Vida inteligente

     La sala del Telescopio Tenerife-2 del Observatorio de Izaña, a los pies del Teide, aparecía como una enorme cavidad solitaria. El aparato reflector asomaba por la abertura apuntando hacia el universo nocturno tratando de atrapar los millones de astros allí dispuestos. Como una pieza más, el ojo del viejo profesor se ajustaba al visor. La serenidad que sentía en momentos así sólo era comparable —o eso había creído siempre— a la que deben sentir los buzos en el fondo del mar.

—Buenas noches…

Una voz resuelta se expandió a través de la bóveda del edificio.

—… ¿el profesor Gandarias?

El profesor permaneció oteando el firmamento sin hacer caso. Transcurridos unos instantes, se despegó al fin de su cilíndrico compañero.

—Sí, soy yo —contestó.

—Oh, profesor, no sabe lo que me alegro de conocerlo en persona. Es para mí un…

—Bien, bien —le interrumpió con poca delicadeza—. ¿Qué se le ofrece, joven?

—Ah, sí. Me llamo Pedro Arochas, y vengo a incorporarme al Observatorio —se presentó el muchacho con entusiasmo—. Pertenezco al programa “Vida Inteligente” de la Agencia Espacial Europea.

—¿Al programa… qué?

—“Vida Inteli…” —se apresuró a repetir con más intensidad porque parecía que no le había oído.

—Ya, ya le oí—gruñó—. No soy sordo.

El profesor se acomodó su bata blanca que le venía larga, se atusó su barba rala y se acopló de nuevo al telescopio con evidente desinterés por ese “programa”. No obstante, intentó desembarazarse de la inesperada visita.

—Se ha debido usted equivocar de lugar —le señaló.

—Oh no, señor, no me he equivocado —la seguridad en el tono del joven era manifiesta—. Esta mañana, en el departamento de Administración, después de hacerme rellenar varias fichas, me indicaron que a las diez de la noche me presentara en el Tenerife-2, para trabajar con usted.

—¡A mí no me han dicho nada, muchacho! —Volvió a refunfuñar el viejo profesor mientras se separaba del ocular, y añadió al cabo de unos segundos—: Además, yo trabajo solo desde hace… bueno, desde hace muchísimos años…, eso ya lo saben los de las batas grises de los despachos.

—En realidad, profesor —trató Pedro de aclarar la situación—, solamente necesito que me enseñe el manejo del telescopio y la comunicación con los ordenadores. Aunque, en fin, ya quisiera aprovechar para… si a usted no le molesta, por supuesto… pues, para conversar con una eminencia de la astronomía como es usted.

—Déjese de bobadas, ya le he comentado que trabajo solo y no tengo tiempo para charlas.

Dicho esto, retomó la contemplación de las estrellas con un sonoro resoplido. Después ambos callaron. El silencio en la gran sala producía una sensación similar —o eso siempre había imaginado el veterano profesor— a la de los astronautas flotando en el espacio.

La curiosidad, sin embargo, le pudo.

—¿Qué edad tiene usted, joven? —preguntó apartándose del telescopio.

—Veinticinco, señor.

—¿Veinticinco? —Se sorprendió— ¿Y qué viene a hacer aquí? ¿No debería estar estudiando?

—Acabé la licenciatura de Astrofísica el año pasado, profesor —le explicó—, y he empezado el doctorado este curso.

—¿Licenciado, eh?… Me parece que ahora se dan los títulos con mucha facilidad. Cuando yo me gradué hace ya… en fin, digamos que algunas décadas… éramos un puñado de alocados ansiosos por descubrir los confines del universo.

—Serían ustedes unos bichos raros —intervino Pedro con confianza al comprobar que su admirado interlocutor se explayaba— por haber escogido una especialidad un tanto desconocida y compleja, ¿no es así?

—¿Raros? No, rarísimos. El hombre acababa de pisar la Luna pero en España dedicarse a observar las estrellas era como meterse en un circo: sólo para aventureros. Y no te digo ya aquí, en las Canarias. ¿Es usted canario? —El profesor hizo la pregunta, pero antes de recibir una respuesta volvió a quejarse—. Pero, bueno, ¿por qué le cuento mi vida?

Con aspavientos se levantó del asiento, atravesó la enorme estancia con la vista clavada en el suelo, llegó al otro extremo, miró en una pantalla de ordenador y tecleó algo. Volvió por el mismo camino, con la mirada igualmente sobre sus pies, se acomodó otra vez en su lugar de trabajo y apretó el ojo a la lente con cierta ansiedad.

Pedro se mantuvo sin decir nada ante el arisco comportamiento. Cuando le pareció que el profesor Gandarias no iba a reanudar su anterior discurso, optó por seguir con sus explicaciones.

—Como le estaba diciendo, señor, he sido asignado a este Observatorio formando parte de un proyecto puntero en Europa y que esperamos tenga éxito en los próximos años. Nos han…

El profesor, sin moverse de su posición, le cortó como era su norma:

—Pero, ¿asignado… a qué?

—Al programa “Vida Inteligente” como le he dicho antes—comentó con prisas el muchacho para no dar lugar a las interrupciones—. Hemos sido seleccionados unos cuantos recién titulados de toda Europa. Se trata de detectar señales de inteligencia de cualquier tipo en nuestra galaxia… e incluso más allá.

—¡Vaya, no me diga!

—Sí, señor. Hemos recibido formación —continuó con entusiasmo— en el manejo de un software muy sofisticado diseñado por expertos de la Agencia Espacial, capaz de analizar una altísima variedad de señales: radiofrecuencias, electromagnéticas, lumínicas, ultrasónicas…, en fin, cualquier señal que provenga del cosmos… Y usted, según me han aconsejado, puede ayudarme a conectarlo con el telescopio y con las antenas.

—Ya veo. —El viejo profesor se retiró otra vez del visor. Parecía un muelle con tanto ponerse y quitarse—. Me quiere para instalador de programas de ordenador, ¿no es eso?

—¡Oh, no… no es así, profesor! —se apresuró a aclarar.

—Escúcheme, muchacho, cuando empecé mis primeros trabajos, allá en Tucson, en mitad del desierto americano, hace ya… muchos años, como le he dicho antes… las únicas señales fiables que se constataban eran las emitidas por las sondas Mariner primero, luego por las Pioneer y después por otras que ya no me acuerdo. Hasta Mercurio, Júpiter e incluso Saturno llegaron y ni atisbo de vida, ¿sabe?… ni inteligente, ni tonta… nada de nada.

—Eso fue hace mucho tiempo, profesor, desde entonces…

—Desde entonces, joven amigo —de nuevo le cortó con brusquedad—, poco o nada se ha avanzado en este tema que usted y esos burócratas de los cielos pretenden magnificar con sus “proyectos” de búsqueda de alienígenas. Y no se ha avanzado, ¿sabe usted por qué?…

Esperó una respuesta de Pedro que no llegó, así que continuó.

—Yo se lo diré, muchacho: en todos los años… muchos como le vengo diciendo… que he pasado examinando el universo al milímetro, he llegado a la conclusión de que encontrar vida que pudiéramos llamar “inteligente” es realmente imposible.

—Pero, profesor…

—No hay “peros” —replicó poniéndose en pie—. Se lo explico, es muy sencillo de entender. Nuestros medios para comunicarnos más allá de unos pocos millones de kilómetros son muy limitados, por no decir casi nulos. Seres de similar desarrollo al nuestro estarían en las mismas dificultades que nosotros para conectar con mundos parecidos… incluida nuestra civilización, por supuesto. Vamos, que no seríamos capaces de encontrarnos mutuamente.

—¿Y si esos seres tuvieran un desarrollo mucho más avanzado que el nuestro?

—Pues se lo diré, fíjese: es posible que una civilización altamente evolucionada, proveniente desde algún lugar a millones de años-luz, pueda establecer una comunicación con nosotros… —comenzó entonces a pasear por el estrado en el que se ubicaba, con las manos a la espalda— y nosotros, los humanos, no tener constancia porque no podemos interpretar o descifrar sus señales debido a la gran diferencia entre ambas especies. Eso sí, ya podrá adivinar que a lo mejor estamos observando indicios como lucecitas, presencias curiosas, fenómenos raros y cosas así, pero, amigo, sin poder establecer el contacto real, sencillamente porque no somos capaces… Verá, joven, es como si estuvieran en una dimensión en la que ni usted, ni yo nos podemos situar a no ser que tuviéramos su mismo grado de inteligencia, digámoslo así. ¿Me sigue?

—Desde luego, profesor.

—Estupendo. Así que no espere encontrar ningún rastro de “marcianos espabilados”.

Al profesor Gandarias le llegaron entonces imágenes de sus tiempos en el Centro Cosmológico de Austin, Texas, impartiendo clases de Relatividad Aplicada. Aquellas sensaciones que experimentaba cuando transmitía ideas y conocimientos a gente joven apasionada que aplaudía enardecida debían ser —o eso pensó siempre— como las que sentían los tenores cantando en La Escala de Milán.

Pedro aprovechó la nebulosa en la que el escéptico astrofísico había caído para señalar, con ánimo de ensalzarle, sus logros en la cosmología moderna.

—Lo que tengo claro, profesor, es que usted es uno de los más prestigiosos astrónomos del mundo, el mayor descubridor de planetas exteriores al Sistema Solar. No tengo palabras para expresar lo que siento ahora mismo que estoy cara a cara con usted. ¡Si hasta uno de esos nuevos planetas lleva su nombre, ¿no?! Creo que está en Orión… no, no, espere, está en Sagitario… sí, eso es, en Sagitario, estoy seguro. Gandarias 254b se llama, ¿a que sí?

—¡Bah! Ya veo que sabe mirar en las enciclopedias. Eso no tiene importancia.

—¿Ah, no? Si es usted una “estrella” de la comunidad astronómica… Perdón —añadió Pedro enseguida—, no quería frivolizar.

—Lo que sí importa —dijo el profesor sin hacer caso del chiste— es que ese proyecto de contactar con extraterrestres no tiene ninguna posibilidad científica.

Se volvió a acomodar en la banqueta del telescopio. Sin embargo, antes de ajustarse de nuevo al aparato, masculló bajito con clara intención de que no le escuchara bien su joven admirador:

Todavía me pesa el fracaso de aquel experimento de hace… unos cuantos años… que pusimos en marcha en Monte Palomar: nada menos que quince astrónomos de los mejores observatorios del mundo estuvimos durante casi diez años escudriñando los cielos, intentando percibir la más mínima huella de comunicación exterior…

¿Cómo dice, señor?

Y redujo aún más el tono.

… y lo único que conseguimos fue poner nombre a numerosos astros nuevos: estrellas, galaxias, asteroides y, por supuesto, planetas: mi especialidad…

La tenue narración finalizó en un suspiro.

—No le oigo, profesor —se quejó Pedro.

Estaba claro que quería ocultar que él había participado anteriormente en la búsqueda de inteligencia en el universo. ¿Por qué silenciarlo? En el fondo, el viejo profesor descreído no deseaba arrebatar las ilusiones al muchacho. Quizá la tecnología actual, enormemente más perfeccionada que la de aquella experiencia negativa de Monte Palomar, permitiría hoy en día algún logro más elocuente. ¿Se conseguiría un contacto real? Lo que verdaderamente le espantaba era que si así ocurriera, él ya no sería uno de los participantes en el éxito. Ni seguramente volvería a tener oportunidad. Y eso le abatía.

Pedro había quedado en un silencio muy respetuoso.

Se empezaba a notar el frescor de la noche. Normal estando a una altura cercana a los dos mil metros en la que se asentaba el Observatorio. La sala no disponía de un adecuado sistema de calefacción para contrarrestar las decrecientes temperaturas. El profesor Gandarias sintió unos punzantes escalofríos que empezaban a ser muy habituales últimamente. Pero para él sólo eran gajes del oficio, igual que suelen decir —o eso suponía— los estibadores del Puerto de Santa Cruz cuando descargan al amanecer.

—¿Se encuentra usted bien, señor? —preguntó Pedro con un cierto tono de preocupación.

—Sí, sí —repuso enseguida.

—Si quiere que venga en otro momento…

—No, joven, no se preocupe —carraspeó ligeramente a la vez que estiraba la espalda para recuperarse—. ¿Así que había oído hablar de mí antes?

—¡Oh, por supuesto, señor! —se animó el muchacho—. Durante los años de Facultad tuve que realizar varios trabajos sobre investigaciones astronómicas y me acuerdo que para uno de ellos, “Estructura de Planetas en La Vía Láctea”, creo que se llamaba, no sé si fue en segundo o tal vez en tercero, escogí sus estudios sobre planetas en galaxias espirales.

—¡Vaya, cuánto honor!

—En efecto, era usted uno de mis ídolos, si me permite utilizar el término, porque además es usted canario, como yo —dijo Pedro con orgullo.

—No me diga —expresó quebrándose levemente la voz.

El viejo profesor Gandarias, insigne astrofísico durante más de cuarenta años, descubridor de más de cien nuevos planetas —entre ellos, el Gandarias 254b— había sido acoplado en el turno de noche de uno de los telescopios (de los más antiguos, hay que decir) del Observatorio Astronómico Canario por una cierta compasión. Cuando quisieron jubilarle se negó en redondo. Es más, en un ataque de rebeldía, amenazó con encaramarse a la cúpula del Gran Telescopio, el de mayor dimensión del Complejo, y desde allí continuar sus observaciones a “ojo descubierto”, como les dijo a los directivos, que le tacharon de típico científico enajenado.

La ingratitud que recibió le estaba llevando —al menos, eso afirmaba en los últimos tiempos—  al olvido que sufren las grandes estrellas del cine cuando han pasado de moda y nadie contrata.

De improviso, se oyeron ruidos de manipulación en la puerta de acceso y el profesor ordenó a Pedro de forma abrupta:

—¡Cállese un instante, joven!

—Yo quería…

—¡Que se calle le digo! —insistió temblorosamente.

El joven obedeció. A continuación, una aguda voz femenina inundó la sala.

—¿Profesor Gandarias?

El profesor no hizo caso y se hundió en el visor.

Faina Marrero, asistente del doctor Santamarca, Jefe de Proyectos de Ingeniería, caminó hasta el centro de la estancia desde donde le habló de nuevo.

—Me disponía a marcharme a casa cuando he oído voces en su sala, profesor. No sabía que hubiera alguien más. —Giró sobre su eje echando una ojeada a su alrededor—. Aquí no hay nadie… y tampoco he visto salir a nadie.

Faina, recelosa, torció el morro.

El viejo profesor mantenía la vista bien apoyada contra el telescopio sin darse por aludido.

La señorita Marrero, con gesto de madre severa, se acercó a la zona donde el doctor Santamarca tenía emplazados de forma provisional los ordenadores de su proyecto de Inteligencia Artificial a la espera de trasladarse al nuevo laboratorio del Edificio Sur. Una vez allí, se dio cuenta, tal y como temía, que el ordenador principal se encontraba en plena ejecución.

—Conque Pedro Arochas —mencionó tras fijarse en el monitor—. Le habíamos advertido, profesor, que no volviera a introducirse en el programa de simulación de personalidades. Entiendo, créame, que tantas horas en este lugar sin ayudantes, sin compañía, le hagan sentirse muy solo. En serio que lo entiendo, pero… debo dar parte de su proceder, ¿lo comprende, verdad?… Lo siento de veras. Pida un asistente, por favor.

Nunca he necesitado ayudantes —acertó a murmurar sin que sus palabras llegaran a oídos de Faina Marrero.

El viejo y alienado profesor Gandarias, sin despegarse de su leal telescopio, notó como se empañaba el cristal. La soledad le invadió tan hondamente como si fuera —así se sentía desde hacía… más años de los que era capaz de soportar— el náufrago superviviente al que todos dan por ahogado y por eso nadie va a buscar.

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