Cómo están los tiempos

     Me cuenta mi amigo Urdu, en la taberna del Pindado, que ha recibido noticias de su familia, desde el corazón de la África profunda, allá en su poblado. Confío en que sean buenas noticias, le deseo mientras ingiero con lenta parsimonia un buen trago de cerveza fría. Con la jarra posada en los labios observo que la expresión de Urdu me indica lo contrario. Parece ser, comienza a contarme en su atragantado castellano, que sus allegados están sufriendo problemas serios. Lo dice con mucha naturalidad. No sé el alcance de la gravedad de lo que él llama problemas serios. Vaya, ¿y eso?, le pregunto intentando mantener la misma naturalidad mientras deposito mi jarra encima de la mesa. Urdu sonríe cuando advierte (y me señala) en mi bigote un hilillo de espuma blanquecina. Me doy por enterado y hago desaparecer el rastro de la cerveza. Le pido que prosiga y Urdu desvanece aquella espontánea, casi infantil, sonrisa.

Desde hace unos meses (maras dice Urdu, así llaman en su tribu a los ciclos lunares por lo visto) en la aldea escasean los alimentos, las madres apenas pueden mantener a los hijos pequeños. Un brillo de tristeza destaca en sus pupilas que contrasta con su morena tez mate. Yo me intereso adelantando mi torso. El gobierno —continua la narración— de Matulele (dictador a la sazón de aquellos parajes) quiere construir una gran carretera atravesando esa zona de la selva y ha confiscado casi todas las tierras de mi tribu: las tierras donde cosechamos nuestras hortalizas y vegetales, las tierras donde crecen los árboles y arbustos que nos suministran frutos y medicinas, las tierras donde conviven nuestros animales domésticos que nos entregan leche y carne, las tierras donde habita la caza que nos mantiene fuertes. Incluso, el arroyo —termina diciendo— que nos da de beber lo han desviado y ahora se encuentra muy, muy lejos. Suspira y queda en silencio. Yo estoy descolocado. Eso es una tragedia, me digo, una inmensa tragedia. Urdu pierde la mirada a través de la ventana de la taberna que tenemos a nuestra vera. Da la impresión de querer vislumbrar la situación de su gente a más de diez mil kilómetros de distancia. Querría estar junto a ellos, seguro, pero sabe que no puede, aún no puede o ya no puede. Quién sabe. Los músculos de su cara parecen enmarañarse. Mi angustia está creciendo por momentos al contemplarle. ¿Y qué van a hacer los tuyos?, le pregunto aparentando ayudar. Según cuentan, me dice, les obligan a marcharse unos quinientos kilómetros al norte, a una zona medio desértica, cercana a regiones de luchas étnicas. Lanzo un gesto de irritación como si yo pudiera negarme a tales despropósitos. Urdu, manteniendo la serenidad propia de un jefe tribal, me constata que la aldea —en realidad, el consejo de los guerreros en nombre de todos— no está dispuesta al traslado forzoso. ¡Son muchas generaciones habitando esa tierra, es nuestra tierra, nuestro hogar, hemos de vivir ahí!, clama Urdu con ímpetu comedido apelando a la épica de sus antepasados.

Me comenta además que están siendo objeto de escaramuzas por parte de grupos incontrolados de guerrilleros que les rapiñan lo poquito que les va quedando en las despensas. Incluso se han llevado adolescentes y hasta un par de niños de corta edad para adiestrarles en la lucha contra Matulele. Esto último me ha tocado en lo más profundo del hígado que diría mi abuelo Rufino (un rudo picapedrero que dejó de picar con setenta años). Urdu parece indignarse, pero con aire resignado, como en él es habitual. Con ese aire resignado que para todo lo malo le sirve. Hasta cuando toma el vaso de leche —como ahora está haciendo con calculada agitación— al que le suelo invitar en la taberna, de esa leche de nuestras vacas que tanta repulsión le produce (la de sus gacelas es mejor, aduce siempre). A pesar de ello, nunca rechaza el vaso de leche. Tengo la impresión de que ese aspecto blanco y puro le hace olvidar las penas, al igual que imaginamos nosotros sobre el efecto que nos produce el alcohol.

Y todo ello —parece que va concluyendo su narración— sin contar con que los cooperantes (una vez al mes aparecían por la aldea), dedicados a enseñar cosas del mundo a los pequeños y a llevar ciertas medicinas que ayudaban al hechicero a curar enfermedades nunca antes conocidas en el poblado, habían abandonado el territorio porque los incontrolados degollaron a tres de ellos. En este punto mis palabras quedan agarrotadas en el fondo de mi garganta sin poder escapar al exterior. Con una escueta mímica le invito a otro vaso de leche. Urdu lo acepta con el rostro rígido. No le gusta exteriorizar emociones.

¿Y tú, qué me cuentas?, me interroga al cabo de un rato de silencio. Al llevar mis ojos a sus palabras me surge una sonrisa inconsciente: un grueso hilillo blanco bordea su labio. Urdu no se da cuenta e insiste en su pregunta alzando las cejas. Dejo lo del trazo de leche a un lado porque me cuesta horrores decir algo. De pronto entiendo que necesita que le hable, que le hable de lo que sea, de cualquier tema, pero que le hable de algo distinto. Hago esfuerzos, me cae bien Urdu, y le comento finalmente que tengo un primo en la capital, que trabaja en la delegación de no recuerdo qué Ministerio. Le explico que crecimos juntos en el pueblo y que de vez en cuando hablamos por teléfono. La semana pasada me llamó y se pasó casi media hora quejándose, despotricando y bramando contra este país, contra este gobierno y contra esta sociedad. Urdu abre unos ojos expectantes. En mi ánimo únicamente está complacer a mi amigo. Continúo. Por lo visto, les han recortado a todos los empleados el salario casi un cinco por ciento —una barbaridad, había exclamado mi primo—, les han rebajado los días libres a menos de cuarenta al año —una atrocidad, había rugido mi primo— y para colmo el menú del día del mangante donde va a almorzar a diario con sus compañeros ha subido el precio de nueve a diez euros (¡no sé qué va a ser de nosotros!, se había enfurecido mi primo pegando un aullido que me obligó a separarme del auricular de forma sobresaltada).

Al instante, me doy cuenta de mi falta de tacto y busco como puedo los ojos de Urdu. Mi buen amigo parece aturdido ante mi vehemencia a la hora de relatar las vicisitudes de mi primo. Yo quedo impresionado y muy avergonzado. Urdu, con una expresión de consuelo que lejos de aliviarme me abochorna mucho más, me suelta: “Siento profunda pena por que ese familiar tuyo lo esté pasando tan mal”. En efecto, creo que Urdu lo está sintiendo verdaderamente.

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