Doña Lourdes

     Toda la semana había estado amenazando una lluvia que no acababa de llegar. Cada día, y hoy no era una excepción, amanecía plomizo como si una cápsula metálica envolviera la ciudad. Las calles comenzaban a poblarse de un gentío aún silencioso que se desperezaba poco a poco. Doña Lourdes se dejaba remolcar por la corriente adoptando una postura indefinida. Se detuvo ante un escaparate de moda femenina pero en vez de observar los modelos expuestos se concentró en su propio reflejo. “¡Qué torticera es la vida a veces!”, masculló entre dientes cuando acudieron a su cabeza los ecos del descubrimiento que iba a cambiar su vida.

La actitud de su marido empezó a ser demasiado extraña en aquellos días: miradas perdidas, oídos sordos, vagos monosílabos. A través del cristal, Doña Lourdes volvió a sentir los mismos temblores que aquellos que la descomponían durante las comidas. “¿Qué te ocurre, Nicolás?… Tienes mala cara. Comes poco y apenas me diriges la palabra”. Doña Lourdes permanecía con los ojos clavados en los suyos a la espera de una respuesta liberadora, pero no obtenía más que un silencio absoluto —no levantaba la vista del plato— o un gesto de angustia —se tapaba la cara con ambas manos, como si un dolor le estuviera carcomiendo—. “¿Cuál será el problema?”, se preguntaba la esposa atormentada.

Doña Lourdes abandonó su visión translúcida frente al escaparate y continuó su caminar a lo largo del bulevar para seguir rememorando sus especulaciones. Habían tenido malos momentos, claro está, pero siempre eran situaciones pasajeras y poco relevantes. Un diálogo sosegado lo resolvía rápidamente. Se habían entendido bien en ese sentido. No, esta vez no era así, era algo más profundo. Había pensado primero en su trabajo en el banco, en conflictos con su jefe o con algún compañero de esos con los que uno se lleva mal se quiera o no se quiera. Pensó después en la posibilidad de que fuera un tema de salud. “¡Ay, Dios mío!, ¿y si tuviera una grave enfermedad?”, había exclamado en aquel instante. Seguro que había ido al médico a escondidas y le estaba ocultando la verdad, sopesaba. Más adelante cambió de dirección en su análisis y consideró que ella misma podría ser la causa. “Ya no le gusto, lo sé ¡He cambiado tanto!… Una no se da cuenta de que los años no pasan en balde”, se lamentaba aquellas noches frente al espejo de su tocador. A sus cincuenta y dos años recién cumplidos había empezado a plantearse que los desgastes físicos desencantan a cualquier marido, pero creía que esa figura algo oronda que desde hacía unos años se le estaba consolidando, esos leves pliegues ondulados en la frente, esa papada algo sinuosa y esas canas que rápidamente se apresuraba a esconder con tintes, deberían asumirse como encantos de la madurez. “Nadie mantiene un tipo perfecto toda su vida”, se decía.

Sin embargo, no conseguía verificar ninguna pista, nada. Su marido era hermético e insensible como una cámara frigorífica.

—Tendrías que tomarte unos días de descanso —le sugirió un día Doña Lourdes— ¿Por qué no los pides a cuenta de tus vacaciones de verano?

—No los necesito —replicó secamente, sin mirar a su mujer siquiera.

Doña Lourdes entró en un supermercado. El lugar acababa de abrir las puertas y había poca gente. Olía a cajas desempaquetadas. Vagó un buen rato por los pasillos, paseando la mirada por los artículos expuestos sin detenerse en ellos. Las luces se esforzaban en dar calor al ambiente, pero no era fácil. Un muchacho diminuto que vestía el uniforme del establecimiento, de pelo ensortijado y cara de estar de paso en ese trabajo, se afanaba en colocar rápidamente unos botes de conserva. El pasillo era estrecho y Doña Lourdes tuvo que esquivar al empleado para poder llegar hasta la sección de frutas, al fondo del local. Examinó las diferentes variedades colocadas en sus respectivos envases plastificados: naranjas, ciruelas, peras, manzanas, chirimoyas… Reflexionó un instante y se inclinó por las manzanas. Le apetecieron, a pesar de su inapetencia general. Cogió un paquete que contenía cinco piezas. Las contó. Suficiente, se dijo. Se dirigió a continuación hasta los mostradores de embutidos y eligió un pequeño envase de lonchas de jamón cocido. Lo examinó. Suficiente también, se volvió a decir. Caminó hasta el corredor central y se detuvo, giró la cabeza en una dirección y en otra, y ratificó: es suficiente. Avanzó hasta una caja y, después de pagar, salió del supermercado. Afuera la actividad ya se advertía más dinámica, con su rumor habitual.

Sintió un frío interior fruto de los nervios. Observó la hora y decidió que tenía tiempo para tomarse un café que le infundiera ánimo. Ojeó su entorno inmediato buscando una cafetería pero no divisó ninguna. Siguió avanzando por las calles adyacentes, mientras evocaba el día del casual descubrimiento.

Aquella mañana se encontraba realizando la compra cotidiana. Tras adquirir los productos previstos de alimentación y de hogar, pasó por delante de esa bisutería en donde de vez en cuando gustaba de rebuscar modestos abalorios. De poco calado, sí,  pero a Doña Lourdes le encantaban. “Tal y como están las cosas con Nicolás, creo que merezco una pequeña recompensa”, se compadeció. Su marido no era dado a grandes dispendios en alhajas. Después del anillo de pedida, sólo hubo aquel juego de collar, pendientes y brazalete de brillantes como regalo de las bodas de plata que el año pasado celebraron por todo lo alto. En el interior del establecimiento estuvo un rato deleitándose con multitud de posibilidades, ojeando, probando, desechando, hasta que eligió un par de sortijas pomposas y unos pendientes de aros bañados en plata. Cuando abrió la cartera para pagar, advirtió que no llevaba suficiente efectivo. ¡Vaya, qué fastidio! No quería usar la tarjeta de crédito —pensó que sería mejor no dejar un rastro que suscitara más enfrentamientos con Nicolás— así que decidió buscar un cajero automático para conseguir dinero contante y sonante.

Dos esquinas más allá de la tienda encontró un cajero, precisamente del banco donde trabajaba su marido. Estupendo, se dijo Doña Lourdes. Llegó hasta él y solicitó la cantidad deseada, pero el monitor le mostró un mensaje que nunca antes había visto. Saldo insuficiente. Doña Lourdes elevó las cejas como gesto de sorpresa y murmuró: “Qué extraño que andemos tan mal de dinero… Utilizaré la tarjeta de la cuenta de reserva y esta tarde, en cuanto regrese a casa este hombre, hablaré seriamente con él para que me dé una explicación… Claro que con el ánimo que se gasta últimamente, va a ser difícil”. Esto rumiaba Doña Lourdes cuando el desconcierto se agrandó con creces al aparecer el saldo de esa cuenta que tenían para manejar los excedentes. Solían disponer en ella de una suma no demasiado alta así que, cuando leyó la cifra apuntada por la pantalla, le causó una mayúscula conmoción: era exorbitante, enorme. El corazón le empezó a latir con tremenda rapidez, miró a todas partes sin saber muy bien qué hacer. “Esto es imposible”, exclamó, “¿cómo puede haber una cantidad tan… tan…?”. No acertaba con el calificativo adecuado para hacerse idea de la magnitud de dinero que estaba observando. Olvidándose de la bisutería, se encaminó con impaciencia hacia su casa. Una vez allí, aguardó con ansiedad las horas que aún quedaban para la vuelta a casa de su marido. Durante la espera estuvo barajando recónditos motivos: desde los más positivos —nos habrá tocado la lotería y querrá darme una sorpresa— hasta algunos que del escalofrío que le entraba prefería que no aparecieran en su mente… pero, la verdad, cuando asociaba la inaudita fortuna atesorada con su agria conducta de las últimas semanas, sólo las razones maliciosas encajaban. ¡Ay, Dios mío!, suspiró. Al abrirse la puerta de entrada al piso, ella se encontraba sentada en una raída silla del recibidor y, sin preámbulos, le preguntó con claro tono exigente.

—Nicolás, ¿qué ha pasado? Necesito una aclaración. Así se explica tu  comportamiento, ¿verdad? Dime que no has hecho nada malo, por favor. Me lo vas a contar todo ahora mismo, desde el principio… ¡vamos, por Dios, empieza ya!

El hombre, algo aturdido pero sin sorprenderse demasiado, no contestó de inmediato. Doña Lourdes, levantándose con firmeza del asiento, le relató su hallazgo y cuando acabó se mantuvo en posición tensa a la espera de una respuesta esclarecedora. Por fin, su marido balbució:

—Lourdes, yo…Todo ha sido un lamentable error por mi parte: te pido que me perdones.

A trompicones fueron surgiendo las explicaciones ante la mirada inquisitiva de Doña Lourdes. Contó cómo había empezado a urdir la posibilidad de apropiarse de unos fondos que en el banco nunca sospecharían dónde habrían ido a parar porque eran excedentes de operaciones algo turbias que no se podían poner de nuevo en circulación. “Me enteré que existían por casualidad, te lo juro, Lourdes”, se justificó. Describió a su esposa su plan de apropiarse paulatinamente de esos capitales. En realidad, según su narración, ni siquiera los contables oficiales sabían de su existencia (Nicolás conocía muy bien los entresijos del banco y las triquiñuelas del sistema financiero, lo tenía todo bien calculado). Detalló cómo poco a poco su mente (su podrida mente, había añadido Doña Lourdes) lo fue enredando y cómo su avaricia, cada vez más ávida, le fue arrastrando hasta que la situación se hizo irreversible.

Doña Lourdes no reconocía a la persona que estaba relatando una especie de novela de intriga. Esa persona que en el trabajo nunca se quejaba y se dejaba hacer tantas malas pasadas, que por ello siempre pensó que acabaría amargado de por vida. “¡Y yo con él, claro!”, vaticinaba.

—Perdóname, por favor —rogaba Nicolás.

—¿Que te perdone, dices? No soy yo quien ha de perdonarte.

—Saldremos adelante, ya lo verás.

—¡Qué decepción, Dios mío! —Se lamentó Doña Lourdes alzando la voz—. Tantos años creyendo tener al lado a una persona honrada y, por qué no decirlo, un poco cándida a veces, para descubrir ahora a un marido mangante y ladrón de guante blanco.

Ante la insistencia de Doña Lourdes para que se entregara y devolviera lo estafado, él le explicó que era mejor no volver atrás, que seguramente no sería descubierto. Sin embargo, le confesó que en las últimas semanas la carga de culpabilidad se le estaba viniendo encima y ahora no se atrevía a tocar ese dinero. Durante diez minutos más se prolongó la acalorada discusión, entre acusaciones, justificaciones, promesas y amarguras, hasta que Doña Lourdes se derrumbó sobre la silla gritando: “¡Basta… basta, por favor!”. Ambos cayeron en un insoportable silencio. Doña Lourdes no sabía muy bien cómo actuar. Se debatía entre el enojo por el acto cometido y la compasión por el aparente arrepentimiento de su marido. Finalmente, sin decir nada más, se levantó y se marchó a su habitación, dejándole en pie con las manos sobre la cabeza como tan a menudo solía hacer en los últimos tiempos.

Por fin encontró una cafetería y entró en ella. Se sentó en una mesa discreta, en un rincón con vistas a la calle, y pidió un café bien caliente. Poco después el aroma penetraba por su nariz. Girando la cucharilla dentro de la taza humeante, elevó la cabeza y miró a través del ventanal perfilando un esbozo de sonrisa. Terminó y pagó al camarero. Echó un vistazo al reloj y se dijo que era hora de ir hacia la estación. En su camino se topó con la misma tienda de ropa en la que había estado hacía un rato, tan absorta con sus pensamientos que no se percató del interior. Esta vez curioseó lo expuesto. Se fijó en una preciosa chaqueta azul cobalto y se alegró. Además, el azul era su color preferido. “¿Por qué no?”, se animó. Y entró, eligió su talla, se la probó, se contempló, se gustó y se la quedó. Pagó, resopló y se despidió de la dependienta con afabilidad. Con su chaqueta reluciente dentro de la maleta que transportaba se encaminó, ahora sí, hacia la nueva estación de ferrocarril de largos recorridos.

Aun con un andar más vivo, los hechos le asaltaron otra vez.

Tras la confesión de su marido, Doña Lourdes se lamentaba en su alcoba: “¿Qué debería hacer yo ahora?”. No entendía cómo Nicolás había podido llegar a esos extremos. No tenían necesidades especiales ni fuertes gastos, eran austeros, y ni siquiera tenían hijos. En el desconsuelo del dormitorio se afligió por unos hijos con los que ella estuvo soñando largo tiempo. Anheló su compañía, sus cuidados, sus preocupaciones, pero su marido siempre había encontrado excusas: al principio, eran demasiado jóvenes, ¿para qué correr?; después, estaba muy involucrado en el trabajo, necesitaba centrarse en conseguir un puesto importante en el banco; pasados los años, le soltó: “Ya empezamos a ser un poco mayores para bebés, ¿no te parece?”. Doña Lourdes quiso empezar a llorar tumbada en la cama, pero no, ya no, se exigió a sí misma. Ordenó sus ideas, se calmó, y salió de la habitación para buscar junto a su marido una salida. Lo veía tan abatido… Recorriendo el pasillo, le oyó a lo lejos hablar por teléfono. Se detuvo para no interrumpirle, tal vez hablaba con alguien del banco para solucionar el problema. No obstante, no pudo evitar percibir un tono distendido y nada nervioso. Le extrañó y se acercó más. De soslayo pudo observar su cara. ¡Vaya! Esa cara no se correspondía con alguien que, según había revelado momentos antes, estaba hundido; esa cara estaba completamente relajada, incluso sonreía con nitidez. Aguzó el oído y escuchó a su marido preguntando por aquel descapotable que había probado el miércoles, añadiendo que le gustaba el de color rojo. A continuación, interrogó por el precio —muchísimo— y le oyó reírse mientras contestaba que por supuesto pagaría al contado… Y Doña Lourdes palideció.

“Sí, eso es, en primera clase”, solicitaba Doña Lourdes en el mostrador principal de la estación. “Compruebe que todo es correcto”, le rogó el empleado. Releyendo los datos impresos en el billete, pensó en la vida tan distinta que se abría ante ella, una verdadera vida, sin tapujos, sin promesas incumplidas. Tras reflexionar durante los días posteriores al descubrimiento del delito y la consiguiente confesión, la desvergonzada actitud de su marido le hizo tomar una valiente decisión. Simulando ante él comprensión y ternura, espero el día oportuno. Este surgió por fin cuando le dijo que, atendiendo a sus recomendaciones —encima recochineo, pensó Doña Lourdes después—, había pedido una semana de vacaciones y que, si ella se lo permitía, se marcharía solo… para meditar, se atrevió a decir. Casualmente, Doña Lourdes había espiado el día anterior una llamada en la que Nicolás recibió el aviso de entrega de su flamante deportivo por parte del concesionario.

A poco de despedirle en la puerta con ojos lastimeros y sabiendo que su marido portaba el dinero en metálico para el pago del vehículo, Doña Lourdes se apresuró a ir al banco. Allí pidió una transferencia de los enormes fondos de la cuenta —ella sabía que al ser de titularidad conjunta los podía obtener sin ningún problema— a otra cuenta exclusivamente suya que previamente había abierto. Tras pensar un instante la cifra a escribir en el formulario, finalmente optó por dejar a su querido Nicolás—para mantenimiento del capricho, ironizó— una cantidad modesta.

Lejos de allí estaría cuando, a la vuelta de esas “necesarias vacaciones” con su deportivo, descubriese la situación. Relajada pensó: “Es evidente que no me denunciará, por la cuenta que le trae”.

Con el tren ya en marcha y la ciudad quedando atrás, extrajo de la maleta las manzanas y el jamón cocido. Bien acomodada en su asiento de primera clase, Doña Lourdes rió abiertamente.

* * *

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s