No aguanto más

     No, no. Se acabó. No aguanto más. Hasta aquí he llegado. He aceptado que mi padre examine a mis novios, los inspeccione como si fueran cobayas o monos de feria, como si hubieran de pasar unas oposiciones, pero ya está bien, fin. Se terminó la angustia por conseguir su visto bueno cada vez que le presento al chico con el que pretendo salir. No digo ya casarme ni nada de eso. Únicamente empezar a salir por ahí, conocernos y, bueno, lo habitual.

Soy una chica moderna, vitalista, consecuente con los tiempos, pero la falta de mi madre hizo cambiar todo. En su entierro mi padre le confesó a su cuñado Manuel —y mi tío me lo transmitió al acabar el funeral— que no se veía capaz de sacarme adelante él solo. Y eso me dio pena y cierto abatimiento. Mi madre hasta ese momento había sido mi sustento. No me refiero a la manutención y todo eso, claro, me refiero a que siendo hija única había recibido por su parte todo el apoyo, todos los consejos, toda la comprensión que sólo se valoran cuando se empieza a salir del cascarón, como vulgarmente se dice.  Es por ello que, sin estar ya mi madre a nuestro lado, creí que debía ofrecer al bueno de mi padre toda clase de facilidades para ejercer el engorroso papel de encauzar a una adolescente alocada. Y constato que así fue durante varios años: apenas simples disgustos sencillos de resolver, nada de broncas estentóreas, ni de enfurruñamientos introvertidos. La figura de mi madre se me presentaba dulce y apaciguadora cuando se acercaba cualquier encontronazo de opinión con mi padre. Su imagen y el recuerdo de su sustento me obligaban a doblegar el espíritu indómito propio de la edad.

Hasta que llegó la época en que comienzan los escarceos serios con los chicos. Entonces las cosas se hicieron más enrevesadas, claro. La evolución juvenil, supongo. Por eso las cosas tenían que empezar a ser diferentes. Yo había de madurar pero permitiendo a la vez que mi padre siguiera manejando el timón —era de suponer que él mismo así lo deseaba— como mi madre lo hubiera manejado en estas nuevas situaciones. Dejando un poco de lado a la chica avanzada y feminista que creo ser, acepté que mi padre tuviera entrevistas (a veces cenas, a veces simples charlas de sofá) con el chico con el que aspiraba a salir con el único fin de obtener su conformidad. Sabía que era comulgar con ancestrales y caducas tradiciones pero quería mantener la buena camaradería familiar, tal y como había conseguido hasta el momento. Han sido… no digo cientos, que eso sería exagerado, pero un par de decenas de pretendientes sí que han pasado con toda seguridad por el tribunal doméstico.

He de admitir que mi padre es un portento de amabilidad, de cortesía (todas mis eventuales parejas coincidían plenamente en tales apreciaciones), de comprensión incluso por los problemas de la juventud y sus “neuras”. Mi padre es capaz con su cálido acento reposado y su labia ingeniosa y sutil, en ocasiones adornada de un fino gracejo, de encandilar y dejar con la boca abierta a cuanto opositor tenga enfrente. Por eso, en el fondo, aparte de mi determinación por facilitar las relaciones paterno-filiales, ese carácter suyo abierto y subyugante, a su vez me evita en la mayoría de las ocasiones plantearme siquiera réplicas en los previsibles contrastes de parecer entre padre e hija. Estoy segura de que él, desamparado y asustado, siempre me lo ha agradecido internamente.

Lo que finalmente no ha podido ser —juro que lo he intentado con todas mis fuerzas y mis noches de lágrimas me han costado— es que los pobres muchachos acepten con resignación los constantes insultos, exabruptos sorpresivos e improperios con saña que de improviso y sin ninguna causa aparente mi padre les propina sin poderlo remediar. Sí, hay otro padre, otra persona metida en el afable ser que habitualmente es. No es culpa suya, lo sé. Pero las consecuencias, cielos, las consecuencias son horribles. Ese tic compulsivo, obsesivo, inconsciente e inevitable, que comenzó a las pocas semanas de la pérdida de mi madre, ha ido acrecentándose y, según expresó el neurólogo que trataba su desorden (síndrome de Tourette, decía el informe que el doctor me permitió leer), las situaciones nerviosas o inciertas (y los exámenes a mis novios desde luego que lo son) tienden a provocar y exacerbar el comportamiento disonante e ineludiblemente destructivo. Realmente, las situaciones cotidianas en las que mi padre padece la alteración son pocas y muy controladas. Y nunca contra mí, únicamente hacia aquellas personas ajenas o de poco trato, en general. Algún mecanismo interno en el cerebro controla el destinatario de las maldiciones. Así, la necesaria relación de mi padre con mis pretendientes en proyecto incidió en el incremento de su compulsión. Mi preocupación en pura lógica ha ido también en aumento, lo cual además ha producido un efecto devastador en su trastorno. Cuanto más nota mi sufrimiento y mi congoja, más difícilmente evita sus arrebatos malsonantes. Pese a las posteriores justificaciones y explicaciones desesperadas, mis amedrentadas parejas se derrumban siempre sin remisión con los vituperios que reciben y, en ese punto, el escaso vínculo aún no formalizado suele concluir.

Por eso, no aguanto más. Se acabó.

Digo todo esto ahora. Alto y bien alto. Ya lo puedo decir sin seguir flagelándome y amordazándome a mí misma. Lo digo ahora mientras estoy leyendo la respuesta que me envía Sor Virtudes. Qué bien suena: Virtudes. Me pregunto cuál será mi apelativo. Espero que lo pueda elegir. Aunque no sé las normas respecto a esto. ¡Qué nervios! Estoy arrugando sin darme cuenta el papel brillante y limpio de la carta antes de terminar de leer todo el contenido. Sí, aquí lo dice bien claro y subrayado: me aceptan. Se acabaron mis desdichas.

Quiero a mi padre, quiero lo mejor para él y quisiera también lo mejor para mí, eso que desde siempre había soñado: mi familia, mi propia familia, mis hijos, mis descendientes. Pero sé que es imposible. Imposible porque sólo se me ocurre una solución efectiva: huir. Pero no. Imposible huir. Mi madre está ahí, en la cabecera de mi cama, cada noche, para decirme que eso no es lo que ella me aconsejaría. Así pues, imposible abandonar a mi padre para tomar un camino personal e independiente. Porque estaba claro que la única manera de tener una pareja estable y convencida, de conseguir llevar una vida junto a nuevos seres queridos habría de pasar por tener a mi padre lejos de ellos, sin ningún contacto, sin tenerlos atormentados cada vez que una lógica visita pudiera suponer una circunstancia proclive a que el síndrome actuara sin remedio. Y además yo no me veo estando lejos de mi padre. Imposible también. Mi padre —que es mi madre a la vez— no soportaría perderme para siempre. Ni yo tampoco, claro está. Y termino de leer cómo las monjas benedictinas del convento de Santa Arcadia me aceptan. El día 15 del mes que viene he de presentarme. Con el equipaje justo, me dicen. No sé cuál será para ellas el equipaje justo. No especifican. Supongo que será la ropa interior, el aseo personal y poco más. Deduzco que el resto me lo ofrecerán de su ajuar. En fin, ya lo veremos.

Lo mejor es que me aceptan con mis condiciones. En realidad, no son condiciones en plural. No. Es más bien mi condición. Sólo una. En singular. Sólo una condición que ha de valer por toda una nueva vida de resignación. Es esta: Mi padre ha de poder visitarme tantas veces como quiera. Eso sí, ya les avisé en mi solicitud que no debía tener apenas contacto con ningún miembro de la comunidad, so pena de que el convento pueda acabar desquiciado. Al menos, al principio. Imagino que sus primeras visitas serán las más difíciles. Tiemblo al pensar cómo se lo tomará cuando se lo diga. ¿Será un mazazo o será un alivio? Mi padre es imprevisible en estas cosas. Mañana se lo digo.

**

A la mañana siguiente

Ya está. Ya se lo he anunciado y explicado. Durante el desayuno. Tras escuchar atentamente mi resolución, estuvo prácticamente una hora (lo comprobé por el reloj de la cocina) soltándome tal cantidad de insultos y calificativos denigratorios que quedé asombrada de que existieran tantos. Contemplé esta posibilidad a pesar de que nunca había usado su dolencia contra mí. Cuando terminó y volvió a su esencia cortés y afectiva, me besó y me dijo que lo sentía mucho y que sólo deseaba que yo fuera feliz, que si en su mano estuviera cambiar las cosas que lo haría. Yo le dije que no se preocupara, que no tenía por qué culparse de nada, que no lo podía evitar. Las cosas a veces no son como uno quiere, sino como las circunstancias nos obligan —así me había pedido mi madre que le argumentase cuando soñé con ella durante la noche—. Mi padre asintió y abandonó la estancia con gesto contrariado. Ahora le estoy oyendo en su dormitorio conversar con mi madre, con su mujer. Cada cierto tiempo le dedica sutiles tarascadas.

* * *

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