La cara oculta de la Luna

     Un pensamiento con la vista puesta en el horizonte del mar fluye siempre de forma más natural, con mayor sinceridad.

 …si un hombre dedica toda una vida de arduo trabajo a creer que cada paso dado, cada esfuerzo realizado, cada logro conseguido han sido por el bien de la colectividad, de igual modo ha de creer que esa misma colectividad, compuesta por hombres generosos que han dedicado toda su vida a la penosa labor de dar pasos, realizar esfuerzos y conseguir logros por el bien del resto, tendrá en algún momento que recompensarle convenientemente…

Semejantes razonamientos alimentaban el desaliento de Matheus que no veía recompensas por ningún lado. Era un hombre de pose desaliñada, ligeramente encorvado y curiosas manos grandes con forma prensil. Apreciaba el encanto de la bahía en las primeras horas de la tarde caminando por el paseo que bordea todo su contorno. Apoyado en el pretil, le alcanzaba la discreta fragancia del salitre húmedo, mientras rememoraba al adolescente impetuoso que, a veces solo, a veces con amigos, definía sus ambiciones correteando por la ronda. Ahora recién entrado en la cincuentena, acostumbraba a examinar en qué se habían convertido aquellas ambiciones.

Había regresado el día anterior de su último viaje y deambulaba tratando de olvidar su trabajo deplorable. Lo hacía por norma durante los días de descanso —tres o cuatro solían ser— hasta que partía en una nueva expedición. Iba despojado del uniforme laboral el cual, al regresar a Tierra, siempre acababa deformado y repulsivo —como el ánimo, se repetía muy a menudo—. Afortunadamente, estrenaba uno nuevo al principio de cada trayecto porque devolver los ropajes a un estado digno para ser usados en el siguiente servicio era misión imposible. Sin embargo, le viene a la cabeza aquella ocasión, cuatro años atrás, cuando debido a problemas en la distribución de los trajes fueron obligados a utilizar el mismo atuendo durante tres travesías seguidas: fue angustioso soportar la suciedad acumulada en la vestimenta, amén de las mercancías que habían de cargar a la espalda.

— ¡Hey, qué alegría verte de nuevo!

Matheus escuchó una voz familiar. Una voz que, en realidad, no deseaba escuchar porque era esa voz insistente que durante las últimas semanas retumbaba en su cerebro como los tambores de antiguas tribus selváticas. Al notar un tamborileo en su brazo derecho, no tuvo más remedio que darse por enterado y se giró de manera desdeñosa. Descubrió, sin sorpresa, el pelo rojizo y enmarañado de ese chaval —sí, ese chaval otra vez, qué suplicio— que lo perseguía y lo atosigaba. El muchacho, Raster se llamaba, era vivaracho, frágil y olía a loción de afeitado. Sus quince años le proporcionaban un especial brillo en el rostro que proyectaba la inocencia propia de la edad. Acosaba a Matheus para que le hablase de sus viajes, para que le narrase historias, para que le describiese las maravillas del mundo exterior. Al principio, Matheus no dio importancia al interés del chaval, porque pensaba que un mozo transportista como él no podía ser la persona adecuada para satisfacer tales curiosidades. Por ese motivo le contestaba con vaguedades, imaginando que sólo era una chiquillada sin más trascendencia. Pero a Raster las respuestas le parecían siempre insuficientes y en cuanto tenía oportunidad volvía a la carga con sus preguntas: era obstinado. Al cabo de un tiempo, la insistencia empezó a resultar pesada para Matheus. Muchos de esos días de receso, o bien se lo encontraba apostado en cualquier lugar esperando su paso como si fuera una estatua, o bien lo abordaba por sorpresa como un buque pirata.

—A ver, ¿qué narices quieres saber hoy? —Soltó al muchacho utilizando su habitual tono deliberadamente descortés—. No estoy de muy buen humor, sabes.

—Esta tarde no hay clases en la escuela y, como te he visto aquí ocioso, sin hacer nada, he pensado charlar un rato sobre tu último viaje. ¿Puedes?… Sí, ¿verdad?

El chaval era un auténtico embaucador. Sin dejar responder a Matheus que se mantenía apoyado en la barandilla, culebreó igual que una lagartija para acomodarse a su lado adoptando una postura similar. Poco duró porque irguiéndose de nuevo sugirió, nervioso y excitado, la posibilidad de charlar mientras andaban, si eso le parecía mejor… o también podían tomar algún refresco mientras conversaban y después pasear, o podían igualmente… en ese instante una mano firme le obstruyó con energía los labios impidiendo que siguiera proponiendo alternativas para el interrogatorio: Matheus se estaba irritando. Había ocasiones en que si podía, trataba de escabullirse del muchacho cuando percibía su presencia, pero el desmedido afán de Raster siempre lograba encontrarle en poco tiempo y Matheus tenía que transigir.

—Vale, está bien, caminemos —se avino mientras alzaba la vista con resignación hacia ese mar que parecía orgulloso de actuar como carabina.

Raster se envaneció, mientras Matheus cavilaba sobre cómo poner término a tanta obcecación.

**

Las charlas seguían siempre un mismo patrón. Primero, el lanzamiento, el despegue vertical: ¿cómo es? —Preguntaba Raster con ansia—. Debe ser algo brutal —se respondía a sí mismo impaciente y continuaba—, aunque según parece apenas se siente porque las lanzaderas modernas son muy suaves al dejar la Tierra y atravesar la atmósfera, ¿a qué sí?…  y, ¿cómo se ve el planeta desde la altura orbital? —Se emocionaba como si estuviera en una feria de atracciones—. No se ve tan pequeño como he leído, ¿verdad?

Y así durante un buen rato, hasta que Matheus conseguía meter baza en tan alocado monólogo. Cuando por fin le permitía hablar (Raster quedaba entonces expectante con la boca entreabierta) era para reiterarle por enésima vez que su trabajo no le permitía disfrutar de los paisajes, ni reparar en la ligereza del despegue (Raster fijaba su atención como un búho), ni siquiera saber cuándo dejaban atrás la atmósfera terrestre. Hasta la saciedad le había señalado que él sólo era un transportista de carga para vuelos lunares (Raster asentía a la vez que levantaba las cejas), y su función consistía en llevar mercancías de la Tierra a la Luna y viceversa. Trataba de hacerle entender que una vez acomodada la mercancía (A Raster no le interesaba mucho esta parte de la historia) tanto él como sus compañeros debían acoplarse en sus compartimentos de viaje, lugares cerrados sin escotillas que no permitían disfrutar de ningún tipo de vistas exteriores. Así se lo contaba, pero el chaval quería conocer sensaciones, como si del antiguo circo se tratara, e insistía: en las cabinas de pasajeros hay ventanillas y miradores, ¿habrás podido observar el exterior desde ahí, no es así? ¡No, no es así! —Se enfurecía Matheus—, no nos es posible, tenemos que vigilar las bodegas para que no entre nadie, ¿comprendes? Todo ha de mantenerse en orden y bien colocado, así que no podemos dedicarnos a contemplar ningún es-pec-tá-cu-lo… Y silabeaba la última palabra con exasperación.

**

Matheus tenía sus motivos para actuar tan desconsideradamente con un chaval que, aunque ingenuo, tenía ideas claras. Dos semanas atrás, se había dado cuenta de que Raster no sólo deseaba fantasear. Según le comentó, quería hacer realidad lo antes posible su sueño. ¿Qué sueño?, quiso saber Matheus. Con perplejidad le respondió el muchacho que cuál iba a ser: pues conocer personalmente las maravillas que él ya había contemplado en tantas y tantas ocasiones. Bonito sueño, ironizó Matheus colocándole una mano en el hombro, pero no deja de ser un sueño. ¡No, qué va, es realidad!, le replicó Raster con ímpetu, para a continuación explicar que en cuanto terminase la escuela —aclaró que sólo le faltaba un año—, se presentaría a los cursos de preparación para incorporarse a la Compañía de Transportes y realizar un trabajo igual. ¿Pero qué demonios dices, tú estás loco?, le recriminó con virulencia. Pero Raster se recluía en su nube y se mostraba impasible. Desde entonces, Matheus, ante la insoportable certeza de ver al muchacho dedicado al denigrante empleo que durante tantos años había supuesto su destrucción como persona, se negó con mayor rotundidad cada vez a satisfacer su curiosidad, dedicándose a quitarle de la cabeza lo que él llamaba “sueño”.

—¿Quién te ha imbuido semejante disparate?… Mira, no me pidas a mí que conteste a tus desvaríos, ve a jugar con tus amigos… ¡anda! —Profería sin compasión.

Intentaba por todos lo medios poner fin a la conversación antes de empezar, pero terminaba accediendo a sus pretensiones. Tampoco quería ser excesivamente despiadado con él; eso sí, sin facilitarle respuestas apasionantes. En el fondo admiraba su persistencia.

**

La charla patrón continuaba así. Tras interrogar con profusión sobre los aspectos del viaje, el inmutable Raster indagaba sobre cómo eran los espléndidos lugares lunares.

— ¿Y en la Luna? —Llegaba a su tema favorito—. He leído mucho sobre las bases allí construidas. Parecen fantásticas y recrean paisajes con vistas impresionantes. ¿A qué sí?…  ¡Qué ganas tengo de verlo!

Matheus le aseguraba que, una vez atracados en el puerto lunar, tenían que apresurarse en descargar los contenedores de mercancías. Junto con los operarios de la Terminal Ferroviaria distribuían la carga en trenes que de inmediato habían de partir, en diferentes direcciones, hacia las ciudades repartidas por la superficie colonizada (los pasajeros que hacían la ruta lunar eran principalmente científicos, hombres de negocios, parejas en lujoso viaje de placer y algunas familias que, subvencionadas por el Gobierno Terrestre, trasladaban su residencia durante una temporada). Disponían de muy poco tiempo para el transvase, así que no podían dedicarse a “apreciar” el paisaje, le indicaba con ironía; además, la zona del puerto era totalmente agreste y anodina, remataba. Concluida la descarga, en pocas horas aparecían nuevos trenes repletos de mercancías para trasladar a la Tierra.

—En cuanto tenemos cargada la nave de nuevo, iniciamos el regreso. Y así siempre. En mis casi treinta años de trabajo  —le recalcó— nunca nos han autorizado a desplazarnos hasta ninguna de las ciudades selenitas, así que poco te puedo contar.

Y Raster ponía cara de extrañeza y desilusión.

**

El muchacho no alcanzaba a comprender esa barrera que su interlocutor parecía estar constantemente interponiendo a sus deseos. Deseos muy simples: escuchar historias emocionantes, se decía. Raster reflexionaba: “¿Por qué no quiere contarme detalles de sus viajes? Pensará que estoy jugando con él, que soy inmaduro… Y no lo soy, tengo quince años. Es posible que le cueste hablar porque se encuentra cansado, es natural… quizás no me doy cuenta, y mi insistencia le fastidia. Debería ser menos inconsciente, lo sé, pero pasa tan pocos días en Tierra que he de aprovechar estas contadas ocasiones. Yo sé que es un trabajo duro —aunque a mí no me va a importar, soy fuerte— pero solamente le estoy pidiendo que me hable un rato de cómo se vive en la Luna, de la gente que viaja, de los hábitats construidos para pasar largos periodos de tiempo… Es poca cosa me parece a mí. Además, en poco tiempo dispondré de mi licencia de transportista lunar como él, así que debería ayudarme, digo yo”. A todo este rosario de cavilaciones, Raster unía una evidente incomprensión y, porque no decirlo, decepción cuando advertía que Matheus solía estar muchas veces dolido y desmoralizado, y en algunos momentos hasta resentido. El chaval experimentaba una sensación amarga que le hería profundamente sin saber muy bien por qué.

**

Al llegar al extremo sur de la bahía, una zona recia que albergaba multitud de rocas ariscas—a Matheus le encantaba este paraje—, ambos se dieron cuenta de que la conversación había vuelto a discurrir por los mismos parámetros de siempre. Ante una nueva y reiterada insistencia de Matheus para que el chaval desistiera de convertirse en un mísero estibador lunar, Raster se le enfrentó.

—Escucha, aunque te parezca joven, mi capacidad para soportar trabajos duros es muy elevada; el verano pasado estuve ayudando a transportar cajas de alimentos muy pesadas hasta los barcos de la expedición “Ayuda a los Pueblos Caucásicos”, sabes, y además estoy convencido de que el hecho de poder contemplar personalmente lo que tanto tiempo llevo deseando, me compensará, ¿no crees?

El rostro de Matheus reflejaba desolación y cansancio.

—Me importa un rábano que seas tan joven. En serio. Yo empecé con dieciséis años y también pensaba que mis sueños de infancia se harían realidad rápidamente.

—¿Entonces? —requirió desafiante.

—Fue mi padre el que verdaderamente decidió por mí —comenzó a sincerarse—. Yo quería ser pescador como mi abuelo, que desde bien pequeño me enseñó sus habilidades y todo cuanto había que saber. Navegar en una pequeña embarcación por estos mares era mi gran ilusión, pero mi padre me obligó a empezar en este trabajo: “Es una profesión de futuro”, me argumentó, “ganarás dinero y verás otros mundos”. No era persona a la que fácilmente se pudiera llevar la contraria.

Matheus le reveló cómo creyó que si agradaba a su padre (su madre apenas solía interferir, pero le recomendó la estrategia), después de un tiempo su imposición se relajaría y podría plantearse otra alternativa. Pero su espíritu férreo no decayó y se mantuvo exigente con total determinación. Cuando murió ya habían pasado suficientes años como para pensar en el cambio de actividad: las obligaciones familiares que había adquirido y una cierta pereza (o una escasa valentía) le frenaron. Posteriormente, el trabajo anodino y claramente explotador junto a consiguientes enfrentamientos conyugales dieron paso a convivir con la indiferencia, el hastío y el desagrado general para desembocar en la actual situación de languidez y hundimiento.

Raster permaneció en silencio dándose cuenta de la profunda desazón que advirtió en las palabras del que pensaba habría de ser su mentor.

— Yo… —se atrevió a intervenir titubeando— yo solamente quiero admirar la vida en la Luna… y me haré transportista, porque es la única manera de conseguirlo: otra oportunidad no creo tener.

—Con toda seguridad tus padres no te lo permitirán—planteó Matheus para cambiar de táctica.

—¡No tengo padres! —Se acaloró el muchacho— Vivo con mi tío Dionas… y ya me ha dado su autorización para que el próximo año empiece las pruebas de acceso.

—Me parece poco probable que le guste tu idea —insistió.

—¡Estás equivocado, le parece perfecta! —Replicó casi llorando—, lo hemos hablado y no se opone.

— ¡Bueno, chaval, se acabó! No tengo nada más que contarte y no quiero que vuelvas a molestarme, ¿está claro?

Y se enervó agitando los brazos de forma casi violenta. Raster se asustó de esa actitud tan encrespada y salió corriendo.

**

A la mañana siguiente, la fachada de la empresa de transportes se mostraba turbia y brumosa, a pesar de que un sol diáfano iluminaba la ciudad de forma sugerente. Se abrió una de las hojas de la puerta principal y apareció Matheus. Había permanecido en el interior durante algo más de una hora. Tras un ligero desayuno en la cafetería de los bajos de su casa, se había encaminado a las dependencias de su compañía para verificar los datos de su próxima salida. Cuando se encontraba ojeando la enorme tabla de horarios en la sala de comunicaciones, un subalterno administrativo —uno de esos que el personal llamaba “plumilla”: gente endeble que no viajaba y que por ese motivo se encargaba de rellenar escritos, de asignar horarios de viaje, de llevar recados a los empleados y cosas así de fáciles— le indicó que debía presentarse en el despacho del director local: el mandamás de su área. Hacía realmente mucho tiempo —años creía— que no tenía una conversación con la dirección, así que no pudo imaginar el motivo de la reunión. Cuando una vez en el exterior, empezó a reflexionar sobre el hecho de que le acababan de despedir, acudió a su mente la imagen de su padre largándole las miles de razones por las que esta ocupación supondría un buen porvenir para él y para su futura familia. “Hasta aquí ha llegado el magnífico porvenir, padre”, dijo. El director había argumentado, ahuecando las palabras, que era preciso el recambio —usó esta palabra como si de una pieza desgastada de la nave se tratase—, que había de incorporarse nueva savia, joven y con ambiciones. Se acordó entonces del chaval y se irritó. Finalmente, se preguntó si comenzaría a olvidar pronto sus amarguras: ¿Era el momento de encarar nuevas aspiraciones? ¿Podría? El tiempo había pasado y marcado huellas como quemaduras. No se supo contestar.

Tras firmar los papeles de extinción del contrato, recogió las escasas pertenencias que guardaba en un armario triste y desencajado del departamento de empleados. Entre ellas: un reloj que no funcionaba, un colgante de identificación de sus primeros viajes, una carpeta con papeles y documentos obsoletos, una carta amarillenta envuelta en una bolsita de plástico, unas fotos antiguas, una diminuta navaja y algunas cosas más de escaso interés que no sabía muy bien por qué estaban guardadas. Se dirigió hacia el puerto pesquero para observar las pequeñas embarcaciones atracadas. El amarradero olía a pescado fresco. Pensó que quizá el dinero que acababa de recibir por el despido le alcanzaría para alquilar alguna barca de corto calado con la que pasar el resto del día en alta mar.

—De acuerdo, señor —le dijo un hombre casi anciano señalándole una escuálida barquichuela que flotaba en el muelle— Puede disponer de ella hasta que anochezca. Tenga cuidado de no alejarse demasiado, puede que a última hora de la tarde haya fuerte oleaje con la marea alta.

Unas millas mar adentro, la soledad y el lento ajetreo empezaron a sosegar las tribulaciones de Matheus. En proa observó a su abuelo sentado apaciblemente; le estaba explicando las técnicas y los trucos de pesca. Siempre terminaba sus frases con un “… ¿ves qué fácil?”. Y él asentía. Oyó de pronto tras de sí a su madre, se giró tembloroso y la vio en la popa de pie, con las manos entrelazadas como a ella le gustaba permanecer cuando hablaba. Era una mujer alta y voluminosa, de labios diminutos con los que modulaba una entonación de las palabras acompasada y tenue. Matheus se enfureció en ese instante al escucharla tratando de intervenir en la discusión entre su padre y él. Retumbaban en su oído aquellas frases inacabadas, entrecortadas —“pero…”, “cómo va a…”, “y si no consigue…”—. Así era su participación.

Las discretas ondulaciones del agua le hicieron rememorar su entrada en la madurez. Tras unos años soportando las duras condiciones de trabajo en la compañía de transportes, y puesto que ser joven ayuda, empezó a mirar hacia otros objetivos. Conoció a la que sería su mujer, Alanis, encantadora, atrevida y siempre dispuesta a expresar con las mejores palabras lo que la otra persona quería escuchar. Pensó que había de ser su tabla de salvación. Aquellos momentos que pasaban juntos entre viaje y viaje eran de gran alegría y diversión. Y vino un hijo como el colofón a esa felicidad entre bambalinas.

Se asomó por babor y creyó percibir el aroma de los grandes pesqueros que faenaban a miles de millas de allí.  Fluyeron en su mente los tiempos de los cambios de su vida, porque nada es eterno y todo ha de terminar en algún momento, sobre todo, lo bueno. De esta forma, ocurrió que los viajes se incrementaron de manera considerable debido al auge del turismo lunar. Él intentaba excusarse: la empresa no disponía del personal suficiente. El entorno familiar se llenó de una queja suave pero constante, que poco a poco se convirtió en un reproche áspero. Ella se lamentaba: las ausencias eran cada vez más largas e insoportables, su marido se llenó de tristeza y el pequeño tenía que sufrir su tono rudo y muchas veces hiriente —realmente esto es lo que menos le gustaba a Alanis—, en fin, que la situación estaba degenerando en un ambiente nada propicio para el adecuado desarrollo de su hijo. Matheus no parecía ser demasiado consciente al principio; después, su dejadez derivó en esa agresividad que finalmente motivó la decisión de su esposa de abandonarle: “Quiero que nuestro hijo crezca contento, sano y de forma pacífica”. Matheus fue incapaz de luchar por resolver el problema —parecía hipnotizado— y optó, sin resistirse, por acatar los deseos de Alanis. Madre e hijo se marcharon lejos, a otra ciudad. Él volvió a sus rutinas como si nada hubiera sucedido, y no supo nada de ellos hasta que años más tarde llegó una carta de su esposa.

Aprovechando que un mar amigable le hacía sentirse liberado de sus antiguas ataduras, extrajo la carta de una minúscula bolsa de plástico. Después de mucho tiempo, la leyó de nuevo.

**

Raster deambulaba al empezar la tarde por el paseo del litoral como era su costumbre. Observó entonces a lo lejos un tumulto y hacia allí, un lugar cercano al extremo sur de la bahía, se dirigió. Había salido en busca de su amigo el transportista nada más terminar el almuerzo, pero llevaba más de una hora caminando de arriba abajo y de abajo arriba por la ronda, y no daba con él. Qué raro, pensó extrañado porque sabía que aún no tenía que haber salido de viaje. Quería disculparse por su continuo comportamiento tan obstinado y poco considerado. Cuando llegó al lugar donde se concentraba la multitud, se fijó en los coches de policía aparcados en la zona del paseo y, mirando hacia el mar, comprobó que unos cuantos agentes uniformados estaban congregados en un diminuto claro enclaustrado en una mole de rocas. El oleaje sacudía con fuerza tanto a las rocas como a los agentes. Mientras intentaba averiguar lo sucedido seguía elaborando su disculpa. Entre otras cosas, pensaba comunicarle que no era cierto que su tío le hubiese dado el permiso para presentarse a las pruebas de acceso a transportista, ni siquiera se había atrevido a comentárselo aún. Es más: se avergonzaba de su proceder y, siguiendo su consejo, había decidido cambiar de idea y no realizarlas. Y quería decírselo personalmente.

Su innata curiosidad le empujó a deslizarse por un cúmulo de peñascos que él creía oculto a la vista de los policías. Llegó hasta una plataforma cercana donde se agachó para distinguir mejor. Un guardia de casco azul se apercibió de su hazaña y le conminó a volver. Raster no hizo caso y, al comprobar despistado al agente, continuó por un risco que le situó más cerca del lugar del incidente. Desde su posición pudo apreciar, oteando entre las piernas de los reunidos, que había un hombre tumbado. Estaba siendo examinado por un par de personas sin uniforme que permanecían en cuclillas. Trató de ver con más detalle pero había demasiada gente alrededor del cuerpo. Decidió entonces escalar las rocas exteriores, las que encaran al mar, y zafándose como pudo de unas olas muy encabritadas, logró colocarse en una posición superior en la que apenas le tapaba nadie y así ver por fin la cara del hombre tendido. ¡Oh, cielos! Su rostro se descompuso y lanzó un grito ahogado. Varios policías dirigieron la mirada hacia el lugar del quejido. Era él, se dijo el muchacho, su cara estaba desfigurada, casi no podía reconocerlo, pero sí, era él, seguro. Se sintió desfallecer. Varios agentes partieron a su encuentro. ¿Está vivo?, se atrevió a preguntar desde lejos. ¡Lárgate de ahí, chaval, que te vas a caer al mar!, le reprendió con voz autoritaria uno de los hombres que estaban agachados. ¿Pero está vivo o no lo está?, reclamó Raster de nuevo, al cerciorarse de que no se movía y su postura era muy extraña. ¿Lo conocías?, le preguntó el hombre autoritario. Sí, contestó el muchacho con un hilo de voz. Sube arriba al paseo y espérame allí… ¡y ten cuidado!

Mientras comienza el ascenso Raster reflexiona: “Lo conocías”, ha preguntado en pasado, o sea, que está muerto, y en ese instante sintió una flojera en las piernas y casi cae al mar.

**

Querido Matheus:

Espero que tu estado sea saludable y te encuentres bien. Te escribo esta carta porque no me queda otra opción, lamentando tener que inmiscuirme en tu vida. Antes de nada quisiera manifestarte algo que hace tiempo quería haberte dicho, pero por vergüenza o quizás por cobardía no me atreví. Te abandoné y me marché con nuestro hijo porque se me hacía inaguantable aquella actitud tuya tan abatida, tu incapacidad para solucionar los problemas, tu falta de ilusión por recuperar los días felices del principio de nuestra unión. Pero, sobre todo, fue aquella conducta ante tu hijo tan deplorable, como si él tuviera la culpa de tantas desdichas, la que finalmente me obligó a tomar tan drástica decisión. Nunca estuve segura de haber obrado correctamente y con el tiempo me arrepentí de haberla tomado. Debería haber tenido el valor de haber vuelto, al menos, para decírtelo y, por qué no, para intentar buscar alguna alternativa, pero no te di la oportunidad, no nos dimos otra oportunidad. Por eso, ahora te digo que no debí abandonarte y créeme que lo siento mucho, aunque ya sea demasiado tarde.

Es demasiado tarde y por eso necesitamos tu ayuda, mejor dicho, tu hijo la necesita, que ya tiene ocho años y es un mocetón. Necesito que te hagas cargo de él porque yo no voy a poder. Me han diagnosticado una enfermedad terminal y nada se puede hacer. Sólo dispongo de tres meses y ya sabes que estos plazos son muy precisos. Así que te pido que te hagas con su tutela porque confío en que sólo tú podrás educarlo como ambos queríamos: en la honestidad y en la constancia.

No sé en qué situación personal estarás, pero te ruego que atiendas la petición, por mí y por tu hijo. Si no obtuviera respuesta afirmativa por tu parte, deberé confiárselo a mi hermano Dionas, que como sabes vive en tu misma ciudad, nuestra ciudad, aquella que abandoné por un orgullo impropio de alguien que te quería y aún te quiere de verdad. No obstante, si no me respondes o lo haces negativamente, indicaré a mi hermano que, si más adelante decidieras recogerlo y dedicarle tu afecto y tus consejos, te lo entregue sin obstáculos.

Espero que tu resolución sea la correcta para nuestro hijo y aguardo tu respuesta pronto, pues no queda apenas tiempo.

Se despide para siempre tu querida esposa

                                                                                              Alanis

**

 El cielo se ha empezado a cubrir de nubes mullidas que hacen sombra al movimiento de las aguas. Matheus no quiso encargarse de su hijo cuando ella se lo pidió. Tampoco cuando averiguó que ya se encontraba viviendo con su tío. Cuando reconocía al muchacho por la ciudad seguía sus pasos con disimulo. En muchas ocasiones lo identificó apostado en la base de aterrizaje, observando las salidas y las llegadas de las naves. En esa época quiso acercarse a hablarle más de una vez, pero no se atrevió. Pasaron varios años con este juego hasta que Raster entró en contacto con él. Nunca supo si fue casualidad que le eligiera a él para saciar aquella imperiosa curiosidad sobre los viajes lunares.

En la última charla que habían tenido, se dio cuenta de que su decisión de trabajar en lo mismo que él parecía sólida y creía imposible que cambiase de opinión. Hasta su tío le apoyaba. Pensó que su madre no sería de la misma opinión. Se dio cuenta también de que ahora, tras ser despedido, ya no tenía ni la ilusión ni la capacidad para empezar a dedicarse a pescar en alta mar, como su abuelo estuvo tanto tiempo animándole. Se dio cuenta igualmente de que ni como hijo que se sometió, ni como padre que nunca ejerció, podía hacer nada por volver el tiempo atrás y disponer de una nueva oportunidad.

Alzado en el borde de la proa, con el océano como escenario y un par de gaviotas escoltándole, se removía en estos pensamientos. Finalmente, se dio cuenta de que no le quedaban esperanzas de recibir recompensa alguna.

**

Raster remontó de nuevo hasta el paseo de la bahía con cierta dificultad porque su fortaleza no era la idónea para moverse por las quebradizas rocas. Se situó algo alejado de la muchedumbre a la espera de que el policía viniera a preguntarle. Tiritando, sintió una mano que se acababa de posar en su hombro. Se giró y con gran asombro vio a Matheus. “Pero… eres tú…”. ¡Claro que soy yo!, confirmó Matheus. “Entonces, el de las rocas…”. Le explicó que era un colega que había sido despedido por la mañana al igual que él. No podía afirmarlo pero suponía que un grave trastorno depresivo que el hombre arrastraba desde hacía tiempo le habría llevado al límite y, sin duda, debió de arrojarse desde los acantilados. Raster, con el rostro enrojecido como el color de su pelo, se abalanzó sobre Matheus para abrazarle con fuerza a la par que susurraba: “Padre…”.

* * *

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