Gira la noria

La noria de la vida siempre gira en círculos concéntricos. 
Sólo es preciso encontrarse en el mismo círculo
para que alguna vez nuestros caminos se crucen.

     Sentada en un banco protegido por la vigorosa sombra de un castaño de Indias, lee ensimismada un libro de tapas esmeralda, asiéndolo con ambas manos. El parque está tranquilo a estas horas, apenas nadie paseando, de vez en cuando cruza alguien practicando jogging. Es un parque de considerables dimensiones por lo que se presta a las actividades físicas. Seguro que por la mañana temprano, este laberinto de sendas se satura de esforzados atletas aficionados. A las cinco y media de la tarde, con temperatura moderada, un vientecillo transporta el aroma frugal de las hojas apostadas sobre su cabeza. Ella lo agradece agitando su melena pajiza cada cierto tiempo. Está enfrascada en la lectura, varía poco su posición y con las piernas cruzadas balancea ligeramente el pie de la que tiene encima. No transmite ninguna sensación de prisa. Es joven, unos 21 años. Rostro fino, piel trigueña, usa gafas solares que le dan aspecto reservado. No debe de estar aguardando a nadie, al menos en un corto espacio de tiempo, porque no mira a lo lejos por ver si se acerca la persona esperada, ni consulta el reloj. El libro es de elegante encuadernación, voluminoso, y se advierte en su semblante que le proporciona interés. Alguna sonrisa se le escapa con frecuencia, sin duda hay pasajes que le resultan graciosos. De repente, alguien tropieza con su pie saliente y ella cree haber provocado un “accidente”.

—¡Oh, lo siento! No me he dado cuenta de que molestaba.

El accidentado, un chaval joven, no había llegado a caerse al suelo, simplemente había rozado una rodilla con la arena del camino.

—No, no…, ha sido error mío, iba muy distraído y no te he visto —la exculpa con delicadeza.

—No hay problema… no te preocupes.

Termina de levantarse, se sacude la pernera izquierda del polvo blanquecino y se queda durante un instante observando cómo la chica recupera la lectura.

—¿Te importa que me siente un momento?

—Si lo que preguntas es si está ocupada esa parte del banco… pues no, no está ocupada. Así que si te apetece puedes sentarte…

—Muchas gracias. Eres muy amable.

Ella no responde y vuelve la vista al libro. El se sienta a su lado y suspira mostrando alivio. Tendrá unos 23 años. Un largo y cuidado pelo moreno reposa sobre los hombros de una cazadora fina caqui de múltiples bolsillos, debajo una camisa negra que le da una estampa bohemia. De reojo trata de averiguar el título de la obra que lee su ocasional compañera. No lo consigue y acentúa el gesto. Finalmente, ella se da por enterada y le muestra la cubierta de forma ostensible.

— ¿Ya lo has visto? —le suelta, despojándose de las gafas.

—Ah, perdona, no quería interrumpirte.

—Claro —espera un instante—. Bien, ¿ya lo tienes? ¿Puedo seguir?

—Sí, sí, por supuesto.

Continúa con la lectura. “La Cartuja de Parma” se leía en el frontal y el autor  Sthendal. Arquea levemente las cejas: seguramente nunca había oído hablar de la novela.

—¿Es buena?

—De momento, sí. Aún no la he terminado.

Y de nuevo intenta centrarse en las páginas.

—Yo, una vez, intenté leer un libro tan gordo, pero…

La chica se exaspera.

—¿Es esta tu mejor técnica para ligar? —Le interroga, a la vez que cierra el libro manteniendo un dedo índice como marcapáginas—. Porque te advierto que es bastante burda y poco original. Vamos, que no te auguro grandes resultados con este método.

—No, qué va, ¿has pensado que yo…? No, no. He parado un momento aprovechando mi tropiezo con tu pie. Iba demasiado concentrado en mis pensamientos y entonces suelo cometer torpezas.

—No lo estás arreglando.

—Bueno… sólo te lo explicaba —titubea—. Lo que pasa es que además de la torpeza tengo otro problema.

—¿Otro problema?

La joven extrae del inicio del libro una hoja seca con la que señala la página por donde va leyendo y cerrándolo completamente lo deja a su lado, sobre las tablillas del banco. Se dispone a atender al entrometido chaval: no iba a ser un día idóneo para leer.

—Sí, verás —le cuenta el joven—, es que soy una persona que no puedo permanecer mucho tiempo sin hablar. Siempre estoy expresando una opinión o realizando un comentario o satisfaciendo una curiosidad. Para mí no es un inconveniente, es natural en mí, pero para mis contertulios puede llegar a serlo. Seguro que es tu caso.

—Depende. Cada tema tiene su momento. La cuestión se reduce a saber elegirlo convenientemente.

—Desde luego. Es la forma más adecuada de verlo. Tal vez yo no tenga el don de la oportunidad. Mejor, te dejo leer.

Callan ambos unos instantes. El se recuesta sobre el respaldo, ella toma de nuevo el libro. Al cabo de un rato, la chica comenta:

—Sí, es muy buena.

—¿Qué? —le responde el joven algo desconcertado.

—La novela, claro.

—Ah, sí, sí… por supuesto.

Un hombre desgarbado pasa por delante de ellos sujetando un nervioso boxer que ladra mientras les dirige una mirada inquietante como si fuera el defensor del parque. Ambos se sobresaltan y sonríen forzadamente pensando que así agradarán al perro, por si acaso. El animal oye la voz potente de su amo regañándole y continúa su marcha.

—Francamente —dice ella— parece que hoy no me voy a concentrar, de modo que, ya que estás aquí, me puedes explicar, si quieres, el motivo por el que ibas tan abstraído.

Otra vez cierra el grueso ejemplar y vuelve a dejarlo descansar sobre el asiento de madera.

—¿Quién… yo? Sí, claro, pues iba pensando en… pero, antes de nada, ¿puedo preguntarte cómo te llamas?

—Me llamo Virginia.

—Yo, Ulises. Me alegro de conocerte.

—¿Ulises? —Pregunta con incredulidad— ¿Eres un héroe o algo así?

Le brinda una mueca de resignación, acostumbrado seguramente a escuchar a menudo un comentario parecido.

—Reflexionaba sobre mi futuro, sobre mi destino en esta vida, ¿te parece bien?

—Faltaría más, no seré yo quién se interponga entre tu porvenir y tú.

—Son cosas mías, estoy pasando por una mala época… —agacha los ojos—, pero acabaré por resolver el problema aunque no sea a gusto de todos.

Ella hace un gesto de incomprensión. Una breve ráfaga de viento, con cierta fuerza, aparece de improviso. Se oye, no muy lejos de ellos, la voz de un anciano pidiendo su sombrero.

—¿Puedo preguntarte a qué dedicas el tiempo presente para que te condicione tanto el futuro?

—Me dedico a la música.

Virginia fija la atención en él, manifestando interés.

—¿En serio? Un profesional de la música, qué emocionante. Y, ¿qué clase de música practicas?

—Aún no me gano la vida con ello, no te voy a engañar —replica mostrando simpatía por su espontánea compañera de parque—. Toco en una banda de amigos. Hacemos música entre pop y rock con tintes electrónicos, y algo grunge a veces.

—Qué complicado. Pero si os va bien.

—Ensayamos mucho y de vez en cuando tocamos en pequeños locales de amigos, por aquí por la zona.

—Seguro que uno de estos días un cazatalentos se presentará, os escuchará, pondrá cara de asombro, y se dirigirá a vuestro representante para negociar un sustancioso contrato y lanzaros como los nuevos Rolling del siglo XXI —comenta Virginia imitando los gestos de un serio productor discográfico.

—Ya veo que te gusta burlarte.

—No, lo siento, era una pequeña broma. Me gusta mucho la música, de veras.

El se relaja, no obstante; no parecen afectarle este tipo de chungas.

Se levanta del asiento con agilidad.

—¿Te vas? —pregunta la chica poniéndose más seria— ¿No te habré molestado?

—No, descuida. Tengo que irme ya, pero… como sospecho que tienes la tarde libre, tengo una proposición que hacerte.

—Ya sabía yo que al final…

Ulises, sonriendo, se coloca bien la cazadora en los hombros y se atusa ligeramente la melena.

—Voy ahora al local de ensayo que está muy cerca de aquí. Si te interesa tanto la música, te invito a escucharnos —le propone.

—No sé, no estaba en mis planes —duda Virginia, aunque sin convicción.

—Mis compañeros son unos chavales estupendos y no tocan mal. Además, esta noche actuamos en un pub cercano y podrías venir también.

—Mañana temprano tengo clase en la Universidad.

—El concierto siempre es mejor que los ensayos y, si con un poco de suerte hay público, puede ser hasta sublime­. ¡Anímate! —Abre los brazos en señal de ruego—. Debo recompensarte por haber tropezado contigo y fastidiar tu apacible tarde de lectura.

—Realmente nunca callas, ¿eh?… Está bien —acepta finalmente—. Te acompaño, aunque no sé si podré ir a la actuación.

Virginia guarda el libro en su bolso, se pone en pie y comienzan a caminar juntos hacia la salida del parque. Él la mira con entusiasmo; ella parece aún algo sorprendida, pero se mueve con determinación.

Salen del frondoso jardín público por una puerta practicada en una imponente verja negra, con boliches en las puntas, dorados como el aceite. Abordan una glorieta diminuta y rodean la fuentecilla central de la que mana agua por la boca de unos grifos incrustados en la piedra. Van charlando, sobre todo él, que además gesticula con profusión. Recorren con paso firme un entramado de callejuelas de barrio histórico.

Al desembocar en una calleja más estrecha si cabe, Ulises le indica la entrada a una especie de almacén.

—Es ahí.

—Vaya, está bien escondido. ¿Es para que no os oigan los vecinos?

El chaval le sonríe la ironía. Pasan al interior donde, desde un minúsculo recibidor, se accede a una sombría estancia de no más de cincuenta metros cuadrados de techo elevado. Un extenso ventanal situado en la pared de la izquierda a unos tres cuartos del suelo aproximadamente facilita la luminosidad. Al fondo, se encuentran dispuestos los instrumentos: guitarra, bajo, teclado electrónico y batería. En esta, se halla acomodado el que debe ser el encargado de la percusión. Otros dos están charlando de pie, en el lateral derecho. Se vuelven cuando Ulises los saluda al aparecer por la puerta.

—¡Buenas, chicos! Espero que no hayáis empezado sin mí.

—Descuida —comenta el batería—. Sin el genio no damos ningún paso.

—¿El genio? —susurra Virginia divertida.

—¿Y ella? —dice otro de los componentes— Ah, por fin vamos a tener una cantante de acuerdo a nuestro nivel. Ahora seremos una banda potente.

—No es una cantante —replica Ulises—, sólo es una amiga y la he invitado al ensayo y… si quiere… ¡a vibrar con nuestra gran gala de esta noche!

Lo expresa silabeando las palabras y aumentando el tono final como si fuera el director de un circo presentando las atracciones; de fondo, se oye un redoble acompañando al anuncio. Todos, incluida Virginia, ríen.

Se reúnen en el centro de la sala, menos el percusionista que prefiere mantenerse en su “atalaya”.

Uno de los componentes, de aspecto infantil y desgarbado, que viste un chaleco negro sobre una camisa estampada muy chillona, se da a conocer.

—Soy Mateo, espero que te guste nuestro sonido. ¿No estarás metida en el rollo de las discográficas, verdad?

Virginia repara, antes de darle dos besos, en sus finas cejas que le confieren una mirada dilatada como la de un búho. Mateo nota su vez el aroma fresco de su tersa melena al rozar sus mejillas.

—Este es Quino, se encarga de los teclados —presenta Ulises al otro compañero—. Y sin despegarse de su batería, está Ricky.

—Encantada de conoceros.

Todos son de edad similar. Virginia se siente relajada en una atmósfera tan acogedora, a pesar de un marco algo miserable. Percibe una soslayada inspección por parte de todos, aunque la más intensa es la de Mateo que, sin pedir permiso, se aferra ligeramente a su brazo. La conduce hacia la zona derecha hasta una mesa de saldo adosada a una pared amalgamada de pintura y yeso. Junto a la mesa un raquítico frigorífico.

—Tómate algo que encuentres por ahí: cerveza, coca-cola o algún zumo, si  queda —le ofrece Mateo, mientras la chica se acomoda en un taburete de madera sin pulir.

—Gracias, no te preocupes por mí, no necesito nada ahora.

—¡Bien, chicos! —llama la atención Ulises dando una palmada—, pongámonos a la faena, tenemos que ensayar el repertorio de esta noche y terminar de elegir el orden de las canciones. Así que, manos a la obra.

Se dirigen al simulado escenario y se ubican con sus respectivos instrumentos. El grupo queda dispuesto para empezar el ensayo.

Al tercer toque de las baquetas de Ricky, surgen los primeros acordes y el local sufre una transformación. El sonido envuelve completamente el espacio y Virginia se impresiona.  El tabique situado tras la banda parece tomar vida. Está empapelado, a modo de collage, con un sinfín de carteles y fotografías de bandas míticas de todos los tiempos —Yes, U2, Sonic Youth—, anuncios de conciertos de Bruce Springsteen, del Festival de Benicàssim y muchos otros menos reconocibles. La tenue luz blanquecina proveniente de dos fluorescentes a punto de fenecer mantiene el escenario en una graciosa penumbra. Virginia decide otear el resto de la estancia, mientras oye de fondo los temas que van interpretando. En la pared de enfrente a ella, bajo el ventanal, cuelga una especie de armario de cocina, un poco torcido. Sin duda, debe de guardar partituras, cables, enchufes y otros elementos del atrezo. No parecen necesitar demasiada infraestructura. Acometen una nueva canción con un contundente rasgueado de Mateo. Ella continúa su inspección. Dirige su vista a la puerta exterior. De un mortecino beige moteado, está completamente arañada y despintada. Parece tener los días contados ya que la bisagra superior está medio al aire. Casi sin descanso se van sucediendo temas con diferentes ritmos. Virginia se fija ahora en la mesa que tiene al lado porque ya no existe más mobiliario que curiosear. A parte de bebidas, observa con desagrado que hay un par de platos con sándwiches, uno de ellos a medio acabar, y una fuente de plástico con frutas que no se atreve a identificar. Un poco más allá, el minúsculo frigorífico, similar al de los hoteles. Se acerca y lo abre con cuidado; ladeando la cabeza vislumbra apenas un par de coca-colas y una botella de whiskey barato entre varios botellines de cerveza.

Se centra ahora en el grupo y con un pie sigue el ritmo. Mientras Ulises se concentra en sus manos al acariciar el bajo, Mateo empuña su guitarra con gesto sobrado y mantiene su vista en Virginia ofreciéndole un elocuente gesto como si fuera una dedicatoria. Ella asiente con la cabeza, dando a entender que le gusta lo que está escuchando.

Terminan el repertorio: unos tres cuartos de hora de música. Debaten entre ellos y deciden cambiar el orden de las dos últimas canciones y dejan otra para un posible bis, por si salta la liebre, dice Ricky, el batería.

—¿Qué te ha parecido? —quiere saber rápidamente Mateo.

—Sois buenos y las canciones tienen garra —responde la chica—. Yo no soy entendida, pero me han impresionado.

—Estarás en el concierto entonces, ¿verdad? —le pide Ulises acercándose hasta su ubicación, mientras Quino y Ricky se juntan para comentar entre sí detalles del ensayo.

Se da un tiempo antes de contestar. Se fija en Mateo que se está rascando el pelo con cierta gracia, y finalmente responde con un deje de complacencia.

—Sí, vale. Me pasaré después de ir a mi casa a cambiarme.

—Bien, bien, bien. Es a las diez en el Pub Milsabores. Ahora te escribo la dirección, está muy cerca de aquí.

Virginia llega al pub pasadas las diez y comprueba que acababa de empezar la actuación. El lugar es bastante pequeño, con luces fijas de colores sutiles. Unas treinta personas. Las hay que están sentadas en mesas bajas con pufs alrededor y otras que se acomodan de pie en la barra o cerca de ella. Un camarero le pregunta si quiere tomar algo.

—Una coca-cola con mucho hielo —pide mientras dirige su interés hacia el escenario.

Es minúsculo, apenas se pueden mover los cuatro componentes de la banda. Ulises y Mateo hacen filigranas para adaptar sus instrumentos al reducido espacio, sin chocarse entre ellos. Los observa mientras bebe algunos sorbos. No suenan igual que en el local de ensayo, allí la acústica era mejor a pesar de lo cutre del lugar. Quizá la pequeñez del club, sus techos bajos con tanto adorno, el apretado murmullo de la gente, no hacen de este sitio el más idóneo para conciertos musicales.

Se aproxima por un lateral procurando no tropezar con la gente y encuentra un hueco desde el que contemplarlos con más facilidad. Como en el ensayo, apenas hacen descanso entre una y otra canción, lo justo para nombrar el título de la siguiente. Virginia recorre la vista por todos ellos. La batería resuena llevando el compás con suficiencia… Quino mantiene un sonido enérgico en su teclado… Ulises toca y canta con mucha profesionalidad… Cuando llega a Mateo, se da cuenta de que la ha identificado y percibe señas en su rostro. Con un leve movimiento de los dedos de su mano derecha, ella se lo agradece. El chaval se muestra feliz con el gesto y se sumerge en la música.

A su lado, sentados en una de las mesitas, una pareja treintañera sigue el ritmo con pasión. Virginia escucha los comentarios.

—Esta canción es nueva, ¿verdad? —Inquiere la mujer y añade—: No la he oído antes, la habría reconocido.

—Creo que sí —responde su compañero sin desviar la vista del escenario—. Mateo me comentó que entre Ulises y él habían compuesto varios temas nuevos y que los estrenarían hoy.

—Me gusta, tiene emoción… ¿cómo se titulará?

Virginia parece querer intervenir pero no conoce nada del grupo así que no puede ayudar a la pareja. Ella habla con suave acento francés. El, de vez en cuando, le pasa un brazo por la cintura y mantienen el compás al unísono. Al acabar la actual canción, la francesa se vuelve hacia Virginia.

—Estás en un sitio muy estrecho, casi no te puedes mover, ¿quieres sentarte ahí delante de nosotros? Pasa por aquí.

—No, no, gracias, estoy bien. Además me tengo que ir enseguida.

—Como quieras.

El concierto avanza y la gente se agita. Parece que está gustando y finalmente cierran con la canción prevista en el ensayo. La audiencia aplaude con entusiasmo y pide otra más. Ulises arquea las cejas con delirio y con una señal ordena al resto del grupo el comienzo del bis que tenían preparado. El escaso pero rendido público jalea la decisión. Concluyen el show entre grandes alborozos. Los chavales están entusiasmados. Bajan del escenario.

—¡Eh, Mateo… acércate! —Le llama la voz afrancesada.

Consigue llegar saltando algunos asientos, mientras devuelve con escuetas gracias las palmaditas de las personas que encuentra en su recorrido.

—Hola, Silvie, ¿qué te ha parecido?

—Me habéis deslumbrado, muchacho.

—A mí también, están muy logradas las canciones nuevas —apostilla el compañero.

—Os lo agradezco a los dos —les responde mientras con la mirada da una batida a su alrededor— ¿Habéis visto a una chica rubia que andaba por aquí, cerca de vosotros?

—Sí, había una joven justo detrás nuestro que parecía muy entusiasmada, ¿verdad, Arturo?

—Es que no la veo y tenía que hablar con ella.

—La invitamos a sentarse pero no quiso porque iba a marcharse pronto. Seguramente lo habrá hecho.

Mateo contrae el semblante y escapa hacia la barra. Pregunta a los camareros y uno de ellos le confirma que una chica sola que se ajusta a la descripción que le acaba de facilitar, le preguntó por una parada de taxi y salió poco antes de acabar el concierto. Vuelve apesadumbrado con sus amigos.

—¿Pero qué te ocurre? —Se interesa Silvie—. No me digas que habías quedado con esa chica y te ha dado plantón.

La gente del local comienza a reacondicionarse para pasar el resto de la velada tomando copas y charlando. Algunos desfilan hacia la salida. Quino y Ricky están en la barra tomando una cerveza. Charlan entre chispeantes risotadas, algunos los saludan y les propinan halagos. Parecen sorprendidos o, más bien, poco acostumbrados. Mateo divisa a Ulises a lo lejos y lo insta a acercarse con un movimiento enérgico de la mano. Al principio no hace caso, está hablando muy animadamente con un grupo de personas. Se le nota exultante, pero ante la insistencia de su colega opta por aproximarse.

—Hola, ¿os ha gustado? —Se dirige primero a la pareja—. Ha sido nuestro mejor concierto hasta la fecha. Estoy entusiasmado.

—Hola, Uli —se adelanta Arturo—, habéis estado sensacionales. Esos nuevos temas… son fantásticos. Estáis mejorando muchísimo. Pronto en escenarios más grandes, ¿eh?

—Gracias, gracias, realmente creo que estamos encontrando nuestra línea —comenta el chaval algo ruborizado.

Mateo le llama la atención golpeando su hombro levemente.

—¿Has visto a Virginia?

—No, no la he visto —niega su amigo—. Supongo que finalmente no habrá querido venir. Para ella era un compromiso. Tenía su punto, ¿eh?

—Sí, sí que vino, estaba aquí mismo, junto a Silvie y Arturo… pero parece ser que se marchó, ¿verdad? —la pareja asiente al unísono. Mateo irritado añade—: Ni siquiera sabemos un teléfono suyo, ni dónde vive.

—Y qué más te da, si la conoces muy poco.

Mateo hace un gesto despectivo a Ulises, pero este, sin hacerle más caso, regresa con presteza al corrillo donde antes hablaba animadamente.

—Vaya, así que es cierto que te va esa chica —insinúa Silvie con aires de madre comprensiva—. Supongo que alguna necesidad le habrá obligado a irse tan pronto, pero me fijé en que te miraba con cierta ternura, estoy segura. Me parece a mí que vendrá por aquí más a menudo. ¿Es tu…?

—No, qué va —se apresura a explicar Mateo—. Acudió esta tarde con Uli al local. No sé dónde la conoció. Después la invitó a venir al concierto.

Silvie asiente. El chaval continúa con tono triste.

—Sólo quería hablar con ella un rato al terminar porque durante el ensayo no hubo tiempo. No hay más historia, en serio —Mateo refugia la mirada en el suelo.

Arturo le pasa un brazo por el hombro y, con una sonrisa de complicidad, trata de animarle.

—Tranquilo, hombre. A mí me parece bien que vayas detrás de ella; hacía mucho que no te veía esa cara de interés por una chica. Al menos desde que pasó lo de…

—¡Arturo! —Le grita Silvie, regañándole con la cabeza—. Tienes la sensibilidad en el trasero.

—No importa —les calma Mateo—. La verdad es que tienes razón. Desde que murió Diana no me había fijado aún en ninguna chica, pero hoy… no sé por qué… he visto la figura de esa chica y su cándida y, a la vez, decidida expresión me han alterado. No lo niego.

La mujer francesa suspira hondo.

—Nos alegramos mucho de que vayas superando aquellas circunstancias. Ya hace año y medio de aquello, y tú eres demasiado joven para no plantearte una vida totalmente normal. Sin olvidar, pero pasando página, ¿verdad, Arturo?

—Desde luego —corrobora—. Has de seguir adelante, te lo hemos venido diciendo en los últimos meses.

—Pero ya veis lo caótico que soy, ni se me ha ocurrido pedirle un teléfono o alguna forma de contacto —cierra los ojos—. Y ahora se ha esfumado.

Silvie le agarra una mano y trata de reconfortarlo.

—No te preocupes. Si a ella también le atraes y yo así lo creo, volverá y te encontrará.

A Mateo le suena a proverbio de Confucio, pero le sirve para reanimarse. Piden nuevas copas y cambian la temática de la charla para zanjar la cuestión por esta noche. Hablan de música, apartado que le sirve a Mateo de cobijo, como le recuerda la cariñosa pareja.

Ya en casa, Arturo y Silvie se disponen a acostarse: son cerca de las cuatro de la madrugada. Están satisfechos de la velada. Ella tiene un rostro sedoso y noble tras desmaquillarse y limpiar su piel con pocas pero estudiadas cremas nocturnas. Él, más mayor en edad y más proclive a refunfuñar, la espera con resignación.

—Ojalá empiece por fin a desembarazarse de sus miedos y de su aislamiento —comenta Silvie mientras se introduce por el lado derecho de la amplia cama del matrimonio. En un borde de la mesilla deja la loción de manos que acaba de untarse.

—¿Quién?

—Quien va a ser: Mateo, claro está.

—¡Ah, sí!, Mateo, desde luego —ratifica Arturo mientras se acomoda en el interior de las sábanas—. Pero, cielo, no te olvides que perder a la novia de toda la vida de esa forma tan cruel… porque mira que fue lamentable, ¿no crees? Menudo hecho tan absurdo: ese estúpido incendio provocado por un petardo que se cuela por la ventana y prende en las cortinas. La casa entera ardiendo en unos minutos y la pobre chiquilla, al intentar sofocar el fuego, queda atrapada por unas llamas salvajes… realmente enloquecería a cualquiera por muy joven que uno sea.

—Lo sé.

La habitación guarda un emotivo silencio. Ella aprovecha para darle un beso, que su marido devuelve con efusión.

—¿Mañana trabajarás? —quiere saber Arturo.

—Sí, he quedado con Alfonso, el modelo. Voy muy despacio y tengo que avanzar como sea —le responde su mujer mientras observa ensimismada el techo del dormitorio—. He de acabar la escultura antes del verano. Es lo que me he propuesto.

—Estupendo, buenas noches.

—Buenas noches.

Son ya las once y cuarto de la mañana y aún tiene la cocina con las sobras del desayuno encima de la mesa del office. No ha oído a Arturo levantarse y arreglarse. Supone que lo haría a su hora habitual, a eso de las nueve y media. Se despediría de ella al marcharse pero no lo recuerda bien: anoche volvieron más tarde que de costumbre y se encontraba muy cansada. Por eso amaneció pasadas las diez. Y a las once y media aparecería Alfonso para posar. Su expresión se crispa y trata de poner todo en orden con la mayor celeridad que puede. A los cinco minutos suena el timbre. Con un “¡Oh, la, la!”, Silvie se sobresalta y acude a abrir la puerta.

—Pasa, ya conoces la casa —le saluda con fastidio porque se ha adelantado a la hora convenida y no ha podido terminar las tareas caseras—. Ve al taller y cámbiate, estaré en un momento contigo.

El taller es una pequeña habitación al final de un alargado pasillo. Dispone de un ventanal de tipo rústico que a estas horas de la mañana, en un día claro como el que ha amanecido, ilumina todo el espacio. Alfonso es un chaval de unos 20 años, muy esbelto, poco musculoso y de piel muy blanca, al estilo de un turista nórdico.

Cuando Silvie entra en el estudio, él ya está dispuesto en un rincón sobre el que incide la luz de forma lateral. Se ha colocado una túnica color crema bien anudada que le llega hasta los pies: parece un senador romano.

—Veo que ya tengo preparado a mi hermoso y distinguido patricio.

Alfonso sonríe nervioso. Silvie destapa la escultura con la que está trabajando. Asombra por su dimensión, es de tamaño natural. Aún no se aprecian bien definidos los rasgos.

—¿Preparado?

El chaval asiente.

—Hoy me dedicaré al cuerpo, confío en que en una semana pueda refinar bien estas líneas.

Comienza a amasar pasta arcillosa y la va colocando en aquellos lugares que necesita cubrir. Con las propias manos y, a veces con ayuda de pequeñas espátulas, va formando las curvas y las profundidades de los pliegues que delimitan la figura.

—¿Cuéntame, cómo van tus clases de danza?

—Bien —se sobresalta, debía de estar encerrado en sus pensamientos—. Se hace duro, pero qué le vamos a hacer.

—Tu madre te sigue agobiando, ¿no?

—Pues a veces —su rostro refleja una evidente congoja—. Sobre todo, cuando me toca dar la clase con ella.

—Seguro que es bastante estricta. No debe ser fácil tener a tu propia madre como profesora.

—El problema es que siempre me elige como ejemplo para sus explicaciones y eso me pone demasiado nervioso y… en muchas ocasiones los ejercicios no me salen como ella quiere y se irrita.

—Entiendo —asiente Silvie comprensiva—. Procura no mover la zona de los hombros, habla pero mantén erguida esa parte… Así, muy bien.

Seguramente prefiere que hable porque así su postura se tensa menos, es más relajada. El muchacho es un buen modelo, obediente y comedido. Se nota que Silvie le tiene aprecio.

—Pero sigues pensando en dedicarte a otra cosa que nada tiene que ver con la danza, ¿no es así? Querías ser… no recuerdo bien, botánico…

—Biólogo marino —corrige Alfonso.

—Eso es, biólogo, que no me venía a la cabeza —reconoce Silvie mientras da un paso hacia atrás para verificar su última acción en la escultura—. Y por eso, realizas estos trabajos extras, ¿verdad?

—Sí, tengo intención, cuando reúna lo suficiente, de matricularme en la Escuela Oceanográfica de las Baleares; este verano mismo si puede ser.

—Veremos como lo lidias con tu madre, ¿eh? Ella que fue en sus tiempos una gran artista del ballet y la danza clásica —Silvie comprueba como la expresión del chaval se ha vuelto angustiosa y se arrepiente de haber hecho el último comentario.

Alfonso no contesta, aún no sabe cómo acometerá ese trance, pero parece tener clara su decisión. Tras algo más de una hora, Silvie se restriega la frente y suspira con profundidad.

—Si no tienes inconveniente, hoy lo dejamos aquí, estoy algo cansada y poco lúcida. He dormido poco, ¿sabes? —Le aparece un bostezo que enseguida tapa con una mano—. Ve a cambiarte.

En la cocina Silvie se prepara un analgésico efervescente y con el vaso burbujeante se dirige al salón para esperar a que su modelo recupere las vestimentas modernas. Cuando está listo le paga lo estipulado.

—Gracias por venir, te espero la semana que viene —se despide— Ah, y mucha suerte.

Alfonso llama al ascensor mientras oye cerrarse la puerta del piso. Sale al exterior y se funde, en la céntrica calle donde vive la escultora, con la corriente de personas que fluye en todas direcciones a esta hora del mediodía.

La academia de danza se encuentra ubicada en una especie de palacete reformado que tiene un jardín apenas cuidado, lleno de matorrales medio secos. Sus dos pisos albergan las diferentes clases que ofrecen estudios básicos en danza, ballet y baile clásico. Al menos eso reza la placa atornillada en un lateral del portalón de entrada.

Alfonso acaba de terminar su clase y se dirige a la salida del aula, junto a otros alumnos.

—Sito, hijo, ven un momento.

No vuelve la cabeza, hace como que no ha oído, mezclándose entre el murmullo de los compañeros. Pero su madre lo alcanza.

—Espera, que quiero hablar contigo.

Ahora debe hacer caso, no puede disimular más y regresa conducido por su madre hasta el centro de la sala ya vacía. Una vez cara a cara, la madre dice con tono enigmático:

—Tengo que comentarte algo para que te lo pienses y lo valores. Tómate tu tiempo, ¿vale?

Alfonso tiembla. No sabe qué le va a decir pero presume que tendrá que ver con la escuela. Su madre continúa.

—Me han propuesto crear para este verano una función de bailes clásicos y hacer una gira por ciudades pequeñas, con el fin de fomentar nuestro arte y conseguir alumnado para abrir nuevas escuelas —la cara de la madre se ilumina en ese instante—. Y he pensado que seas tú el primer bailarín. Prepararemos entre ambos aquellos números que más te convengan y así será todo más sencillo. ¿Qué te parece, hijo?

Alfonso enrojece. Su madre, a pesar de haberle ofrecido tiempo para la decisión, está ansiosa por recibir una respuesta afirmativa, pero su hijo no consigue articular palabra, así que prosigue.

—Fíjate, podremos hacer turismo, bañarnos en el mar cuando lo tengamos cerca, y por la noche alguna juerguecita y bailoteo moderno también, si quieres. Si tu padre viviera, seguro que se apuntaba como loco. Dime, Sito, ¿cómo lo ves?

Casi sin dejar terminar la perorata a su madre, Alfonso sale huyendo del aula en dirección desconocida.

—Sito, dime algo… ¿dónde vas?… ¡Sito!

Pero Sito ya no oye a su madre.

—Margarita, qué te ocurre que llevas esa cara tan descompuesta. Anda, ven a tomar un café si no tienes clase ahora.

Margarita y su interlocutor entran en la cafetería de la escuela y se acomodan en una mesita libre del fondo. Hay bastante gente en ese momento.

—¡Joaquín, muchacho! —Vocea el hombre—. ¡Dos cafés con leche, uno de ellos con sacarina!, ¿te parece bien, verdad?

—Gracias, Leandro.

—Bien, y ahora cuéntame lo que te sucede —la observa y pretende rápidamente adivinar—. Tu hijo, claro. De nuevo se siente acomplejado por su madre, la profesora. Ya te he dicho mil veces que no deberías darle clase tú misma: hay más profesores.

El camarero se acerca y dispone las dos tazas de café encima de la mesa con sumo cuidado. Se retira enseguida porque le reclaman con variopintas llamadas.

Margarita medita mientras echa la sacarina en el café, mira a su colega y hace una un leve movimiento de negación con la cabeza. Leandro sorbe con cautela su taza porque debe de estar ardiendo; la deja lentamente en el platillo y observa la afligida expresión de ella.

—Estás más abatida que de costumbre —le indica con dulzura—. Algo pasa con tu hijo que no llegas a comprender, ¿me equivoco?

Margarita confirma con un ligero ademán. Leandro trata de ofrecerle una justificación.

—Mira, tal vez nos excedemos pretendiendo que nuestros hijos sigan la senda de nuestros propios sueños, pero por más que nos empeñemos, si han decidido ir por su propio camino, al final lo harán y, mucho me temo que si no lo remediamos, terminarán odiándonos por nuestra obsesión. Yo he comenzado a advertirlo con el mío.

—A Sito lo he perdido ya, seguro —exclama con resignación.

—Tu hijo es muy sensible y necesita más tiempo.

—No, esta vez creo que la situación es irreversible, lo siento aquí —y se señala el corazón, respirando profundamente.

—Pero, ¿qué ha pasado exactamente?

El murmullo general de la cafetería crece y Leandro acerca su rostro para escuchar mejor. Margarita intenta explicárselo.

—Le he propuesto la gira de baile clásico del verano, ya sabes que yo soy la coordinadora, y le he manifestado mi intención de que fuera el primer bailarín. Mi único deseo es que disfrutemos juntos del baile y el montaje de este espectáculo puede ser una gran oportunidad para que aprecie lo que se siente formando parte de una experiencia real. En las últimas semanas le notaba muy ausente, más de lo habitual, y supuse que esta proposición le animaría… pero, cuando se lo he sugerido, ni siquiera se ha dignado a decirme una sola palabra y ha salido corriendo como un animal embravecido.

—Le habrá pillado de improviso, mujer, y por eso ha reaccionado con esa brusquedad.

—No, no, sé que no va a volver, lo conozco bien. Estoy segura de que tiene tomada alguna decisión.

El compañero sigue intentando rebajar la negativa impresión de Margarita.

—Es joven e impetuoso. Verás como cuando asimile la sorpresa, volverá y se interesará por los detalles de tu propuesta.

—De verdad, Leandro, créeme —insiste—. Intuyo que me va a comunicar, más pronto que tarde, que deja la danza para dedicarse a otro tema. No sé cuándo tendría pensado decírmelo pero la historia de hoy, seguramente habrá provocado que anticipe su decisión.

—Estás muy pesimista, Margarita, con lo tenaz que tú eres.

—Lo he perdido, Leandro, lo he perdido.

Unos ojos sometidos producen desazón en el hombre que posa una mano sobre la de su colega tratando de consolarla.

—Lo he perdido —repite—. Espero que a ti no te ocurra lo mismo con tu hijo.

Y es Margarita quien aprieta ahora con desesperación sus manos contra las de Leandro.

Suena la novena de Beethoven. Leandro la escucha desde un pasillo lateral del auditorio del Conservatorio Municipal, sigue el ritmo con pasión y observa a los componentes de la orquesta como si él personalmente los estuviera dirigiendo. Mueve la cabeza, agita las manos, tararea el pasaje. Menos mal que en la semipenumbra del patio de butacas no se percatan de su presencia. Termina la pieza y el director comunica a sus pupilos que tienen quince minutos de descanso. Leandro aprovecha para acercarse al proscenio donde, entre el tumulto generado, localiza a su hijo al que chista a la vez que sacude la mano. Cuando este lo reconoce, deja el violonchelo con el que había participado en el ensayo y baja con desidia al encuentro de su padre.

—¿Qué haces aquí? —pregunta el hijo con cierta irritación.

—Nada especial —responde el padre colocando la mano en el hombro derecho del joven—. Tenía libre y me apetecía hacerte una visita. Y de paso ver cómo vas mejorando.

 —Y comprobar también si le estoy dedicando el tiempo que crees necesario, supongo.

—No empecemos. No he venido a que nos amarguemos.

Leandro sigue a su hijo cuando este se introduce por el interior de una de las filas de la platea. Ambos se sientan en sendas butacas incómodas y estrechas que no permiten mantenerse cara a cara, lo que molesta claramente a Leandro.

—¿Hay algún problema, Ulises? ¿Te noto muy frío? Si el ensayo no ha ido bien, no te preocupes: esta música requiere tiempo y paciencia. En mis tiempos soportábamos  muchas horas de esfuerzo y muchos enfados del director —dice sonriendo—, pero merece la pena. Pronto lo verás.

—Nunca entiendes nada. Me trae sin cuidado el ensayo, ya lo sabes.

El padre intenta girar el cuerpo para enfrentar la mirada.

—Se trata de tu “otra” música, ¿no es eso?

—Mi “otra” música, como tú dices, es “mi” música.

—A mi no me importa que para divertirte de vez en cuando, toques también con tus amigos en ese grupo de rock, cómo lo llamáis… Los Clarividentes, o algo similar…

—No toco en ese grupo para divertirme —le corta el chaval secamente—. Es la música que quiero hacer.

—Ulises, hijo, no hay futuro por ese camino —Leandro se pone paternal—. En cambio, una orquesta clásica te va a dar muchas más satisfacciones y oportunidades, además, en cuanto a calidad… en fin, esta música —y señala el escenario con su brazo extendido— no admite comparación obviamente.

—¡Pero de qué hablas! Siempre lo mismo, no te entra en la cabeza: es un tema de sentimiento. Yo no siento “esta música” por mucho que me empeñe.

—¡Cómo que no la sientes!, pero si tocas de maravilla.

—¡Me da igual! —Ulises alza ostensiblemente la voz, provocando las miradas de algunos compañeros— ¡Esta no es mi música!

Leandro resopla. Su hijo tuerce los labios con rabia, mientras apoya las manos en la butaca delantera. Se condensa un silencio exasperado. No parece haber manera de que padre e hijo lleguen a un punto de acuerdo. La barrera generacional estalla con todo su rigor.

—Será mejor que lo dejemos —trata el padre de apaciguar la situación—. Ya hablaremos del tema cuando estés más calmado.

Ulises se levanta y golpea el respaldo con furia.

—¡No, papá!, el tema está zanjado esta vez. Esta mañana he tenido una reunión con el manager de una discográfica. Nos estuvo viendo en el concierto de anoche y quiere hacernos una prueba.

—Pero, no creerás que… —Leandro en pie se encara con su hijo.

—No creo nada, lo que te digo es que si la prueba sale bien, y ya nos ha adelantado que está buscando grupos de nuestro estilo, grabaremos una maqueta y después posiblemente un disco.

—Bueno, ya lo hablaremos en casa —sentencia el padre mientras comienza a salir del enjambre de butacas.

—¡No!, está todo hablado.

Ulises, con evidente enfado, se encamina hacia el extremo opuesto de la fila coincidiendo con la llamada para reanudar el ensayo. Recorre el pasillo central del auditorio y desaparece por la salida.

—¡Ulises!…

Su padre permanece con los brazos en alto y vuelve la vista al director que, con cara de perplejidad, lo interroga con gestos intentando adivinar lo sucedido. Leandro alza levemente los hombros en señal de dejarlo pasar. En el escenario se están acomodando los instrumentistas en sus respectivas ubicaciones. Tras una muy breve alocución y con la batuta en alto, arrancan con la pieza de Borodin En las estepas del Asia Central. No parecen echar de menos el violonchelo de Ulises, que se encuentra ya caminado aceleradamente por la calle, soliviantado por la enésima bronca con su padre.

Con impetuosidad entra en el parque donde sobrevuelan y canturrean los pinzones y los jilgueros. La gente pasea a esta hora, ya bien entrada la tarde, con parsimonia, aunque alguno transita a buen paso porque probablemente esté atravesando el parque para acortar el camino a casa. En los bancos los hay que leen, los hay que se arrullan y los hay que simplemente miran un entorno que huele a verde y a ocre. Un tímido viento balancea las hojas de los álamos produciendo un sonido transparente.

Por estos senderos termina Ulises caminando cada vez que tiene un enfrentamiento con su padre. Poco a poco se empieza a relajar, deambula sin precisión y sólo se fija en sus pasos. Ya ha realizado varias veces el mismo recorrido, pero no se percata de ello. Ha decidido, por fin, cimentar su rumbo musical. Se lo ha dicho a su padre. Ha elegido unir pasión y sentimiento con su personalidad, con su creatividad y con su destino. Sonríe. Siente el avance de su madurez. Una rama prominente golpea su pecho y ni siquiera se inmuta, está absorto en su regocijo.

Se marcan las huellas de sus zapatillas en el polvo del camino; de vez en cuando patea la arenilla y surge una translúcida neblina delante de sus piernas. Su ritmo no es elevado. La zona del parque es frondosa y variada: árboles centenarios, enjambres de arbustos y setos delineados. No lo saborea. De improviso, su pierna topa con el pie saliente de alguien que está sentado en un banco. No llega a caerse al suelo, sólo roza una rodilla con la arena.

—¡Oh, lo siento! No me he dado cuenta de que molestaba con mi pie —dice una voz melodiosa y femenina.

—No, no… ha sido error mío…

Levanta la cabeza y mira. Ella baja hasta su regazo un libro voluminoso.

—Virginia…, eres tú.

—Mateo…

* * *

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