El nombramiento

     Era el mejor café del día. Ese café que, tal vez por su calor, o quizá por su intensidad, o a lo mejor por esa neblina que obliga a entrecerrar los párpados, le ofrecía un momento de placidez antes de afrontar sus habituales “comeduras” de coco. Miguel, siempre atento, se lo dejaba en la mesa del despacho (ya lo tenía preparado a la hora exacta porque su jefa era muy puntual) en cuanto la veía aparecer por el fondo del corredor. Concentrada en el movimiento de la cucharilla solía decir: “a partir de aquí todo es empeorar”. Empeoraba por esa meticulosidad suya que apabullaba a sus subordinados, por las constantes diferencias de criterio con los colegas, por la endémica mala gestión de la institución y por un efecto “bola de nieve” de los problemas que se va acrecentando durante la jornada. En los últimos tiempos se achacaba a sí misma que su recorrido profesional se encontraba estancado y todo lo veía negativo. Sin embargo, mientras absorbía con pulcritud el café, se dijo: “Pero hoy ha de ser mi día, mi punto de inflexión, un vuelco en mi horizonte vital”.

En la quietud de su escritorio recordaba cómo había empezado a estudiar concienzudamente las posibilidades desde que, en una conversación de pasillo —ya en ese momento, comenzó a diseñar sus estrategias—, supo de la pretensión de cubrir un nuevo cargo de alta dirección. Cuando más adelante se anunció de forma oficial la lista de preseleccionados —nada menos que catorce—, evidentemente no le sorprendió estar incluida. Sentía que su opción era clara: quería el puesto. Con la vista trató de buscar en el aire ese futuro e imaginó el cambio profesional, o mejor, cómo ese cambio, al reactivar su carrera, reforzaría además su realización personal —así lo fundamentaba: como si fuera un diagnóstico—. Antes de ayer atravesó la barrera de los cuarenta. ¡Qué bonito regalo de cumpleaños sería! Porque si no, vaya recuerdo más nefasto para toda la vida. ¡Optimismo, por favor!, se alentó, y apurando la taza se puso en pie como el general cuando da la orden de batalla.

Empezó a deambular por el despacho y a examinar las ventajas del nuevo cometido. Era una excelente oportunidad para acceder a mayores conocimientos, para aumentar sus contactos, y también, por qué no, para introducirse en las labores de gestión. ¡Buf, qué vértigo me da ese panorama!, exclamó apoyándose con las dos manos en una de las paredes cual muro de las lamentaciones. En esa posición recordó cuántas noches en vela había pasado en las últimas semanas evaluando sus aptitudes para la gerencia… y cuántas reprimendas de Germán, su marido, que no es que no apoyase la decisión de optar por el cambio, pero le aconsejaba: “Razónalo con calma y sensatez, cariño, desde lo más profundo de tu sensibilidad”. Ella meditaba y meditaba —no hacía otra cosa— y de vez en cuando observaba a sus gemelos de 8 años cuyas tiernas miradas parecían expresarle: “Mamá, piensa también en nosotros, te queremos”.

Suponía que muchos de los candidatos sólo ambicionaban la dirección, el privilegio de mandar. No, yo no, remarcaba. “El colectivo ha de funcionar como un conjunto sólido —argumentaba con solemnidad— ha de definir claramente qué se quiere y cómo se quiere, hacia un objetivo único: la buena práctica y la asistencia impecable”. Además, decía tener (no sin ciertos aires de superioridad) las mejores ideas para conseguir tales metas; ideas que expuso abiertamente a la dirección en las entrevistas que hubo de realizar para la criba de seleccionados. Con rotundidad levantó un brazo para reforzar sus tesis y se dio cuenta de que, aun en voz baja, estaba gesticulando como si del discurso de toma de posesión se tratara.

Enfrascada en este espontáneo ensayo, sonó el interfono. Era Miguel, claro. Qué gran muchacho. Nunca había tenido un asistente tan eficiente, atento e inteligente, sin mencionar esa planta tan imponente. Si ganaba el puesto, se aseguraría de seguir manteniéndolo a su lado, siempre que el director no le impusiera —por compromisos obviamente— a otro auxiliar. No obstante, sentía que el apoyo explícito a su candidatura (¡Ánimo, doctora, que el puesto es suyo!) debía premiarlo con lealtad.

—Dime, Miguel.

—Doctora Salazar, ya están en espera las consultas de hoy. En cinco minutos, comienzo a pasárselas.

De repente, recordó que los martes y los jueves le tocaban a ella las consultas del departamento (otros jefes de departamento no pasaban consulta, pero ella siempre quiso hacerlo) y hoy era jueves. Tan abstraída estaba con sus divagaciones y sus nervios que lo había olvidado completamente. ¡Porque estoy nerviosa, no lo voy a negar!, exclamó esta vez en voz alta, tratando de doblegar su excitación. A última hora de la mañana, su destino podía ser radicalmente diferente, pero antes debía atender a sus pacientes. Pacientes que, por otra parte, presentaban siempre una sintomatología delicada, porque todo lo relativo al cerebro era emocionalmente problemático. La neurocirugía era una disciplina compleja, pero la eligió por una patente voluntad de “reparar cabezas ajenas” (le hacía gracia la ocurrencia), eso sí, de personas en activo y no de vidas ya extintas —con estas mismas palabras se expresó a su padre, médico forense del Tribunal Superior de Madrid, que entendió perfectamente que el carácter de su hija no se acoplaría a diseccionar muertos—. Bien es cierto que tampoco la presionó: debía elegir su propio camino. Con estos recuerdos de sus comienzos se percató de pronto que cuando fuera directora adjunta del Hospital no podría pasar consultas, ni examinar historiales, ni hablar con los pacientes para transmitirles la entereza que necesitan, ni… ¡Doctora, vuelva a la realidad!, se recriminó.

**

Regina se había levantado temprano porque proseguía ese malestar general con el que se había acostado. No pudo además conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada. Tenía cita con la doctora Salazar y esperaba que le ofreciese algún tipo de remedio o tratamiento que pudiese mejorar su lastimoso aspecto derivado de esa incesante molestia en la cabeza. Era como soportar miles de finos aguijones repartidos por todo el cuero cabelludo. Su entorno familiar empezó a advertir que no estaba bien. Su hijo y su nuera le aconsejaban con insistencia: mamá, estás empeorando demasiado, has de ver a un médico para que te solucione el problema; y hasta sus nietos se lo recalcaban, sobre todo el más mayorcito, el de catorce años: abuela, no te sientes bien, ¿verdad? Ella creía, no obstante, que todo provenía de su soledad, nada más. Viuda desde hacía año y medio, seguía convencida de que aún tardaría tiempo en recobrar la energía que le permitiera volver a ser una persona dedicada por entero a vivir de nuevo su propia vida. Se vistió convenientemente para la visita y salió de la casa con recelo, como si presintiera que el día no iba a ser agradable… Ya en la sala de espera del Hospital, aguardaba a oír su nombre. Recordaba su primera visita, la doctora fue muy amable y afectuosa. A la vista de los síntomas que observó, ordenó la pertinente analítica de sangre y de orina, y le recetó unas píldoras que, según le comentó, podrían reducir su malestar. Le agradó su voz y su tono complaciente. Por eso salió de la consulta con gran confianza. Pero hoy, sentada con tensión en una incómoda silla de plástico, pensó en las posibles consecuencias negativas de los resultados y se vino abajo, escondiendo su cara entre las manos. En el ambiente de un hospital uno siempre es proclive a intuir que algo no marcha como debe.

**

La doctora Salazar leía en la pantalla del monitor las cifras y los datos de la primera paciente del día, Regina era su nombre, pero enseguida notó que no se concentraba como debía: el nombramiento la ensimismaba. Continuaba con sus “comeduras” de coco, dando vueltas ahora a las posibilidades de sus contrincantes: la doctora Tudela y el doctor Cifuentes. Los tres formaban la terna de candidatos finalistas seleccionados por la dirección —¿realmente somos los más idóneos?, se preguntaba—. Uno de ellos sería hoy el elegido. Veamos: Elena era muy competente y rigurosa, oncóloga de prestigio a pesar de su edad —era algo más joven que ella— y se habían hecho buenas amigas en los últimos meses (quizá influyó la necesidad de una mayor relación por este asunto del nombramiento, no sabía), pero era de suponer que su mayor veteranía sería valorada con creces a su favor. Por otro lado, Cifuentes… bueno, Cifuentes estaba en la terna por lo que estaba —no nos vamos a engañar—. Todo el mundo en el Centro lo proclamaba y él tampoco lo negaba. No hay designación sin tráfico de influencias, decían los más murmuradores. Era sobrino del reputado cirujano cardiovascular Ramírez de Aguilar, nada menos, que era íntimo amigo del director del Hospital. Joven y ambicioso, buen traumatólogo, pero con una rigidez de miras impropia de alguien que, de ocupar el cargo en disputa, sería por lógica el sucesor del director. No obstante, también decían las lenguas perversas que aún no era el momento de concederle un puesto directivo tan elevado a este treintañero, pero que era conveniente que se fogueara en estas lides. Con estas disquisiciones, sacudió frenéticamente la cabeza, como hacen los dibujos animados para volver a ser conscientes de la realidad. Vaya día para atender consultas, se dijo, cómo no he previsto traspasarlas a uno de mis médicos ayudantes. Y se obligó a fijar la atención en el historial de la paciente.

Al poco rato sonó el interfono otra vez.

—Voy a hacer pasar a la primera cita.

—Perfecto, Miguel.

Miguel se asomó a la sala de espera y voceó: Regina Solares. Absorta en sus funestos pensamientos, Regina se sobresaltó, se levantó y acudió, con flojedad y cierta resistencia —igual que un niño cuando se encamina a recibir una regañina— hasta la antesala donde Miguel la esperaba. Con delicadeza la invitó a pasar y la acompañó hasta el despacho de la doctora.

—Buenos días, Regina. —Se puso en pie y le indicó que tomara asiento— ¿Cómo se encuentra?

—No se puede decir que sea el mejor momento de mi vida, doctora.

—Bueno, no se preocupe, vamos a aclarar qué le ocurre, ¿de acuerdo? De momento, acomódese, vamos a tomarle la tensión. Miguel, por favor.

—Enseguida, doctora.

Regina extendió su brazo derecho y el asistente procedió. Continuaba muy inquieta y, por momentos, sobrecogida. Se fijó en el rostro de la doctora y no le gustó su expresión. Recordó su imagen esperanzada de la primera consulta y notó una clara diferencia. Cuando dispuso de los datos indicados por Miguel, la doctora Salazar le comunicó que había estado revisando los resultados de los análisis y le preguntó si las pastillas que le recomendó habían tenido algún efecto positivo, pero Regina lo negó: no había notado ninguna variación y volvió a describirle todos los malestares que padecía, como hizo en la anterior visita. Entonces la doctora le pidió que esperase un momento, que enseguida volvería a estar con ella. Tomó los informes y salió del despacho por una puerta lateral que daba a una sala de revisiones haciendo una señal a Miguel para que la siguiera. Regina se quedó sola y sintió una alarma atroz.

**

En la salita adyacente, la doctora comentó con Miguel algunas de sus conjeturas: los síntomas me intranquilizan, dijo, esos dolores agudos tan persistentes y este cuadro hematológico —le señalaba algunos parámetros de la analítica torciendo el gesto— inducen a pensar en algo de índole seria. ¿Qué hacemos entonces, doctora? Hay que realizar pruebas exhaustivas aquí en el Hospital, ya te señalaré las que quiero, incluso habrá que internarla todo lo que sea indispensable: no hay tiempo que perder. La doctora Salazar quedó en actitud reflexiva y Miguel la observó expectante.

—La cuestión es proceder con cautela —retomó su disertación con actitud valiente—, tengo que decírselo de forma que no se asuste más de lo preciso, porque no hay motivo para alterarse innecesariamente.

El ayudante asintió.

—Dar la cara es el principal deber de un médico, ¿no crees? Por eso me hice cirujano, Miguel, para estar cerca de los pacientes y ganar su confianza… las tareas de gestión son para otros.

Con semblante inquieto pero dejando asomar su acostumbrada frialdad, permaneció abstraída unos instantes repasando las argumentaciones que durante todo el tiempo de la selección había estado sopesando. Miguel profesaba una indudable adhesión a su jefa, hiciera lo que hiciera, y así se lo hizo saber. Gracias, muchacho. Con una brusca unión de las manos entrelazando los dedos —de esa forma solía exteriorizar la toma de sus grandes y difíciles decisiones— concluyó con firmeza:

—En fin, tengo una paciente que me está esperando y a la que no puedo defraudar. Así que vamos allá.

**

Regina vio aparecer de nuevo a la doctora Salazar con su ayudante a la espalda. Con la vista la siguió apesadumbrada hasta que se sentó tras su mesa, pero cuando la miró de frente, advirtió en ella una transformación. Ahora desprendía dulzura, los ojos se notaban húmedos, e incluso se le dibujaba una perceptible sonrisa. Regina, que se figuraba que iba a escuchar de labios de su doctora una comunicación grave, sintió un aliento reconfortante y se tranquilizó.

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