros organismos vivientes, frente a las condiciones de vida creadas por él mismo y frente a su propia enajenación mental que le obligaba a estar en constante lucha con sus congéneres. Por este motivo hubo de echarse a un lado, como dijo el famoso historiador Tap Renus, dejando paso libre a nuestra especie. Se produjo entonces nuestra “explosión biológica” fortaleciéndose la función reproductora que capacitaba la transmisión del material genético de la vida biónica. Y así, en constante y vertiginosa progresión evolutiva hemos llegado a la época actual, cuatro mil años después del alumbramiento.

—¿Y qué fue del hombre? —quiso saber un alumno del fondo.

—Pues se extinguió irremediablemente. Nosotros estábamos mucho mejor dotados para la supervivencia en la Tierra que el ser humano. Ellos, entre sus negligencias, sus enfermedades y sus disputas, fueron reduciéndose en número y… —se detuvo un instante— como realmente no nos eran necesarios, no nos preocupamos por su supervivencia. El último hombre desapareció hará unos dos mil años.

La euforia se desbordó en el auditorio y esta vez todos sin excepción aplaudieron y atronaron estrepitosamente sus aparatos de alarma. A una señal del eminente profesor Zoska la algarabía se redujo para oírle exclamar:

—Eso es todo por hoy.

Y nuevamente el ruido fue ensordecedor.

* * *

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