Underground

     Aquí huele a policía que tira para atrás. Fue la primera sensación que tuve nada más entrar. ¿Por qué despedirán los policías ese “aroma” tan peculiar? Mala leche, acritud, abuso de poder. A más de una milla de distancia ya se les percibe… incluso sin viento, dicho sea de paso. En fin, tampoco había que extrañarse de ese maldito tufo si aquello era una comisaría. No, nunca me gustaron los polis y nunca me iban a gustar. Al menos, los de Londres.

Un recepcionista —supongo que se le puede llamar así— me tomó los datos personales. Le di mi nombre: Curtis Hasley, la edad: treinta y cinco años, y el estado civil: soltero; también mi dirección: Cranwood Street, 12, apartamento 104. No le dije que mi casero tenía el apartamento hecho un asco: las puertas desvencijadas, los grifos goteando todo el tiempo y una tremenda humedad en el techo de mi cuarto que me parecía estar dentro de un refrigerador. No era el momento, lo sé, pero tal vez debería haber aprovechado. Menudo tunante ese viejo tramposo. Un día de estos…

Le pedí al poli un vaso de agua y, tras llenar uno, me lo acercó. Entonces fue el muy imbécil y se ofreció a ayudarme a beber. Y le contesté que era ciego, no manco. Seguro que se mosqueó. No deberían dejar ejercer a policías incapaces, ni siquiera para tomar datos. Cuando terminó de rellenar la hoja, me soltó un “¡vamos!” algo seco y agarré a Lippy por el collar. El animal no había rechistado mientras me hacían la ficha y le ordené que me ayudara a seguir al agente hasta donde narices me llevaran. Asintió con un tenue ladrido. Entramos en una habitación que debía de ser una sala de interrogatorios: se apreciaba la típica frialdad del vacío. Me senté, como me pidió el guardia, en una silla de madera áspera. Se parecía mucho a las que tenía mi abuela en su granja de Kintbury. Toqué el borde de una mesa. Seguro que no había más muebles. Me comentó que esperase a no sé quién. No le entendí bien. Sería el mandamás de aquel tugurio, imaginé.

Cuando llegó el presunto jefe me levanté porque me creyera cortés, aunque para ser sincero lo hice con el fin de percibir más de cerca cuál era la impresión que transmitía: si estaba enfadado o sereno o, simplemente, indiferente. Pero no, no conseguí ninguna sensación, salvo ese infame olor de policía. Se presentó como el inspector Lockwood, jefe de la comisaría de Hoxton. Qué honor. Su voz hueca y grave me pareció la de un hombre maduro, de unos cincuenta años. Al principio, se mostró suave, incluso amable. Debía darle lástima. Casi siempre pasa: no saben hablarle a un ciego. La gente piensa que, por mi situación, debo de estar en un permanente estado de shock o algo así. ¡Vaya plan si cada minuto tuviera que estar lamentándome!

Comenzó por decirme cómo me habían encontrado en el túnel del subterráneo, supuestamente desorientado. Sí, dijo desorientado. Alguna mueca de extrañeza se me debió escapar. ¿Es que tendría que explicarle que yo no “veo” nada mal en la oscuridad? Parece que los gerifaltes tampoco son muy avispados. Esto no se lo dije, desde luego. Lo que sí le pedí es que me aclarase el motivo de estar en esa sala, sentado frente a él, que si acaso estaba detenido. Ya sabía yo que no lo estaba, pero obligarles a que se pronuncien sobre la cuestión molesta a los policías porque responden casi siempre que sólo es para hacer unas preguntas. Pues que pregunte. Estaba tranquilo.

—Entonces, mister Hasley,… —prosiguió.

—Llámeme Curtis —le sugerí por intentar ser más afable, pero por lo visto no lo vio adecuado.

 —Entonces, mister Hasley, iba usted esta mañana en el Tubo[1] cuando poco después de dejar la estación de Angel, el tren se detuvo de improviso.

Se lo confirmé a pesar de la obviedad. Claro que iba: me encontraron en el interior del túnel, ¿no?

Continuó su monótono relato igual que si estuviera dictando una carta. Describió cómo varios técnicos llegaron y verificaron que no había manera de volver a poner en marcha el convoy, de tal modo que decidieron abrir las puertas para que los viajeros salieran y se encaminaran a pie hacia la estación. Yo le corté para indicarle —me gusta interrumpir porque la gente suele ser complaciente conmigo, siempre por lástima, claro— que todo el mundo estaba bastante nervioso porque las luces se habían apagado, aunque yo por supuesto no me percaté. Sonreí. Se produjeron pequeños gritos (¡no se ve nada!), suspiros fuertes (¡ay, Dios mío!), casi oía algunos latidos desbocados. No le debió gustar la interrupción porque el inspector siguió como si yo no hubiera abierto la boca.

Mencionó entonces el hecho extraño de que mientras se pidió a los viajeros que marcharan hacia la estación de Angel, relativamente cerca, las potentes linternas de los empleados de la compañía me localizaron a unas decenas de yardas en dirección contraria. ¿Por qué no estaba junto a los demás? Pues no sé, señor agente. Aquí le rebajé de grado, pero juro que no fue intencionado: es que en ese momento me sentí como si un gendarme de la calle me estuviera poniendo una multa por meterme por dirección prohibida. Inspector —corregí enseguida—, soy ciego y por tanto es lógico que no “viera” hacia dónde andaba todo el mundo. Un error lo tiene cualquiera.

El jefe Lockwood continuó su explicación de los hechos diciendo que de acuerdo, que eso lo podía entender (y, por supuesto, recalcó que en todo momento estaba teniendo en cuenta mi condición), pero que curiosamente los operarios que me encontraron aparentemente “desorientado” —esta vez “desorientado” sonó irónico— hicieron un hallazgo espectacular a muy poca distancia. ¿El qué?, me apresuré a saber con una pueril curiosidad. Un escondrijo, muy bien disimulado, donde descubrieron un importante alijo de diamantes. ¿Diamantes? Puse cara de gran sorpresa: como si hubiera oído la palabra diamante por primera vez en mi vida. ¿En el Tubo?… ¡Qué sitio más raro para guardar joyas! Me burlé. Estoy seguro de que el semblante del inspector se agrió un poco: su resoplido así me lo indicó.

—Le hace muy perspicaz ese bigote —comenté para cambiar la marcha del interrogatorio.

Capté su sorpresa.

—¿Cómo sabe que llevo bigote? —Me replicó poniéndose de pie, arrastrando la silla.

Le endosé el rollo del sentido extra de los ciegos y todo eso. Pero no le mencioné —a causa del cierto cabreo que le advertí— que era un juego que, con frecuencia, me traía con aquella gente que no me caía demasiado bien (y empezaba a ser el caso del policía jefe). Consiste en citar algo de una persona sobre cualquier característica física suya que se me ocurra: si no acierto piensan que es normal, al fin y al cabo no puedo verlo; pero si acierto, ah amigo, si acierto (como así fue) les mantengo acomplejados desde ese momento, como si fuera un mago.

Se enfurruñó, como digo, y no quiso saber más del tema. Volvamos al tren: fue su forma de recuperar la autoridad en el interrogatorio. Por mi parte, reflejé en mi rostro que esto empezaba a ser muy pesado. Esperaba que lo advirtiera.

La siguiente cuestión fue relativa al motivo por el que viajaba sin el perro. Ni que Lippy fuera mi novia: sólo es mi asistente y yo decido cuándo viene conmigo. Eso le solté. No dijo nada. Le subrayé entonces que me dirigía a la Escuela Sanders para niños ciegos (les enseño braille). Podía hacer el trayecto cómodamente, sin más ayuda que mi bastón. Al vivir a sólo dos manzanas de la estación de Old Street iba andando sin problemas hasta ella y, después de atravesar Angel y King’s Cross, bajaba en Euston, y llegar a la Escuela que también estaba muy cerca de la estación. ¿Y el perro? Lockwood señaló —con un tonillo de esos que ponía tu padre cuando te decía que a él no se la dabas con queso— que los perros lazarillos estaban permitidos en el Tubo. Sí, así era, pero Lippy —le expliqué— se pone muy nervioso en los subterráneos por culpa del barullo que monta la gente: le atosigan, le acarician, le chistan. Por lo visto, se creen que porque es dócil y paciente debe aguantar tanta tontería.

—¿No será más bien que no le convenía que viajara con usted? —dejó caer el inspector con intriga.

Permanecí callado esta vez. Me daba que el poli tenía más que sospechas.

Llamaron a la puerta. Suspiré mostrando alivio, aunque enseguida hice lo posible porque no se notara y carraspeé.

Oí cuchicheos entre el policía que acababa de entrar y el jefe. —¿Que cómo supe que era un policía? Pues por su olor característico, claro está—. Enseguida se marchó.

Me entró hambre. Me di cuenta de que no había almorzado nada. Llevaba allí… un par de horas, más o menos, y después de recogerme en el túnel me trajeron a la comisaría directamente sin siquiera preguntarme si me apetecía comer algo. Podíamos haber parado por el camino, digo yo. No sabía si pedirle un sándwich a Lockwood. Bah, mejor no. Decidí aguantar.

En estas reflexiones estaba cuando la voz profunda del inspector volvió a machacarme con otra cuestión. Aludió a miss Sanders, la directora de la Escuela, para decirme que la habían interrogado también. ¿Y qué ha hecho la pobre mujer, tan mayor ella? Parece ser que al enterarse del incidente, como no había llegado a mi hora a la Escuela, acudió a la Policía para preocuparse por mi estado. Qué maja. El jefe siguió comentando que miss Sanders les explicó, entre otras cosas, que yo solía llegar a eso de las ocho de la mañana. Sí, así es, corroboré sin darle al tema más importancia. ¿Y bien? Lo sorprendente es que hemos hablado con una vecina suya, de su mismo rellano. ¿Han hablado con la chismosa de miss Tolbruk? Qué rapidez. Qué afán por involucrar a todo el mundo. Noté cómo sonreía ante mis observaciones, pero no sabía bien el motivo. Me estaba empezando a caer rematadamente mal este personaje. Pero aun sin estar detenido no era libre de abandonar la sala. Por eso, tuve que seguir escuchando cómo la vecina, al parecer, les dijo que yo salía a las siete de la mañana de casa, más o menos. Entonces, el inspector me planteó un enigma —para que yo lo resolviera, por lo visto—: ¿cómo en un trayecto tan corto podía tardar una hora en llegar a la Escuela? Había perdido la cuenta de las veces que le recordé que era ciego. Voy despacio, amigo. No, no lo creo, me gruñó en la cara. Contradecirme constantemente debía ser su papel. ¡¿Qué no soy ciego?! Alcé la voz para hacerle sentir avergonzado o algo así, pero no había manera. Con frialdad me indicó que lo que quiso decir era que me había visto andar y que mi ritmo era prácticamente “normal”. ¿“Normal”? Me hice el ofendido. Creí que iba a disculparse pero en vez de ello concluyó:

—Tengo la impresión de que usted, mister Hasley, se entretiene en algún encargo durante el recorrido.

De nuevo, permanecí en silencio. Me sentí presionado por primera vez.

Ahora sí que le pedí algo de comer, pero el muy capullo me lo negó, alegando que faltaba poco para que termináramos. A ver si era verdad porque hoy no había ido aún a la Escuela y miss Sanders me descontaría este día del sueldo si no acudía. No le preocupó mi queja lo más mínimo porque volvió a enrollarse con sus conjeturas.

Menuda manía le había entrado a este poli con lo de que yo no estaba en esa parte del túnel por casualidad —“desorientado” acuérdese, le azucé—. Él no creía en las coincidencias. ¡Y a mí qué me cuenta de coincidencias!, exclamé torciendo la mirada hacia un lado. No sé si fue el tono o el gesto, pero se irritó un montón. Con exasperación reiteró que me encontraba en dirección opuesta a la estación a la que se dirigía el resto de los pasajeros, y adujo que había varias cosas más que no le cuadraban. Detalló: según él, yo estaba muy cerca del escondite de los diamantes robados por una banda a la que llevaban meses persiguiendo, en un lugar situado a pocos pasos de un respiradero de la calle que casualmente tenía la trampilla forzada. El inspector metomentodo estaba seguro de que por ahí debían caer los sacos de diamantes y que “alguien” se encargaba después de trasladarlos al escondrijo. Es más: de alguna forma se deberían estar sacando a la luz, para su colocación, tal vez a pequeños traficantes que pueden entrar y salir más fácilmente del país.

—Como puede comprobar, mister Hasley, muchas coincidencias.

Aparentemente terminó su perorata y, ya bastante inquieto por su contundencia, aproveché para intervenir. Noté un cierto mareo. Algo que no me solía suceder. Maldito poli. Con sarcasmo le provoqué preguntándole que si también me achacaba la parada del tren. No, respondió con rapidez: habían comprobado que fue una avería lo que produjo su detención en medio del túnel. ¡Vaya, menos mal! Parece que no todo me incrimina como usted pretende, inspector. Soliviantándome con cierta exageración, le volví a hacer observar que era ciego, caray, que en el túnel no tenía a Lippy, que todo estaba a oscuras y, por tanto, nadie pudo apreciar que me fuera en otra dirección. Además, inspector (rastrero, añadí balbuciendo de forma que no me entendiera), en mi vida he tenido nada que ocultar, sólo me dedico a la Escuela y, en fin, no todas las coincidencias han de tenerme como denominador común… porque —una congoja me apareció de repente en la garganta como si tuviera un trapo metido— también fue casualidad, como entonces dijeron, que la bala despistada de un policía penetrara en el cerebro de un niño de ocho años y que, tras varios años de operaciones y tratamientos, los médicos consiguieran salvar su vida… pero no su vista.

Lockwood enmudeció.

Al cabo de unos minutos, el olor de otro agente que entró sin llamar se apoderó de la habitación. Yo, mientras tanto, me había levantado y me había refugiado en un rincón junto a Lippy. Allí murmuraba contra la Policía. El cierre ligero de la puerta me indicó que de nuevo estábamos solos el inspector Lockwood y yo.

Le noté exultante. No tardó en comunicarme la buena nueva (para él). Resulta que unos detectives que realizaban una inspección ocular de la estación de King’s Cross, hallaron una puerta sin cerrojo ubicada en uno de los pasillos de acceso a los andenes, a través de la cual se llegaba directamente al túnel. Esta entrada era utilizada antes por los encargados de vías pero ahora estaba en desuso porque habían abierto una nueva más cómoda en el andén de enfrente. De hecho, los empleados ni siquiera sabían que ese paso estuviera sin clausurar. ¡Qué bien, jefe, otra coincidencia de las que tanto disfruta! ¿Qué piensa: que hago mantenimiento del Tubo en los ratos libres? Un lacónico “no” me dejó expectante. A esto llegó: cuando realizaba el viaje matutino a la Escuela, me detenía primero en la parada de King’s Cross, me introducía por esa puerta “abandonada” y, una vez en el túnel, retrocedía entonces hacia la estación de Angel. Cuando llegaba al punto situado bajo el respiradero donde mis compinches habían arrojado nuevos lotes de diamantes, yo me encargaba de llevarlos al escondrijo, antes de que algún operario se pudiera tropezar con ellos.

—¡Claro!… y esta mañana detuve el tren para recoger la hornada de diamantes del día anterior, ¿verdad, inspector?

—No, mister Hasley, el tren se paró por avería, ya se lo dije antes. Esta mañana simplemente aprovechó que ya estaba dentro del túnel para realizar su cometido.

Me crispó su rotundidad. ¡Condenado poli! Parecía que lo tenía todo bien atado… pero en realidad no aportaba pruebas contra mí: todo era circunstancial, como suelen decir los abogados. Sentí cómo recuperaba mi confianza. Me levanté con determinación y, apoyando las manos sobre la mesa de la sala, le dije a Lockwood que se había montado una película muy interesante —por tocarle las narices le pedí el nombre del cine donde la echaban (por ir a “verla”) —, pero que si no tenía nada más que añadir, conmigo realmente no encajaba su fantasiosa historia. Me quedó muy Philip Marlowe el alegato. Y debí convencer a su “enrevesada personalidad” porque me dio permiso para irme —ya sabía yo—, así que agarré a Lippy apresuradamente y me dirigí a la salida. Tenía que huir de esa cargante atmósfera cuanto antes.

El jefe de la comisaría de Hoxton me abrió la puerta de la salita y me advirtió que anduviera con cuidado. Muy gracioso, inspector: llevo andando con cuidado desde los ocho años, le solté con la cara más agria que pude. Añadí que él también tuviera cuidado con dar tantos palos de ciego. Y acompañé mi sarcasmo con una media carcajada. Ni se molestó en responderme. Recorrí el pasillo rechazando algún que otro brazo maloliente de policía que salía a mi encuentro para sostenerme. Mientras Lippy me guiaba, daba bastonazos en la pared para que se notara el cabreo que llevaba.

Cuando alcancé el hall de la recepción de la comisaría la voz imperativa de Lockwood se oyó tras de mí.

—¡Un momento! ¡Deténgase, mister Hasley!

Quise seguir, pero la enorme mano de un seboso agente se posó en mi pecho y tuve que parar. El inspector jefe llegó hasta mi posición. No pude adivinar sus intenciones. Con un movimiento seco me despojó de mi bastón blanco. Y escuché cómo lo hizo crujir al golpearlo contra el suelo. El sonido pálido de decenas de minúsculos diamantes cayendo sobre las baldosas provocó una unísona exclamación de asombro en la comisaría.

—¿Palos de ciego, mister Hasley? ¡Qué mejor que un ciego para moverse en la oscuridad!, ¿verdad?

* * *


[1] N. del A.- The Tube/ El Tubo: nombre coloquial del metro de Londres

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