Urdu, el jefe

     Mi amigo Urdu me contaba la otra noche en la taberna del Pindado sus recuerdos de la niñez. Ante un gran vaso de leche (siempre decía que su sabor era horrible, que él no estaba acostumbrado a esta clase de leche tan licuada que tenía que beber en este país) me hablaba de su abuelo, respetado jefe de su recóndita aldea de origen a los pies de un monte congoleño llamado Tiyardi (“el guardián” en su lengua, según me aclaró). Su tribu —calculaba unas veinte familias, cada una de entre diez y quince miembros, contando padres, hijos, abuelos y bisabuelos— se regía por las directrices de un consejo de diez miembros de gran edad que su abuelo comandaba. Recordaba que hablaba muy lentamente, con parsimonia y delicadeza a la hora de mostrar cuál era su deseo o su sugerencia, sin diferenciar la forma de dirigirse a cualquiera. Hablaba del mismo modo a un consejero senil, que a un joven guerrero o que a una muchacha casadera. Urdu, pequeño aprendiz de aquellos modales, se escabullía entre los rincones de la gran choza de ramas y adobe situada en el centro del poblado, lugar de reunión del consejo, para observar cómo los ancianos miembros de la asamblea debatían y tomaban decisiones. Entre otras muchas cosas, su abuelo le explicó que cuando alcanzara la cumbre de la montaña de la vida —así expresaban el fallecimiento de una persona, me comentó—, sería su padre quien asumiera las riendas de las vicisitudes del grupo y después llegaría su turno. Por eso, el impúber Urdu no cejaba en el empeño de copiar y absorber cuantas maneras tenía su abuelo de ponderar juicios y pareceres que ayudaran al bien de la comunidad, en especial cuando las fatalidades se cernían sobre ellos (esas malas cosechas que les provocaban el hambre, los continuos altercados con tribus vecinas que diezmaban la población, aquellas leyes incomprensibles del gobierno congoleño que les impedía cazar libremente).

Yo sonreía con alguna de las anécdotas que me narraba, mientras me fijaba en ese destello de nostalgia que avivaba el blanco de sus ojos contrastando con la negrura rutilante del rostro. Por ejemplo, me hizo reír al terminar de contar la vez en que decidió, aprovechando que como nieto del jefe se le permitió participar en una batida de caza menor, hacerles creer que se había perdido. Su propósito era comprobar qué acciones tomaría su abuelo para encontrarle. Así, encaramado a la copa de un inmenso árbol de la selva vecina, desde donde podía divisar los movimientos de la aldea, Urdu el travieso observó y fue anotando mentalmente cómo su abuelo reunió a un grupo de hombres fornidos, incluido su propio padre, los cuales escudriñaron durante varias horas los alrededores o de cómo su madre junto a otras mujeres recogieron extrañas hierbas y, mezclándolas con leche de las cabras, cocinaron un caldo espeso que bebieron mientras ejecutaban danzas que él no conocía (luego supo que eran ruegos al dios protector de la selva). Finalmente, cuando ya hubo saciado su ansia de conocimiento, apareció en la aldea por su propio pie y no tuvo reparo en explicar sin ningún cargo de conciencia sus pretextos. El chaval realmente creía que era su deber obrar de ese modo. El abuelo, como jefe y como pariente cercano, intentó mostrarle las preocupaciones que su proceder originó en los miembros de la tribu, en especial en sus progenitores, pero Urdu rápidamente se dio cuenta de cómo el orgullo del patriarca podía más que el implacable deber de castigar severamente su conducta. Aún así, hubo de soportar una pena que al pequeño guerrero le supuso un berrinche mayor de lo admisible: tuvo que colaborar durante diez días en los quehaceres de las mujeres de la tribu. Con esto último no pude evitar reír a carcajadas. Urdu no parecía entender mi hilaridad, pero realmente fue un episodio divertido. De sus diferentes historias deducía que la niñez de Urdu, a pesar de los sinsabores propios de su entorno, de su hábitat difícil y en ocasiones espinoso, fue sugerente, plácida y con ciertas dosis de momentos mágicos.

Pero años después, desaparecido su abuelo y entronizado su padre, la suerte del poblado se volvió tremendamente turbia. Urdu, convertido en joven cazador y guerrero, vio como su otrora fascinante y acogedora tribu era reducida a una sucesión de miserias aterradoras. Por un lado, el asolamiento de guerras provocadas por enfurecidos movimientos insurrectos y étnicos y, por otro lado, el sometimiento de las tribus selváticas por parte de los gobiernos atenazados por las precarias economías, derivaron en la imposibilidad de mantener la supervivencia de la aldea por sus propios medios como durante tantos siglos había ocurrido. Todo ello ocasionó la huida masiva de los más jóvenes hacia un exterior desconocido y angustioso, mientras sus familias habían sido o iban a ser masacradas. La familia de Urdu fue de las primeras en ser aniquilada. El joven Urdu inició entonces un largo peregrinaje hacia una incierta salvación. Esta parte de su historia sólo me la ha contado una vez, a poco de conocernos, y no ha vuelto a referirse a ella en ninguno de nuestros posteriores encuentros amistosos en la taberna del Pindado.

Urdu llevaba tres meses recolectando ajos, melones y berenjenas en Venta del Buitre, pueblo de la meseta manchega, mi lugar de nacimiento, bregando desde el alba hasta la caída del sol por veinte euros diarios y un destartalado alojamiento colectivo. Aún así, después de año y medio desde el desembarco a hurtadillas en las costas gaditanas, prefiere olvidar sus anteriores ocupaciones de mantero en las grandes ciudades invernales o vendedor de pulseras, prendas y artilugios en las costas veraniegas. Solía pasar la mitad del tiempo purgando en los calabozos de la Guardia Civil y la otra mitad rindiendo despiadadas cuentas a mafiosos del sector de la inmigración. Me costaba hacerme una idea precisa de cómo debía haber sobrellevado tantos trajines. Es por ello que Urdu consideraba su situación actual casi un lujo. ¡Maldita teoría de la relatividad!, esgrimía yo cuando él valoraba en su caótico castellano: “Al menos ahora tengo un techo más cómodo para dormir”. En ese mismo trabado lenguaje, que yo entendía a duras penas, Urdu relataba, entre sorbo y sorbo de la “horrible” leche, cómo su viejo abuelo le enseñaba con grandes gestos y aspavientos las más elementales habilidades que el guía de su pueblo debía conocer. “Aprende y sé valiente; algún día tus decisiones serán respetadas”, le decía con asiduidad el anciano.

Sin embargo, Urdu había estado sobreviviendo a todos estos avatares en la ilegalidad de quien no dispone de una documentación en regla que le permita ser considerado como uno más sin que se plantee su encarcelamiento o su expatriación. Gracias a las gestiones de un buen amigo mío del ayuntamiento he podido conseguir la tramitación de sus “papeles” legales. Urdu no sabía si estar contento o no. “Ni siquiera sé leer esos papeles”, me dijo cuando hace días le anuncié que en menos de un mes podría ser legal y así vivir aquí sin ser un delincuente. “¿Un delincuente? ¿Es que he robado o matado a alguien?”, balbuceaba. Yo le respondí que simplemente tenía que ser registrado y aceptado como inmigrante para poder trabajar. “Pero si yo ya trabajo…”, me señaló con asombro. Ahora balbuceé yo al tratar de explicar que en realidad estaba contratado sin ajustarse a la ley. “Entonces, ¿el dueño es un delincuente?”, razonó. Mi expresión se tornó avergonzada y solo aventuré a decir que las cosas a veces son complicadas de entender. Ante lo cual bajó la cabeza y calló sin más. Observé su gesto: no comprendía realmente qué demonios ocurría. Pero, en fin, ya quedaba poco para que Urdu tuviera su reconocimiento en este país tan lejano del monte Tiyardi.

Entre las añoranzas que me relataba mi amigo Urdu la otra noche hubo una historia que me impactó sobremanera. Se refería a un antepasado —probablemente el abuelo de su abuelo— que fue capturado en la selva por negreros europeos mientras cazaba para sus congéneres. Era, en aquellos tiempos, el jefe de la aldea y se llamaba Urdu, al igual que mi amigo. Nunca regresó y su primogénito con quince años hubo de hacerse cargo de los destinos del poblado. A Urdu le brotó un intento de lágrimas cuando rememoró este episodio de su historia antigua. Rápidamente se llevó una mano a los ojos para no permitir que afluyera ningún sentimiento (el orgullo de un jefe). Entretanto, yo le invité a otro vaso de leche para dejar que se serenase, al tiempo que dije con voz consternada y muy queda (para que no me oyera): “¡Cómo cambian los tiempos! En nuestra avanzada época, ya no es preciso ir a buscaros a la selva”.

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