El jadeante honor del 98

     No podía creer lo que me estabas contando, así que te pedí que parases y me lo repitieras de nuevo, desde el principio, más despacio, con más detalle y pensando bien lo que estabas intentando decir. Y te rebulliste en el sofá de mi despacho, suspirando, ajustándote la falda, con ese mohín tan característico tuyo de impaciencia. “¡Diego, por Dios, ayúdame, eres mi única esperanza ahora mismo!”, me rogaste con un ahogo que nunca antes te había notado. Yo, por mi parte, estaba realmente asustado. Nunca me habías sacado de la cama en plena noche —aunque me hubiera encantado, lo reconozco—, pero el motivo no era para dar saltos de alegría. ¿Qué leches te había sucedido? Me levanté de la silla, miré el reloj, calculé que aún debía faltar una hora para amanecer, llegué hasta el aparador y del interior extraje una botella de coñac. Cogí dos vasos de un estante y te ofrecí, pero rápidamente me negaste con la cabeza, así que me serví yo sólo. Mientras tomaba un sorbo, me fije en tu aire de niña amedrentada, ahí sentada con las dos piernas entrelazadas en el asiento como si estuvieras haciendo yoga, intentando contarme una historia de lo más extravagante.

Me elegiste a mí para la revelación, no como abogado de la familia —en realidad estaría mejor expresado como hijo del abogado de la familia, porque mi padre aún ejerce su autoridad en los asuntos complicados de tu enrevesada estirpe—, me elegiste como digo, habida cuenta de que solamente yo conozco a lo que te dedicas en tus, seamos irónicos, “ratos libres”. Bueno, también lo saben, claro, tus amigas de toda la vida, Gabriela y Loreto, o Afrodita y Casandra, sus nombres de guerra en el tinglado de acompañantes de lujo en el que las tres os metisteis diez años atrás. Tú, Cris, fuiste más comedida a la hora de bautizarte en tu particular cruzada contra el “decadente poder” de tu familia: Christine, era el apelativo que usabas para tus contactos profesionales. Todavía me sigo preguntando cómo demonios fuisteis capaces de entrar en ese mundo tan sórdido. Sí, ya sé, porque me lo has repetido muchas veces: que sólo os dedicáis al ambiente selecto, al de más alto nivel, al que da más dinero por menos repugnancia. ¿Dinero? Pero si no os hace falta, sobre todo a ti, Cris, hija de Juan Palomares, presidente de un emporio de más de cien empresas. Es como un juego, decíais vosotras. Un juego peligroso, os decía yo. Y os decía además que había que seleccionar bien a la clientela: no siempre un hombre de elevado rango es claro y limpio en sus pretensiones, es más, yo diría que todo el mundo esconde algo tenebroso y sucio en su interior, y quienes mejor lo disimulan precisamente son los de más alta alcurnia. Así trataba de sermonearos y así se iba a demostrar. Pero tú, asumiendo tu papel de líder del grupo, respondías —y tus amigas asentían— que no era para tanto, que los riesgos eran bajos porque vuestros clientes eran de los de toda la noche. Eso me argumentabas con frecuencia.

Con mis cerca de treinta años —era de edad similar a la tuya y a la de tus amigas— os veía con una cercanía y una confianza que vosotras sabíais (o al menos esperabais) que nunca traicionaría. Aunque debía reconocer que siempre pensé que este secreto me acarrearía algún día más de un problema serio. Y, en la paulatina angustia de mi despacho, viéndote sollozar sobre tu elegante atuendo, empecé a tener la sensación de estar aproximándome a ese día.

Continué entonces mis indagaciones. A ver, anoche quedaste a cenar con alguien importante. Te contactaron a través de tu agente —artístico le llamas tú, menuda eres— sin decirte quién era. Vale. Cenasteis y os fuisteis a un alejado hotel de la ciudad en su coche. Creíste que alguien os vigilaba,  pero no le diste importancia porque sucede a menudo que tus clientes —habitualmente potentados o influyentes— suelen llevar guardaespaldas, escoltas o algo parecido. No te importa mientras tu cliente no busque perversiones con ellos. No quiero imaginar el tipo de perversión en el que estabas pensando. Ya en la habitación, añadiste, él me amenazó… espera, muchacha, vamos con tranquilidad porque quiero entender bien la situación. Pero no pudiste continuar porque en ese instante sonó el teléfono fijo de mi mesa. Te estremeciste llevándote las manos a tu larga melena algo alborotada y me alarmaste. Con lo desapegada al miedo que tú eras, que te daba igual con quién te juntaras y lo que te pudiera pasar, ahora te percibía muy vulnerable.

¿Quién, no obstante, sabía o se podía figurar que yo me encontraba en el despacho a estas horas intempestivas? No me gustó. Había desconectado el móvil para que no me localizaran y llamaron al bufete. Muy raro. No, no me gustó nada. Aun así decidí contestar.

—¿Sí?… Hola, papá. —Vaya, mi padre y con tono jurídico, de esos que adopta cuando tienes que responder por imperativo legal como él mismo dice. Observé cómo tu rostro se desencajó al saber quién llamaba. Atendí la llamada con mi mejor diplomacia.

—¿Me has llamado a casa?… Ya, ya… Es que no podía dormir y me he venido al despacho para avanzar trabajo, eso es todo… No, no he visto a Cristina, ¿por qué?… ¿Que te ha llamado quién?… Ah, ¿su padre quiere saber con urgencia dónde está su hija? ¿A estas horas?… No sé dónde puede estar, no… Está bien, si la veo o sé de ella te llamo, no te preocupes. Adiós.

Ahora sí que te levantaste, tratando de sobrellevar la situación con tu estilo fino y pausado de niña bien, a servirte un trago de coñac. Con ambas manos cogiste la copa. Estabas encogida por la inquietud. Y yo ansioso por averiguar lo que te había llevado a tal estado.

Cálmate, te dije. No puedo, me respondiste. Inténtalo porque si no, no podré ayudarte, insistí. Vale, me repusiste lánguidamente para contentarme.

Bien. Me dijiste que llegasteis al hotel y subisteis a la habitación. Después me comentaste que ese hombre te sonaba de haberlo visto por televisión. ¿De qué, era presentador o actor? No recordabas bien, pero más bien era de los que salían en noticias o en debates o algo así. ¿Y en el hotel no lo reconocieron? ¿O es que era un habitual del lugar? Puede ser, dijiste con poco convencimiento. La verdad, añadiste, es que no hizo nada por ocultarse, ni al recepcionista se le notó que supiera quién era. No sería de extrañar, pensé, que probablemente ese tipo hubiera estado más veces y los empleados del hotel fueran profesionales discretos, teniendo en cuenta a qué solía ir.

Como un pariente pesado el timbre del teléfono retumbó de nuevo. Tu respingo esta vez fue tan clamoroso que tuve que llegar a tu lado y abrazarte porque parecía que ibas a explotar. Te solté para poder descolgar.

Es Gaby, te dije tapando el auricular, porque como sospechaba me indicaste con un clara seña que no le dijera que estabas aquí. Y así se lo hice saber a tu amiga porque fue lo primero que me preguntó. Te marchaste con tu copa al rincón más alejado, como si pretendieras que no se notara ni tu respiración por el hilo telefónico. Pregunté a Gaby por qué te buscaba y me contestó que mi padre acababa de llamarla para averiguar tu paradero. ¿Pero tú has hablado con Cris?, le requerí disimulando. Me dijo que no, y añadió que la forma de expresarse de mi padre la había asustado y por eso quería hablar conmigo. Me había llamado a casa y al no responder sólo se le ocurrió llamar al despacho. Le dije a Gaby, para que se tranquilizara, que si te veía se lo haría saber. Y colgué.

Empezaste a llorar histéricamente, agitando los brazos, agarrándote el cabello como si fueras a arrancarlo. Te sacudí los hombros con suavidad pero firmemente para que notaras la fuerza y volvieras en ti. Te pedí calma y sosiego, te animé a tener paciencia. “Ese hombre me amenazó de muerte, Diego”. Esa fue tu respuesta a mis ruegos.

Cuando te hice repetir de nuevo desde el principio tu relato embarullado porque necesitaba encajar bien los hechos (para eso mi condición de abogado), habías llegado hasta el momento de empezar el encuentro íntimo en el hotel. A ver, Cris, continuemos desde aquí: estáis ambos en la cama de la habitación. Asentiste. Antes me habías descrito al personaje y entonces de pronto me vino a la cabeza el rostro de ese hombre que por tu descripción sólo podía ser una persona. Te volví a preguntar para estar seguro. ¿A ver, Cris, es así su fisonomía: una calva frontal incipiente, pómulos agrietados, ojos embolsados, un cuerpo rechoncho y unas piernas arqueadas que al andar se tambalea de un lado a otro como si fuera un barco? Asentiste varias veces con temblor en tu mentón. Pues no puede ser otro, madre mía.

Veamos, dejando aparte lo que ese hombre puede representar, estabais en plena faena sexual cuando… Y tomaste la palabra con un discurso asustado, trémulo, acelerado. Tranquila, Cris. Ese hombre comenzó a jadear de forma estridente, con gritos agudos, pero sobre todo se puso a soltar frases casi a ritmo. Frases que al principio, dijiste, no hacías apenas caso, enfrascada en tu trabajo como estabas. Pero poco a poco te fueron chocando algunas de ellas. ¿Por ejemplo?, te pedí. Pues cosas como: “Será nuestra de nuevo”, “El esplendor brillará otra vez”, “Es pan comido”. Yo no era capaz de hilar ninguna idea coherente ni podía deducir que podría haberle llevado a amenazarte con contundencia, como ya habías dejado claro. Sigue, te rogué con ansia. Me explicaste entonces que el escándalo de bufidos se hacía cada vez mayor y que comenzaste a fijarte mejor en lo que decía entre chillido y chillido. ¡Ring, ring! El afilado tono telefónico volvió a paralizar tu historia. ¡Será posible! No lo cojas, por favor, me suplicaste. Dudé, pero al final lo cogí. Empezaba a amanecer y parecía estar todo el mundo en vela. ¡Demonios!

Esta vez era Loreto: el tercer componente del trío de amigas. Ni siquiera reparé en tus indicaciones negando tu presencia, porque directamente tu amiga me provocó un desasosiego que me heló la piel. Me comentó que hacía apenas diez minutos —estaba durmiendo, por lo que el sobresalto fue mayúsculo, apostilló— había recibido la llamada de un tipo raro que le ordenó imperiosamente que le indicase el lugar donde te encontrabas. Nerviosísima, al borde del llanto, Loreto pudo añadir que, cuando le dio una respuesta negativa, el sujeto le advirtió con una voz ronca y desagradable que debía encontrarte como fuera e informarle de inmediato, o tendría problemas gordos, verdaderamente gordos. Le pregunté si se había identificado de alguna forma y la chica sólo acertó a decir que le pareció que entre sus varias amenazas habló de los servicios secretos. ¿Servicios secretos? ¿El CSID? ¡No sé, Diego, no sé, estoy asustadísima!, repusiste con zozobra creyendo que te estaba preguntando a ti. Rápidamente pensé que no era nada conveniente decirle a tu amiga que estabas a mi lado, a pesar de las amenazas del extraño sujeto, pero sin saber muy bien qué decir porque la lucidez empezaba a no ser un rasgo válido de mi actual estado mental. Así que le dije que en cuanto tuviera una idea más clara, la llamaría. No se tranquilizó, pero pude despedirla.

Dirigí de nuevo mi mirada hacia ti y comprobé que te habías servido una nueva copa. Sé que aguantas bastante con la bebida, pero me propuse controlarte para que no te diera por dormirte o algo parecido. Termina, por favor, de contar lo sucedido, Cris, te solicité. En poco tiempo empezaría a llegar el personal del bufete y había que sacarte de aquí.

Como te decía antes, seguiste con algo más de sosiego —quizás debido al coñac—, me fijé con más detenimiento en las frases de ese hombre cada vez que aullaba. Y esta vez te lo puedo decir casi literalmente lo que señaló. “Los americanos y nosotros, los españoles, ocuparemos la isla por fin”. ¿Qué isla?, dije. “Recuperaremos el honor del imperio anterior al desastre del 98”. ¿Qué imperio? “Nuestros barcos ya están en camino”. ¿Barcos? Recordé en ese instante que tras la invasión de Iraq, los americanos habían comenzado a hacer maniobras descaradas en el Caribe. “Formaremos de nuevo parte de la gran Historia”. Ese hombre estaba loco, fue mi razonamiento. Es cierto que se estaban escuchando en los medios políticos rumores de posibles incursiones por la fuerza en Cuba, aprovechando los grandes resultados en Iraq, pero la Unión Europea se desvinculaba por completo de cualquier acción en ese sentido. “Los hidalgos españoles entraremos en La Habana de nuevo”, dijiste que terminó desvelando cuando llegó al final de su acto.

¿Cris, Cris,… qué me estás contando?

Continuaste, porque ahí no había acabado la historia. El hombre —ahora estaba ya seguro de qué personaje era: joder, un ministro nada menos y qué ministro— quedó un instante como enajenado, expusiste. Supongo que era normal al acabar la relación, pensé. Enseguida deseché el pensamiento por inoportuno. De súbito, continuaste explicando, se levantó de la cama como un ágil resorte a pesar de su voluminoso cuerpo,  y se lió a dar vueltas por la habitación, desnudo, moviendo las carnes a compás, con el rostro desencajado. Te diste cuenta de que algo no iba bien. De forma aturullada, te hizo una pregunta tras otra, sin dejarte contestar: ¿Christine, dime qué he dicho? ¿Qué has oído? ¿Qué has entendido? Tú te limitaste a responder con un hilo de voz que no habías oído nada, que no sabías a qué se refería, que estabas concentrada en…

Pero el gran hombre no te creyó y te presionó. Se había dado cuenta de que, dejándose ir por la pasión del momento, había comentado altos secretos de Estado. Secretos, además —intenté en mis adentros formarme una idea razonable de lo expresado por el depravado ministro, perfectamente catalogado en los medios como ultraconservador y muy criticado por sus elocuentes visiones de la recuperación de una España grandiosa y esplendorosa, como solía decir en tantos debates como aparecía—, que si salieran a la luz se podría montar un espectacular lío político de incalculables consecuencias. Asentiste. El caso es que finalmente tuviste que reconocerle que habías entendido más o menos sus expresiones entrecortadas, aunque replicaste que no eran asunto tuyo. Pero no le sirvió porque poniéndose serio, muy serio, te dijo seca y profundamente que lo que habías escuchado era de una vital importancia para el Estado, que él era uno de los ministros con mayor cercanía al presidente —ni más ni menos que el de Defensa, amigo personal del jefe de Gobierno— y que, por tanto, debías guardar absoluto silencio hasta que acaecieran los hechos. Y por fin llegó la amenaza vital: “Si te vas de la lengua —dijiste que usó esta expresión mafiosa, mientras te agarraba de un brazo con inusitada fuerza— lo sentirás de veras, tengo poder para hacerte callar… y para siempre si fuera necesario”.

Lo siguiente que me narraste, y esto sí que me dejó perplejo, fue que en aquel tenso momento tu pensamiento giró en torno a tener que impedir lo que el Gobierno estaba tramando, la invasión de Cuba y todo eso, a espaldas de la población. Así me lo argumentaste. Te dije que eso era una inconsciencia, que a qué venía pensar en heroicidades. Lo último que me relataste fue el colmo de la temeridad. Cuando se introdujo en el baño, para… lo que fuera, te vestiste a toda velocidad y saliste corriendo de la habitación y del hotel, aprovechando que el ministro supuso seguramente que estarías tan aterrorizada que no moverías un músculo.

Y, para más inri, sólo se te ocurrió llamarme para soltarme tamañas locuras. ¿Y ahora qué, Cris? ¿Me lo puedes decir? No sé, no sé, balbuceabas entre sollozos, lo siento, sólo sabía que tenía que hacer algo, hay que dar la noticia, ¿no crees? Te sostuve la cabeza para que me miraras y poder decirte: “Cris, tú sabes que yo por ti haría…”. No pude terminar la frase porque un estruendoso golpe en la puerta principal del bufete sonó como un trueno. Nada bueno podía ser, pensé rápidamente. ¡Escóndete en el cuarto de la limpieza, corre! Y fui a abrir con un temor palpable. ¡La leche! ¡Juan Palomares, el padre de Cris!

La conversación fue tensa, muy tensa.

—¿Dónde está mi hija, Diego? ¿Dónde? —entró como un rinoceronte herido hasta el despacho de mi padre.

—No sé. ¿Por qué? ¿Le ha ocurrido algo?

—No te hagas el inocente. Estoy seguro que tú sabes dónde está.

—Acabo de llegar al bufete y de verdad que no tengo…

—He pasado por tu casa y tu asistenta me ha dicho no estabas en la casa y que no sabía dónde podías haber ido. Pensé que podías haber venido a lo mejor al bufete y, mira tú por dónde, aquí te encuentro. No sé que haces aquí a estas horas.

—Tengo trabajo atrasado y quería avanzarlo porque luego se me…

—Déjalo. Escucha, Diego, te voy a hablar con toda claridad. Mi hija se ha metido en un follón importante.

—¿Es grave?

—Grave, no, gravísimo. A nivel de Estado, ¿me entiendes?

—No, no mucho.

—No te hagas el ingenuo conmigo, que te conozco desde que eras bebé. Sé que sabes de mi hija mucho más de lo que dices.

—Yo no, señor, en serio.

—¡Calla y escucha! He recibido una llamada esta misma noche, en plena madrugada, del subsecretario de Defensa, mano derecha del Ministro y buen amigo mío, por cierto. Y me ha contado una historia que he estado a punto de sufrir un ataque cerebral.

—¿Tan fuerte ha sido lo que le ha contado?

—¡No me cortes, haz el favor! Sí, demasiado fuerte. Mi hija se ha enterado de un secreto de Estado que encima parece que tiene la desfachatez de pretender contarlo. Es un secreto sumamente confidencial y que pondría en peligro muchos cimientos de la política actual mundial, ¿entiendes?

—No, señor.

—Normal, a ti estas cosas de la verdadera política nunca te han interesado, a diferencia de a tu padre. Pero lo que ha sido un auténtico disparo en lo más profundo de mi alma ha sido enterarme del modo en que mi hija ha conseguido la información. Es una… ¡Dios bendito! ¿Cómo ha podido caer tan bajo? Una furcia en mi familia. Es un escándalo que debo solucionar cuanto antes. Aunque lo primero es arreglar el tema político. Así que ya me estás diciendo dónde está.

—Le repito que no tengo ni idea.

—Yo sé que lo sabes, porque tú andas detrás de mi hija. ¿Qué crees que no lo sabía? No pongas esa cara de despistado.

—Yo…

—Está bien. Me voy al Ministerio ahora mismo a intentar apaciguar los ánimos, porque sé que los “secretas” andan detrás de Cris. Tú, por tu parte, encuéntrala y házmelo saber de inmediato o te juro que las consecuencias van a ser difíciles de olvidar para ti.

Y diciendo esto se dirigió a la puerta de entrada, dio un portazo enorme y se marchó. Lancé un fuerte suspiro de alivio al darme cuenta de que no se le ocurrió registrar el bufete. Hubiera sido catastrófico. Era un hombre peligroso. Lo sabía por sus turbios negocios con altos dirigentes políticos. Mi padre le llevaba personalmente esos asuntos. A mi ni me dejaba husmear lo más mínimo.

Saliste, Cris, de tu escondrijo al comprobar que tu padre se había ido. Lo habías oído todo perfectamente. No te salía sonido alguno de tu garganta, tu mirada clavada en mis ojos era digna de una pintura negra de Goya, oscura, desgarrada, sobrecogida. Te abracé todo lo fuerte que pude y tú te aferraste a mi cuerpo como el que se agarra al socorrista cuando te arrastra fuera del agua. Cuando por fin dominaste la congoja dijiste que tenías que huir, que no te fiabas de tu padre, que una vez descubierta tu doble vida nada te retenía aquí y que tenías mucho, mucho miedo. Gracias por escucharme, terminaste por decirme. Me quedé ligeramente bloqueado. Siempre había soñado con tenerte que salvar de alguna situación escandalosa —de hecho la preveía—, pero desde luego no como consecuencia de las barbaridades que tú, mi pequeña Cris, habías tenido la fatalidad de escuchar por estar en el lugar menos apropiado. Finalmente, me sobrepuse y te dije: “Cariño, no estás sola en esto. Nos iremos juntos, ahora mismo. Mira, cogeré suficiente dinero de la caja fuerte del bufete y nos iremos en mi coche a Puerto Banús. Espero que podamos sortear a mercenarios del ministro. Allí dispongo de una pequeña embarcación con la que intentaremos cruzar el estrecho y desde allí poner en conocimiento de la prensa mundial las pretensiones del Gobierno Español, aunque dudo mucho que nos crean”. Parece que esto último no te importó demasiado pues tu rostro reflejó, por primera vez en toda la noche, un atisbo de alegría.

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