Homo Supersapiens

     En algún lugar del limbo. Sala de Juntas de la Evolución. Hoy se celebra la reunión anual del Consejo de Administración. Acaba de amanecer. La luz es aún dispersa. Realmente, la luz aquí siempre es dispersa. Los auxiliares están terminando de preparar los materiales de los convocados. Están al llegar.

Unos momentos después, comienzan a congregarse los miembros representantes en el Consejo. Cada uno un voto.

Aparece primero, como es habitual, Australopithecus. Es de tamaño pequeño, fino, delgado, de andares desgarbados, muy desgarbados, dicen los murmuradores que un alfiler arrugado tiene más salero que él. Australopithecus no les escucha, en realidad, no oye, es sordo, es anciano. Se sienta en el fondo de la mesa del Consejo, en el lado izquierdo. Juguetea con sus manos, las mira y las relame. Es algo que le apasiona. El diría (si hablara)  que es una necesidad. A alguno de sus colegas les asquea. Cuando irrumpen en la sala dos nuevos miembros ni se entera.

Habilis y Ergaster vienen enseñándose mutuamente varios útiles que deben haber ingeniado y fabricado desde la anterior reunión. Ergaster mira a Habilis con suficiencia: su herramienta es más elaborada, más práctica. Lo demuestra sin permitir a su colega que le muestre la bondad de la suya; tal vez más arcaica, más primitiva, pero también útil al fin y al cabo, piensa Habilis con resignación. Ergaster es fornido, corpulento, impone su planta. Habilis anda a remolque tras él. Ambos llegan a trompicones hasta sus respectivos asientos, en el extremo final de la parte derecha de la mesa, enfrente de Australopithecus que continua propinando intensos lengüetazos a los dedos de sus manos, y a veces también a los de los pies. No hace caso a sus compañeros. Estos le miran, elevan los hombros con desdén y se sientan. Habilis porta, además de sus utensilios, un gran pedazo de carne fresca que despliega sobre la mesa, salpicando a su alrededor. Esto no suele gustar al presidente que le resulta de mal gusto. Pero como aún no ha llegado, Habilis procede a zampárselo (suele hacerlo con extrema rapidez), no sin antes ofrecer un trozo a Ergaster, que lo rechaza con un movimiento seco de su cabeza.

Un espectacular gruñido tambalea la puerta de acceso a la sala. Asoma Erectus. Siempre haciéndose el interesante. Nervioso, activo, robusto, se nota que le gusta andar de un lado para otro. Seguramente intentará narrar en cuanto pueda y al primero que pueda las aventuras de su último periplo, acompañado de su gente. Con excesivas gesticulaciones contará cómo escalaron aquella montaña que se juntaba con las nubes, cómo atravesaron un río tan grande como la estepa, cómo convivieron con enormes y gigantescos animales —según su siempre fantasiosa apreciación— que pretendían hacer de la tribu su principal alimento. Pero gracias a la pericia de sus congéneres, en general, y a la suya, en particular —a decir de Erectus, por supuesto—, todos permanecieron en este mundo sin problemas. Corre hasta su silla, en la parte izquierda, justo al lado de Australopithecus, pero en vez de hacerlo por el recorrido más corto, se dirige con andares saltarines por su derecha para dar una vuelta más larga a la mesa. A su paso saluda con un gruñido a Habilis (que deglute con fiereza una chorreante tajada de su entrecot) y a Ergaster (que trata sin éxito de mostrarle su instrumento de última generación). Erectus se acomoda por fin junto al más antiguo componente del Consejo que persevera en sus lametazos. Erectus ofrece a su vecino una piedra puntiaguda y muy pulida. El brillo hace reaccionar a Australopithecus que mira el pedrusco con fascinación, alza la vista (es muy bajito) hacia su generoso compañero como pidiendo permiso y al instante comienza a dar chupetones al obsequio de Erectus. Este sonríe abiertamente.

Mientras esto ocurría, ha entrado sin exteriorizar su presencia, como a hurtadillas, un nuevo miembro del Consejo: Antecesor. Es un personaje tímido, de apariencia grácil, poco comunicativo, sobre todo con los colegas que le precedieron (los que ya están acomodados) en sus nombramientos como delegados. Se ha situado al lado de Erectus. Todos —excepto Australopithecus— le miran y le gruñen a modo de saludo sin más.

De pronto, se escucha al otro lado de la puerta de la sala, en la antesala, una especie de discusión. Ninguno de los presentes entiende los improperios, pero se imaginan —excepto Australopithecus— que será lo mismo de siempre. Tras unos momentos de rifirrafe, acceden manteniendo la disputa Neandertal (a la sazón vicepresidente del Consejo) y Heidelbergensis. El origen del acaloramiento no es otro que la prohibición del vicepresidente, aduciendo normas elementales, a Heidelbergensis de acceder a la sala con armas. Heidelbergensis opina que su lanza no es un arma sino el símbolo de su clan. No parece estar de acuerdo Neandertal, que aunque de corta estatura y aspecto rechoncho, expresa una contundente argumentación en ese lenguaje “Hmmm” (mezcla de sonidos guturales y gestos corporales que ambos comprenden y comparten) con la que le insta vehementemente a que deje la estilizada lanza fuera de la estancia. Con cara de pocos amigos, Heidelbergensis accede a las imposiciones del vicepresidente y a continuación se sienta sin su emblema junto a Ergaster y frente a Antecesor. Como viene siendo habitual durante siglos, todo el mundo tiene su sitio predeterminado. Ese cazador no va a aprender nunca, piensa Erectus. Parecen hermanos de leche, piensa Ergaster. Es divertido, piensa Habilis tragando su último trozo de carne. No piensa nada Australopithecus. Neandertal, tras comprobar que todo parece en orden, toma asiento al comienzo de la mesa de juntas, en la esquina del lado izquierdo. Sólo queda por llegar el presidente, Cromañón, que ocupará el lugar de honor al frente de la mesa.

Mientras se espera por su llegada para dar comienzo a la reunión del año, los presentes mantienen miradas de curiosidad entre todos ellos. Tal vez unos y otros tratan de adivinar cómo han evolucionado los demás en el último año. Alguno se examina a sí mismo para comparar. Otro se acaricia la mandíbula para verificar si su prominencia ha disminuido o sigue igual. Varios se tocan la frente con el ánimo de medir su inclinación. Australopithecus ha lanzado a un rincón la piedra de Erectus y ha vuelto a pasar la lengua por sus extremidades.

En estas vicisitudes andaban embarcados los consejeros cuando aparece con movimiento tranquilo y expresión segura el presidente del Consejo. Cromañón fue elegido primer mandatario por unanimidad hacía ya varios miles de años. En opinión de muchos de sus colegas fue elegido por su sabiduría, por su experiencia y, por supuesto, por su capacidad de utilizar ese lenguaje admirable que aunque muchos no entendían bien, les parecía muy agradable de escuchar. Alguno hubiera dicho que esa forma de comunicarse semejaba a la música pero como no la conocía no podía decirlo. En fin, el presidente era para todos ellos el objetivo a conseguir, el ideal.

Cromañón se acomoda en su sillón presidencial (más distinguido y pomposo que el resto de los asientos). Se da un breve instante para pensar. Observa fijamente a todos los colegas y finalmente les saluda elevando suavemente su mano derecha. Todos le devuelven el saludo, cada uno a su manera: alzando igualmente la mano, sacudiendo torpemente la cabeza, propinando berridos varios. Australopithecus le saca la lengua. A continuación comienzan todos a gruñir entre sí y se crea un ligero bullicio.

Carraspea Cromañón con fuerza un par de veces. Todos acallan sus gruñidos. Esta forma de llamar la atención de los reunidos para dar inicio a la sesión fue instaurada por el presidente al principio de su mandato, pero sólo en los últimos doscientos años estaba dando el resultado perseguido. Antes nadie le hacía caso. Por lo visto, todos pensaban que era un tipo de vocablo poco afortunado de Cromañón (sonaba muy distinto a sus habituales expresiones armoniosas) hasta que por fin consiguió hacerles ver que simplemente era un gesto para hacerles callar y congregar todas las miradas en su persona. Incluso Australopithecus eleva en ese momento la cabeza hacia él, aunque sólo la mantiene erguida unos segundos, bien es verdad. Con voz protocolaria, el presidente abre su alocución diciendo: “Como primer punto del día, y antes de repasar los habituales asuntos de todos los años, debo haceros partícipes de un gran hecho singular”. Realiza una pausa y pasea una mirada elocuente por el grupo. Neandertal, el vicepresidente, que entendía con cierta soltura el lenguaje de Cromañón, hace una mueca de sorpresa. No era desde luego usual un principio así. Algunos otros consejeros, al ver la cara de Neandertal, le imitan, sin saber muy bien por qué. Cromañón reanuda el discurso y habla de tiempos pasados, de las diferentes evoluciones que se han ido sucediendo durante miles, cientos de miles de años, de la historia de los clanes, luego tribus, luego pueblos, de los tiempos modernos (que algunos de vosotros no entendéis, se atreve a decir), de los avances sociales, de las civilizaciones, y se aventura a hablar del tiempo futuro, de los adelantos y el perfeccionamiento de la vida. Se detiene. En la pausa, Erectus hace ademán de aplaudir, pero al ver que nadie se prestaba a seguirle, desiste. Cromañón continúa el mitin centrándose precisamente en la época actual y en la que está por venir. Indica que el progreso está dando nuevos frutos, nuevas formas de vivir, nuevas propuestas para encarar las necesidades, el mundo está superpoblado de nuevas especies y más que están por llegar en un tiempo no demasiado lejano. Prosigue poniendo énfasis en que las Eras son cada vez más cortas, de decenas de años en algunos casos, a diferencia de antaño cuando llegaban a ser incluso de millones de años. Nadie entiende a dónde quiere ir a parar, pero les encanta el soniquete de la disertación. Hasta Australopithecus fija ahora su mirada (algo extraviada, eso sí) en el presidente mientras tiene un pie introducido en su boca. Neandertal está, no obstante, muy preocupado, aunque no sabe bien por qué. La última vez que recuerda a Cromañón tan enérgico, tan exultante fue cuando se presentó a presidente para relevarle a él mismo (entonces Neandertal ocupaba la silla principal). En aquella votación todos aclamaron la propuesta sin fisuras. Neandertal también votó a favor al ver que se quedaría más solo que un mamut en la selva australiana, como vulgarmente decían en su tribu. Así estaba siendo el discurso de Cromañón otra vez.

Y no se estaba equivocando demasiado el vicepresidente. Tras casi media hora de charla evolutiva, de hablar de transformación por aquí y por allá, de cambios y desarrollos del género humano, de un futuro aún desconocido pero ciertamente prometedor, el presidente del Consejo pasa a esgrimir la conclusión de su perorata: “Por todo esto, os tengo que decir que la evolución demanda un nuevo miembro en el Consejo”. Con gestos añadidos y expresiones adecuadas, Cromañón hace entender a todos esta última resolución. Casi todos terminan por entender. Australopithecus, no. Le da igual. Se forma un pequeño revuelo, las miradas se cruzan. Neandertal clava sus ojos en el presidente, sin atreverse a exponer una réplica. ¿Un nuevo miembro? Erectus comienza a aplaudir y todos, ahora sí,  le siguen. Bueno, todos menos Australopithecus que en vez de ello se levanta (apenas se nota que se ha levantado), va hasta el rincón donde se posó la piedra de Erectus y allí mismo se acomoda para relamer con gusto la roca pulida y brillante. Y menos Neandertal que no se siente con fuerzas para aplaudir y además presiente próximos males para su especie.

 Cromañón se pone en pie y con gran solemnidad anuncia la entrada del nuevo componente del Consejo de Administración de la Evolución Humana. Penetra un ser vestido con un atuendo estrafalario (eso piensan todos de inmediato): en la parte de arriba una prenda corta hasta la cadera del color de la tierra arada, abierta por la mitad verticalmente, bajo ella, en el interior, otra prenda muy fina y clara, casi transparente, y liado en el cuello una especie de colgante de tela, bastante largo y de colores llamativos (se va a ahogar, cree Habilis). En la parte de abajo del cuerpo, otra prenda que va desde la cadera hasta los pies, curiosamente del mismo color que la parte de arriba, cubriendo cada pierna por separado (incómodo, considera Ergaster). Y en los pies unos calzos fuertes, oscuros y grandes (imposible ir así de caza, se asegura Heidelbergensis). Antecesor se cree obligado a no opinar interiormente. Erectus vuelve a aplaudir. Australopithecus lanza la piedra hasta el rincón contrario y se queda mirando donde ha caído. Neandertal comienza a estar abatido al observar a aquel bicho tan raro.

Cromañón le hace sentar a su vera, en el lado derecho de la mesa, justo en frente de Neandertal. La mirada de este al verlo tan directamente se diría que es casi asesina. El nuevo homo (como vulgarmente llaman a los miembros del Consejo) deposita en la mesa un artilugio que traía bajo el brazo. Habilis y Egaster ponen ojos como platos. ¿Qué será? ¿Para qué servirá? Es una caja rectangular, fina, de un antebrazo de largo, sin aparente cometido. Observan cómo el nuevo abre una tapa que se dobla por uno de sus laterales y aparece en el interior (ambos están ahora tras él contemplando el invento), en la parte superior, una especie de espejo brillante y luminoso y en la parte inferior una amalgama de signos pintados en trocitos cuadrados de no se imaginan qué material. El raro comienza a aporrear con cierta suavidad encima de los signos y la parte luminosa comienza a cambiar de aspecto con inusitada rapidez. Habilis y Ergaster están asombrados, extasiados, casi hechizados. El presidente les hace una señal para que regresen a sus puestos. Ambos obedecen sin rechistar, se han quedado sin capacidad de emitir ningún gruñido.

Mirando al nuevo consejero que ha dejado de manejar su artefacto, Cromañón ofrece al auditorio una presentación oficial. Dice que en el marco regulatorio de la definición de especies homínidas bajo las directrices de la evolución puede decretar el establecimiento de esta nueva especie y que por tanto ha de tener representación en el Consejo de Administración. Detalla sus cualidades basadas en conceptos que allí nadie comprende: ciencia, medicina, tecnología, astronomía, política, cultura, sociedad. Describe los logros que en los últimos cinco mil años se han conseguido. Logros que su especie, Cromañón, también denominada coloquialmente como “sapiens”, no pudo siquiera prever, ni tan siquiera concebir. El presidente alaba la rapidez en alcanzar tantos y tantos avances por parte de la nueva especie homo, algo que los otros homos allí congregados apenas pueden captar. Termina diciendo: “Doy por tanto la bienvenida al nuevo miembro representante de la actual especie pobladora del planeta, a quien nos dirigiremos de momento, dado que aún no está precisado su nombre oficial, como Homo Super Sapiens”.

La sala entera se arranca a aplaudir con brío y acuden en tropel a felicitar al nuevo compañero. Habilis le estira del colgante de tela mientras forcejea para abrir el trasto rectangular. Ergaster le palpa la cara (es su modo de alegrarse) al tiempo que intenta arrebatar el artilugio a su colega. Erectus emite su popular gruñido de enhorabuena. Antecesor se acerca sin mediar palabra. Heidelbergensis sale afuera de la sala con presteza y vuelve con su confiscada lanza para mostrársela al nuevo. Australopithecus no acude, desde su rincón le tira la piedra y le saca la lengua.

Cuando Cromañón consigue apaciguar los parabienes, exige un momento de silencio para concluir que Homo Super Sapiens será el nuevo vicepresidente. “¡Lo sabía!”, ruge con rabia Neandertal y desaparece de la sala como si hubiera encontrado al mamut de la selva australiana en el interior de su cueva. Los demás no se enteran. Australopithecus sale detrás de él con la piedra de Erectus en la boca.

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