Cae el telón

Finalista I Premio de Relato “Biblioteca Infanta Elena” de Sevilla 2010, Junta de Andalucía

 

     Entraron en la casa, caída ya la noche, discutiendo los dos con virulencia: ella reprochándole que había tenido demasiados lapsus en la función de hoy, él defendiéndose de los ataques como podía. En mis casi sesenta años de carrera, replicaba Leandro a su mujer mientras accedían a un coqueto y recargado saloncito, nunca he trastocado ni una coma. ¡Anda ya!, pero si estás viejo y chocho. ¿Viejo, yo? Nunca me he encontrado mejor, aseguraba el hombre haciendo aspavientos con los brazos como si de un atleta se tratara. No hagas el payaso que lo tuyo es el drama y no el circo. ¡Tito tito tirorirorito!, canturreó Leandro el soniquete circense al tiempo que saludaba con su sombrero borsalino. Sí, sí, ya puedes tararear porque tu memoria no da para más. Enriqueta le achacaba que, últimamente, cambiaba las frases con frecuencia y realizaba paradas más prolongadas de lo debido: ¡señal de que te extravías en el texto!, concluía con cierta saña.

Leandro Jiménez y Enriqueta Dorado, cercanos ambos a los ochenta años, formaban la pareja de actores más representativa y homenajeada de la escena española. Se les consideraba inseparables. Tanto es así que, desde allá por los años cincuenta, sólo se les contrataba juntos, integrando siempre un dúo de protagonistas emparejados: encarnaron a matrimonios bien y mal avenidos, según prescribiese el guión; también formaron pareja en aquellos ligeros vodeviles de la España recatada; muchas veces tocó representar a melodramáticos reyes —Luis y María Antonieta, Alfonso y María de las Mercedes, Isabel y Fernando— casi siempre maltratados por la venganza, el desamor o la intriga; y hasta, por qué no, personificaron a unos amantes trasnochados de la aristocracia más rancia donde Enriqueta solía poner su toque de picardía.

Pues tú sobreactúas constantemente, contraatacaba ahora Leandro, tantos grititos excesivos, tanta gesticulación sin venir a cuento… has olvidado la regla número uno de nuestro querido maestro don Apolinar Rodríguez: ser natural. El apuesto actor de antaño, galán fijo del María Guerrero en los cuarenta, los unió tanto para el teatro como para la vida. ¡Dios mío, Leandro, de quién te acuerdas tú ahora! Enriqueta se jactaba de adaptarse a los tiempos mejor que su marido. Eso es del pasado, argumentaba con engreimiento, hoy en día las cosas se hacen de forma diferente: ¡so antiguo! Patrañas, eso son patrañas, respondía Leandro, los tiempos no cambian, el teatro será siempre el mismo. ¡Bah!, se terminó mofando la esposa a la par que marchaba hacia la alcoba. ¡Bah!, repuso el esposo con resignación mientras se encaminaba al cuarto de estar. El saloncito quedó vacío de controversias.

Tras media hora de frágil silencio, sonó el timbre de la puerta. Enriqueta vociferó desde la habitación: ¡¿Le importa abrir al señor…?! Leandro, displicente, se levantó y abrió. Hola, hijo. Hola, papá, ¿cómo estáis? Como siempre, contestó el padre dejando languidecer las sílabas. Eduardo, el mayor de los cuatro hijos del peculiar matrimonio, solía pasarse a eso de las nueve de la noche para revisar la situación. Loli, su mujer, no acababa de comprender el motivo de la visita nocturna, todos los santos días. Eduardo sólo decía: es necesario. ¿Habéis discutido hoy?, preguntó al padre. Pero este retornó al cuarto de estar mostrando indiferencia hacia el hijo. ¡Pues claro!, se oyó una voz categórica desde el fondo del pasillo, ¡tu padre es un inútil!

Eduardo no era actor, a diferencia del resto de sus hermanos, que de un modo u otro tenían relación con la farándula. Miguel, el hermano que le seguía, era productor de obras escénicas y gestionaba una céntrica y famosa sala de teatro experimental: el Centro Dramático Tarabilla. El siguiente en edad y la menor, Fede y Sonia, eran actores desde la infancia, aunque preferían la televisión y el cine a la interpretación en vivo: se ganaba más y se sufría menos. Eduardo por contra era abogado, de casos de familia para más señas, lo que suponía para él una cierta obligación —así al menos opinaban sus hermanos con interesada “unanimidad”— de inmiscuirse y tratar de mediar en las peloteras de los padres.

Después de insistir, Eduardo atrajo de nuevo hasta el salón a su padre y consiguió que hablara. Tu madre me exaspera, dijo, quiere la perfección a toda costa, y yo reconozco… que empiezo a sentirme viejo, hijo, son muchos los años encima de un escenario, pero aún creo que lo hago bien. ¡Mentira!, exclamó la madre apareciendo como un vendaval, ¡sólo digo verdades como puños! Lo ves, está loca. Y ambos se volvieron a enzarzar en una cruzada dialéctica. ¡Basta los dos! El hijo se interpuso con autoridad entre las brusquedades de sus progenitores, quienes finalmente callaron y miraron a su primogénito con una mezcla de recelo y dulzura.

—¡¿Queréis dejarlo de una vez?!… Todas las noches igual. ¿Cuándo se va a acabar el esperpento, por favor? Ya está bien. A ver si os enteráis —Eduardo tomó aire—: Hace más de cinco años que dejasteis el teatro, ¡ya no trabajáis!… ¿Me estáis escuchando?… Os dedicáis a pasear toda la tarde, escenificando por la calle cualquiera de vuestras representaciones pasadas y volvéis a casa creyendo que regresáis de la función. —De nuevo suspiró con fuerza—… ¡Por Dios! ¿Cuándo os vais a dar cuenta de la pantomima y a recobrar la lucidez?

Leandro y Enriqueta contemplaron a su hijo con incredulidad. Pobre hijo mío, murmuraba la madre, qué poco le gusta el teatro, no como a sus hermanos. Leandro era más condescendiente y se preguntaba qué llevaba a Eduardo a decir tales despropósitos. Eduardo sintió la diaria punzada del escepticismo de aquellos obsesivos ancianos. Pero esta vez no quiso acabar resignado como todas las noches y marcharse sin más. Así que, ante sus atónitas expresiones más propias de niños aguardando una reprimenda ignorantes del porqué, que de unos viejecitos que deberían estar disfrutando de su aún sorprendente vitalidad, les advirtió con visible enfado: no sé qué va a ocurrir con vosotros, pero esto ha de terminar.

Eduardo se puso tenso y agrietó sus facciones al juzgar que sus padres, veteranos, reconocidos actores, no merecían tal situación. Sin embargo, un martilleo en su mente de calculador abogado le avisaba con terquedad de que o hacía algo o la pareja acabaría mal, rematadamente mal. Hijo, tranquilo, dijo Enriqueta utilizando aquella voz maternal con la que calmaba los nervios del joven letrado en sus comienzos. ¡No, mamá! ¡Se acabó!, exclamó Eduardo sorprendiendo a su madre con un tono inusual. Vaciló un momento y continuó trémulamente: a partir de mañana os prohíbo…  os ruego… que no salgáis a dar vuestro paseo. Querrás decir a hacer la función, intervino Leandro. Quiero decir, papá, que no iréis a ningún sitio hasta que yo lo diga. ¿Entendido, mamá? Sabes que habrá de suspenderse la representación, ¿verdad?, le advirtió la anciana actriz. No hay sustitutos para los papeles principales. ¡No hay ninguna representación!, se acaloró definitivamente el hijo, aunque había tratado de evitarlo.

La madre con gesto despectivo marchó hacia el dormitorio murmurando. El padre, sin expresión alguna en el rostro, dio media vuelta y se marchó también del salón. El hijo quedó solo y ofuscado y salió de la casa con un sonoro portazo.

En el camino de vuelta a su casa, Eduardo fue cavilando sobre su decisión como si hubiera de justificarlo ante un juez. La idea era hacerles variar sus costumbres durante una temporada, que no tuvieran ocasión de pensar en sus antiguas ocupaciones. Es posible que quizás así recuperasen la realidad, la cordura, o al menos, vivieran una existencia más acorde con su condición de abuelos complacientes y cariñosos (los nietos les necesitaban, se argumentó con entusiasmo). ¿Conseguiría de esta manera acabar con su paranoia? No sabía, pero tenía que intentarlo. Reconocía, no obstante, que habían sido muchos años de interpretación casi ininterrumpidos. Recordó cómo su madre, en más de una ocasión, le había comentado que habían dejado de asistir al teatro apenas algunos meses en toda su carrera: las ausencias coincidieron siempre con sus embarazos, sus cuatro embarazos, recalcaba. O sea, toda la vida en el escenario. Pero llegó el día en que tuvieron que abandonar la profesión definitivamente. Dejaron de ofrecerles papeles: ni buenos, ni malos; ni conjuntos como era habitual, ni por separado siquiera, como incluso Leandro llegó a suplicar a un productor. ¡Con el miedo que tenían a actuar cada uno por su lado! Eduardo entendía con pesar que la “jubilación forzosa” les acarrease una frustración difícil de asumir. Los primeros tiempos lo sobrellevaban mal que bien, pero desde hacía unos meses habían empezado a comportarse de forma desconcertante: salían de casa y volvían hablando de forma absolutamente extraña, como si vivieran en el pasado. Al principio, Eduardo no le dio importancia (y sus hermanos menos), pero pronto comenzó a darse cuenta de que efectivamente creían vivir otra realidad. Y por eso decidió tomar las riendas. Todas las noches les hacía la visita de cortesía para comprobar la evolución y las sensaciones eran cada vez peores: su realidad se alejaba cada vez más y más. Últimamente, le dio a Eduardo por contemplar la posibilidad del internamiento, algo que, por cierto, aterraba a sus hermanos, poco activos por otro lado a la hora de proponer soluciones. ¿Falta de iniciativa o enorme confianza en el hermano mayor? No, Eduardo creía en realidad que era puro egoísmo y desinterés, lo cual le amargaba profundamente. Decidió finalmente una terapia más benigna de momento.

Leandro y Enriqueta pasaron ambos la tarde del día siguiente en el cuarto de estar, callados, inexpresivos, sin saber qué hacer, mirándose mutuamente de vez en cuando como si se echaran la culpa el uno al otro. Habían accedido a no salir de casa porque querían a su hijo, aunque no entendían la insistencia, ni mucho menos ese tono tan desconsiderado. En estas, Enriqueta se levantó y abandonó la salita. Leandro ni se inmutó.

Por la noche, Eduardo salió del garaje de su casa para ir a la de sus padres (su mujer le había vuelto a reprochar que no dejara en paz a los pobres ancianos). Esta vez, claro está, hizo el camino más angustiado que de costumbre, aunque confiaba en que le hubieran obedecido permaneciendo en la casa. Llegó y aparcó frente al edificio; abandonó el vehículo e instintivamente dirigió la vista hacia la fachada, y entonces observó cómo una humareda densa y negruzca surgía por uno de los ventanales. Al fijarse con detenimiento, se dio cuenta de que provenía del interior del piso de sus padres. ¡Oh, Dios! Se asustó enormemente y galopó desbocado hacia el portal. Subió los peldaños de las escaleras de dos en dos, incluso de tres en tres, hasta alcanzar el tercer rellano. Llamó a la puerta con golpes atronadores, al tiempo que podía oler el humo palpablemente. Su corazón latía encabritado. Insistió con más fuerza hasta que la puerta se abrió y encontró frente a él a su padre, tan calmado como si acabara de despertar de la siesta. Entró desesperadamente para buscar a su madre en una casa que ya acumulaba una niebla apreciable. La encontró en medio del salón, que había sido despejado de muebles, mesas, sillas y enseres, acumulados todos en un rincón para dejar un gran espacio en el centro. Justo ahí, Enriqueta declamaba una desgarradora parrafada, con toses incluidas, vistiendo un atuendo de ama de llaves y, de fondo… los cortinones del ventanal ardiendo. Eduardo recordaría más tarde el acto final de Rebeca y el incendio provocado en la mansión de Manderley —drama adaptado de la novela que inspiró a Hitchcock— que sus padres habían representado allá por el cincuenta y tantos. Como pudo la arrastró fuera de la vivienda y, tirando también del padre, consiguió llevarlos hasta la calle, donde se había arremolinado una fisgona muchedumbre. Se oían las sirenas de los bomberos acercándose con rapidez cuando, ante el estupor de Eduardo, su madre soltó: “¿Te ha gustado la obra?… Estos chicos del atrezo hacen decorados cada vez más realistas, ¿verdad, hijo?”.

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