Leo, el carnicero

Para Leo ver las cosas desde detrás del mostrador era como parapetarse tras el burladero en la plaza de toros. Seguridad, confianza, abrigo. ¡Señora Manuela, estos filetes de hoy son bien tiernos, sin nervio, de los que le gustan a su marido Roque! ¿Le pongo un kilito? Leo era el carnicero del pueblo, de un pequeño pueblo manchego —no contaba más de trescientos vecinos— de casas encaladas, rodeado de lagunas medio secas que aún usaban aves de variado pelaje para sus paradas nupciales de otoño. ¡Aquí tiene usted sus salchichas, doña Flora! Espero que las disfrute con sus hijos. Leo regentaba la única carnicería del municipio; obviamente no había competencia dado su reducido tamaño, pero también hay que decir que la gente acudía con más frecuencia de lo necesario por ser Leo el tendero como era: el afable Leo, el apuesto carnicero, ese hombre tan encantador, incluso alguna se refería a él como el seductor solterón. ¿Le gustaron las chuletas de ayer, señora Juana? ¿A que eran de primera? Asintió la mujer de Juan, el veterinario, con una sonrisa eufórica. El padre de Leo murió cuando este, que ya ayudaba en la tienda, tenía quince años. Protegido por su madre —que falleció también unos pocos años después— el muchacho aún adolescente se hizo cargo de atender la carnicería y de mantener esa cercanía con la clientela del pueblo que su padre había instaurado desde los comienzos. Se notaba por ello que la gente comía más carne, decían muchos. ¡Qué bien sabe usted elegir! Así alababa Leo a Don Fulgencio, hacendado prominente de la comarca, que solía personarse para seleccionar con su propio criterio el género para la chuletada que ofrecía a sus jornaleros los domingos de recolección. Contaba Leo los cuarenta. Hacía dos meses de su último cumpleaños y los aldeanos, y sobre todo las aldeanas, le adulaban diciéndole que no los representaba. ¡Si aún parece aquel tímido chaval que empezó a despachar hace tantos años! ¡Qué exagerada es usted, señora Palmira! ¿Es que no ve usted, doña Flora, que el tiempo apenas se nota en la cara de Leo? ¡Ande ya, señora Palmira!

Ha quedado establecido, por tanto, que la singular carnicería del pueblo, la carnicería que su padre montó aconsejado por interesados ganaderos de la feria de Puertollano, era lógicamente la vida de Leo. En realidad, Leo era Leocadio, pero nadie le llamaba de esta manera salvo la señora Remedios, viuda de don Toribio que murió hace un año al caerse del tejado de su casa cuando intentaba recolocar las tejas por donde se internaba una cuantiosa gotera. Opinaba doña Remedios que los nombres eran para decirlos completos, si no para qué se ponen. Tras el mostrador Leo se sentía querido, admirado, orgulloso de sus convecinos, uno de los hombres notables del pueblo. Esto último lo proclamó el día de la fiesta del patrón San Emeterio, don Elías, el alcalde casi vitalicio que ostentaba el bastón del ayuntamiento desde hacía más de treinta años… y nadie se planteaba que fuera otra persona.

Pero había una cruz en el comportamiento de Leo. Cuando no atendía, el carnicero se convertía en otra persona, menos cordial, más distante, aunque la gente le justificaba con creces. Es una buena persona era el comentario general. Sin duda, los vecinos pensaban que merecía su descanso, su relax y que fuera del siempre agradable ambiente de la tienda podía comportase como quisiera. Estaba soltero como ya se ha mencionado —obstinadamente soltero, comentaba Marcelo, el dueño de la tasca por la que apenas aparecía, ni para tomarse un café de buena mañana antes de abrir la carnicería—, sin que además se le conocieran amoríos ni romances, ni con chicas del pueblo, ni con posibles de más allá de las lindes de la comarca. Sólo recuerdan algunos aquella relación con Dolores, la hija adolescente de don Fulgencio. Él tendría veinticinco o veintiséis, ella diecisiete. Una chica grácil, muy alta para su edad, fina, larga melena morena con caída por toda la espalda. El tema duró unos meses. Según parece —nadie se atrevió realmente a verificar la historia—, el terrateniente no veía con malos ojos a Leo como persona y como hombre esforzado y diligente en su trabajo; le gustaba e incluso reía con él algunas ocurrencias cuando más de una vez le invitó a tomar el café de la sobremesa (nunca le invitó a comer o cenar, curiosamente), pero no le entusiasmaba la idea de tener a un carnicero como yerno. Así, de un día para otro, y sin mediar hecho alguno que lo provocara, trasladó a su hija a un prestigioso colegio para señoritas en Ginebra, Suiza. Y ya no volvió por el pueblo. Dicen que su padre la casó con un prometedor banquero suizo, pero nadie lo sabe a ciencia cierta. Don Fulgencio nunca ha querido detallar los pormenores de la vida de su hija. ¡No le importa a nadie!, respondía siempre a cualquier interés por el tema. Desde entonces Leo dejó de mantener relaciones cercanas con nadie. Únicamente en la carnicería, tras la repisa donde exponía su género, ese patrimonio que le caracterizaba como hombre notable del municipio, se expresaba siempre con agradable y extrovertida actitud.

Hasta aquí y, salvo algunas excepciones, Leo era visto como una persona honesta que tenía sus manías, pero que no hacía mal a nadie. Lo que generaba algún tipo de diferencias de valoración, aunque no demasiadas eso sí, era el hecho de que casi todos los fines de semana (acostumbró a los lugareños a cerrar el establecimiento los sábados y los domingos, algo raro en los pequeños municipios de la zona) cogía su pequeño utilitario y se marchaba del pueblo. Unos consideraban muy lógico que alguien de su edad, alguien que disponía de su buen dinero, deseara conocer otras tierras. Nadie sabía a dónde iba porque a su vuelta nunca relataba el detalle de sus andanzas. Por ahí, les reiteraba continuamente. Y no se dejaba insistir. Otros no comprendían tanta opacidad, aunque a fin de cuentas no le daban excesiva importancia dado que estaban habituados a su carácter reservado cuando no se encontraba despachando. Mientras los filetes de choto sigan siendo de la extraordinaria calidad que me los dispensa, decía la señora Manuela, a mí me da igual lo que haga por esos andurriales.

Pero aquel lunes que había amanecido con unos perturbadores nubarrones, las cosas cambiaron en el pueblo. Allí estaba la primera como era frecuente la señora Palmira, a las puertas de la carnicería aún cerrada. Qué raro, pensó la mujer. Leo era tremendamente puntual. Solía llegar una media hora antes de la apertura oficial (las nueve de la mañana) para disponer adecuadamente el género, los utensilios y limpiar cristales, encimeras y suelos. Las nueve y diez marcaba el reloj de la muñeca de la señora Palmira. Muy, muy raro, algo ha pasado, y se santiguó. De allí fue directamente con el ánimo encogido al Ayuntamiento.

Una hora después en que por fin se pusieron de acuerdo el alcalde, el alguacil, el veterinario y algún otro que suele pasar las mañanas en las dependencias del consistorio sin dedicarse a nada concreto, decidieron personarse en casa de Leo, a las afueras de la villa, en una minúscula parcela. Y allí lo encontraron, en un cobertizo. Mal. Bastante mal, porque tendido cual largo era, el veterinario pudo comprobar cómo le habían asestado multitud de puñaladas en las zonas de su cuerpo más vulnerables y frágiles. Y dijo además que llevaría muerto más de un día, por lo que en su modesto entender podía apreciar. Al percatarse de lo ocurrido, el grito acerado de la señora Palmira, que se había escabullido con los hombres, asustó a estos de forma inopinada. Hay que avisar al médico de Gabelas y al juez de Puertollano, aseveró el alcalde tomando el mando. Pero lo que causó mayor impresión fue el sobre encontrado bajo el cuerpo inerte que guardaba una nota manuscrita en el interior. Juan, el veterinario, la cogió y la leyó en voz alta:

 

“Sólo he hecho la justicia que nadie hasta ahora había sido capaz de aplicar. He encontrado por fin, tras muchos y denodados años de esfuerzo, el cuerpo de mi hija desaparecida hace un lustro  enterrado en esta tierra. Me la llevo al lugar que le corresponde…”

Las exclamaciones de estupor y espanto llenaron el cobertizo como si hubieran escuchado el anuncio de la próxima venida de las siete plagas. Pero la misiva continuaba.

 

“… Sepan quienes lean esto que mi hija no está sola; remuevan estas tierras y encontrarán respuestas a otros muchos casos como el de mi querida hija. Yo he creído cumplir con mi deber. El culpable no volverá a engendrar más dolor. Que Dios perdone a los que con su podrido corazón provocan la corrupción de corazones limpios.

Un padre dolorido”

 

Y así concluía la nota.

La congoja atenazó las voluntades por unos instantes de todos los presentes. El alcalde, por fin, reaccionó y salió en busca de la Guardia Civil.

Días después se desenterraron ocho cadáveres de mujeres con diferentes grados de descomposición, todas ellas asesinadas por apuñalamiento como determinaron las autopsias. Se cotejaron los datos de personas ausentes en la Brigada de Desaparecidos de la Policía Judicial de Madrid y encajaron los ocho restos con los de otras tantas jóvenes desaparecidas, entre diecinueve y veintisiete años, a lo largo de toda la geografía nacional, de norte a sur, de este a oeste, con una calculada distancia entre sus lugares de origen. Las chicas eran todas de familias poco acomodadas, de rasgos esbeltos, altura por encima de la media, delgadas y portaban una enorme melena lisa de pelo negro que les llegaba hasta el final de la espalda. Curiosamente, desaparecieron todas ellas en fin de semana.

Alguien de la Brigada observó que los datos de una novena joven de un pueblo del interior de Huelva coincidían con las mismas características físicas de las demás, similares en todas las víctimas: eran el mismo tipo de mujer. E incluso constató que había desaparecido hacía unos cinco años. Recordó entonces que el padre de la chica estuvo durante mucho tiempo obstinado en realizar la búsqueda fuera de su comarca porque estaba seguro de que su hija había sido llevada a la fuerza por alguien extraño y desconocido.

Han pasado diez años desde aquel nefasto descubrimiento en casa de Leo, el carnicero, y sigue sin saberse nada del padre de la novena chica asesinada, ni siquiera de dónde podría estar enterrada. Los vecinos del pequeño pueblo manchego enmudecieron y no fueron capaces durante una buena temporada de expresar frases con una cierta cordura. Por otra parte, nadie ha vuelto a comer carne desde aquel día.

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